Opinión

'Sully', el héroe soso de Clint Eastwood

 
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Sully. (SensaCine.com)

El capitán Chesley Sullenberger o Sully (Tom Hanks) es un tipo noble, reservado, bueno, recto y decente. Además de tener la valentía y la perspicacia de aterrizar en el río Hudson cuando su avión pierde ambas turbinas, no entiende por qué la gente le agradece haber cumplido con su deber, le habla a diario a su esposa preguntándole cómo están “las niñas”, no fuma, no bebe, no se droga, no miente, no hace bromas y, cuando lo felicitan por su chamba, dice que el aterrizaje no fue obra suya, sino de su copiloto, sobrecargos y tripulación. En suma, Sully es el héroe más aburrido imaginable.

Aburrido, pero héroe eastwoodense al fin y al cabo. Dirigida por el octogenario y prolijo director, Sully continúa la obsesión de Eastwood con los hombres que hacen bien su trabajo sin importar las consecuencias o los riesgos; hombres a quienes, por el tono hagiográfico de esta película, todos debemos dar las gracias.

Frente a Sully, sin embargo, American Sniper tiene los matices y profundidades psicológicas de Citizen Kane. A aquel francotirador la guerra y su impresionante habilidad para matar a larga distancia lo convierten en un autómata. Después del aterrizaje forzoso, el capitán Sullenberger sufre alucinaciones en las que imagina a su avión estrellándose en Manhattan (los ecos con el 9/11 no se insinúan tanto como se subrayan). Hasta ahí llegan las secuelas del accidente, manifestadas con ese recurso impostado en el que la pesadilla se funde con la realidad. No culpo a Sully por no estar más inquieto. Después de todo, salvó la vida de 155 personas, sin un solo muerto. ¿Por qué habría de consternarse?

A Sully le urge un personaje, pero sobre todo una trama. No es casualidad que Eastwood decida meter la (larguísima) secuencia del aterrizaje justo a la mitad, como si intuyera que el drama del presente no atrapará nuestra atención como la premura de las maniobras en el aire, los gritos desesperados de los pasajeros y el avión que poco a poco se colma de agua helada. Volveremos al accidente una y otra vez. A falta de historia, piruetas y acción.

Lo que ocurre en tierra se siente plano e innecesario. El órgano regulador de la aviación en Estados Unidos decide enjuiciar a Sully, seguro de que podría haber aterrizado en un aeropuerto en vez de en el río. Se supone que debemos odiarlos -¿cómo se atreven a increpar al intachable capitán?-, pero es imposible envolvernos en este procedimiento porque los desenlaces nunca están en duda.

Los alaridos de la tripulación durante el vuelo no importan: sabemos que sobrevivirán. La incertidumbre de Sully importa menos: ningún órgano regulador demandaría a un piloto que milagrosamente salvó la vida de todos sus pasajeros.

Eastwood y su guionista Todd Komarnicki fabrican otros problemas, pero todos parecen artificiales, como hechos a la medida: la posibilidad de que Sully pierda su licencia y se retire sin pensión, que truene su nuevo negocio y otras amenazas inconsecuentes.

El copiloto (Aaron Eckhart) y Lorrie (Laura Linney), la esposa de Sully, sólo están ahí para echarle incienso al personaje de Hanks.

El caso de Linney, en particular, es de veras triste: reducida al papel de ama de casa comeuñas, molesta por la presencia de la prensa en su jardín, soltando el teléfono cuando ve las noticias y preocupándose mucho por el estado de ánimo de su marido mientras da vueltas por la cocina.

El ánimo celebratorio y parcial se apodera a tal grado de Eastwood que la suya es una película de una sola nota. Le hubiera salido mejor y más barato construir un hemiciclo en honor a Sullenberger. El mensaje habría sido el mismo: el capitán es un héroe, y debemos reconocerlo. Yo les sugiero que aprendan de él entrando a Wikipedia.

Twitter: @dkrauze156

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