Opinión

Split: Shyamalan vuelve a sus raíces

 
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Split. (Apple Trailers)

Escritor afecto a las vueltas de tuerca de último minuto y director mayormente económico y efectivo, M. Night Shyamalan se dio a conocer con The Sixth Sense y más adelante con Unbreakable, una versión más o menos realista del superhéroe moderno y sin duda su mejor película. A estos jonrones le siguieron tropiezos que culminaron con The Last Airbender y After Earth, ambos carísimos fiascos. Para Shyamalan era momento de acotar la lana y afinar la pluma. En Jason Blum y su empresa Blumhouse, dedicados a exprimir cada centavo para entregar thrillers compactos, el director encontró un escaparate soñado. Gracias a The Visit y ahora a Split, su carrera está gozando de un segundo aire.

Afuera de un centro comercial, un hombre secuestra a tres amigas. Encerradas en un sótano, las chicas rápidamente caen en la cuenta de que Kevin, interpretado por James McAvoy, no es un secuestrador cualquiera, sino que sufre de un agudo trastorno de identidad múltiple. Dentro de él habitan 23 personalidades: cuando la puerta se abre, Kevin puede ser Patricia, una mujer severa; Hedwig, un niño asustadizo; o Dennis, el tipo que las secuestró, obsesionado con mantener el orden y la limpieza. Shyamalan no se queda encerrado junto con las víctimas. En el consultorio de la doctora Karen Fletcher (Betty Buckley), Kevin va a tratar su padecimiento, sin éxito. De esa forma, Split se trenza con una inquietud central de The Sixth Sense: la incapacidad de la psiquiatría para ayudar a quienes padecen muy peculiares enfermedades mentales.

Split le hace honor a su nombre: es, en esencia, una película dividida en flashbacks, pero sobre todo en puntos de vista. La batuta del protagonista pasa de Kevin a Karen y después a Casey (Anya Taylor-Joy), la más lista de las tres chicas. En apariencia llamativa, la estructura parece descuidada más que atrevida, como si Shyamalan no supiera a quién seguir. Casey, en particular, es un personaje estorboso, cuyo pasado añade poco a la trama. Tampoco ayuda que Taylor-Joy recurra a la muletilla del llanto cada vez que la cámara la observa. Sofisticada en The Witch, aquí la actriz toca una sola nota hasta el hartazgo.

A diferencia de Misery, una de las películas más tensas sobre un secuestro, aquí la víctima no consigue nada gracias a su perspicacia. Al final, daría lo mismo si se hubiera quedado en su recámara o si hubiera intentado escapar con más ahínco. Shyamalan coquetea con la idea de que Casey siembre dudas entre las distintas personalidades de Kevin, pero rápidamente abandona esa estrategia, restándoles utilidad a las muchas identidades del secuestrador. Más allá de darle una posibilidad a McAvoy de lucirse en un papel como el de Edward Norton en Primal Fear (pero al cubo), la esquizofrenia de Kevin no resulta esencial para la historia. Daría igual si el tipo tuviera una personalidad o 120. Hay algo plano en la acción: una falta de premura y peligro, pero también de mala leche. Como asesino en potencia, Kevin es tan aséptico como Dennis, su alter ego. Más que gastado, el estilo de Shyamalan se siente perezoso.

Como otras películas del director, Split esconde una vuelta de tuerca al final. Si se piensa en función del resto de la obra de Shyamalan, aquí el giro es tan inmenso como el de The Sixth Sense, transportando a la película a un género distinto con una sola línea de diálogo y convirtiéndola en la génesis de un villano más que en un drama sobre el abuso sexual o los límites de la psiquiatría. Para cualquier fan de las primeras entregas de Shyamalan, es imposible que la sorpresa no deleite.

Y sí: también mejora lo que vimos, aunque sea un ápice. Lástima que las dos horas previas no hayan estado a la altura de esa última revelación.

Twitter:@dkrauze156

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