Opinión

Sorrentino y Moodysson: fulgurando

I. LA TRASCENDENCIA CÍNICA. En La gran belleza (La grande bellezza, Francia-Italia, 2013), stravaganza opus 6 del napolitano de 43 años Paolo Sorrentino (tras sus acerbos retratos extremos de El divo 08 y Un lugar maravilloso 11), con volátil guión suyo y de Umberto Contarello, el arribista escritor famoso de una sola exitosísima novela de juventud Jep Gambardella (Toni Servillo como otro teratológico Divo inasible) se ha pasado cuatro décadas enajenado al periodismo sarcástico (que emblematiza una castrante jefa de redacción enana) y a las decadentes fiestas fastuosas y salidas a clubes nocturnos de la alta sociedad romana, sometido y desbordado por El aparato humano que daba título crítico a su única obra creadora, pero al cumplir 65 años, harto de glamour estéril, rompe con su lujosa amante rutinaria y decide vivir en serio, persiguiendo la posibilidad de una tardía trascendencia a través del cinismo y más allá de él, perseguido a su vez por el recuerdo decepcionado de una novia que sin embargo lo amó hasta su muerte, apoyado por el torpe amigo dramaturgo clon que sólo ha podido ligar con sus desechos amatorios Romano (Carlo Verdone) y por la rutilante joven reacia matrimonial con la que pasará la más casta de sus felices noches románticas Ramona (Sabrina Ferilli), aunque finalmente será devorado por sus dudas existenciales y religiosas que ni el díscolo cardenal bon vivant ni la santa monja centenaria podrán resolver. La trascendencia cínica determina una moderna tragicomedia oblicua del alma enferma, tan en declive y flotante como los vuelos posMalick al fulgurante ras de los palacios del virtuosístico fotógrafo Luca Bigazzi y como los constantes interludios arrolladoramente musicalizados por Lele Marchitelli (con súbito auxilio lírico-sublime coral de Arvo Pärt y Vladimir Martinov), queriendo abarcar tanto una alegórica devastación berlusconesca, con la severidad altiva de La noche de Antonioni (61), como un desatado fellinismo barroco que desea sobrepasar el descenso a los infiernos de un mundo sin espíritu (La doce vita 60), al unísono del psicoanálisis de una crisis creativa jungianamente fundado en los arquetipos y en las fantasías inconscientes (8 1/2 63), donde el actor alucinado funge cual triplicado Marcello Mastroianni en astucias corregido y aumentado en arrugas, a modo de nuevo performance con sanguinolento cabezazo contra las milenarias piedras de un acueducto imperial. La trascendencia cínica se evidencia como “falsa consciencia iluminada” (Sloterdijk) para empeñar toda su mesmerizante y autofascinada energía visionaria en un esteticista apólogo estético que medita sobre la belleza en todas sus formas bipolares: la belleza atronadora de un cántico de amor-odio a la Roma eterna (y no sólo a la Fellini Roma 72), la belleza arquitectónica que provoca mortal Síndrome de Stendhal a cierto turista japonés pero que también aletarga y petrifica, la belleza corporal intocable y la magna belleza que es caricatura de una maldita fauna explotadora y Elevación. Y la trascendencia cínica cierra como un lamento inconsolable sobre los primeros signos del arribo de la vejez, allí donde el espíritu fantasmal lanza su incomunicable secreto deletéreo (“La pobreza no se cuenta, se vive”) antes de ascender con humildad la escalinata del tiempo lamiendo prácticamente los peldaños (“Todo es un truco”), si bien aún así decidido a escribir su gran relato flaubertiano sin trama y sobre la Nada.

LA SUBVERSIÓN TIERNITA. En ¡Somos lo mejor! (Vi ar bast!, Suecia-Dinamarca, 2013), microcarismático opus 8 del también poeta sueco heterodoxo aún estrenando estilo por película a los 44 años Lukas Moodysson (Las alas de la vida 02, Un hueco en mi corazón 04), con guión suyo inspirado en la novela gráfica Nunca medianoche de su esposa Coco, la desmadrosa rubita anteojuda de 13 años Bobo (Mira Barkhammar) y su aprovechada amiguita con peinado mohicano Klara (Mira Grosin) se identifican tan tardía cuan tiernamente con la subversión punk en el Estocolmo de 1982, por lo que usan atuendos estrafalarios, aporrean bestialmente una batería y un bajo, ensayan a la brava, forman una banda de dos, componen baladas con declaraciones de odio a lo inmediato, incorporan al grupo a la desdeñada cristiana sectaria y guitarrista clásica Hedvig (Liv Lemoyne) que les enseñará a medio tocar sus instrumentos antes de aceptar tuzarse a semejanza de ellas, contactan por teléfono a una famosilla banda de la periferia y caricatura de los Sex Pistols de la que ya sólo quedan dos miembros con los que flirtean descaradas a placer, disputan subrepticiamente por los favores sentimentales del punketo dobleteador Elis (Jonathan Salomnsson), riñen con acritud y se reconcilian para presentarse por fin en un escenario, aunque éste sea de bajísimo perfil y merced al apoyo de la banda adulta de tautológico rock duro Iron Fist.

La subversión tiernita presenta cual lindo caramelito narrativo y visual lo que en otras épocas, como la evocada en el filme por ejemplo, hubiera sido un pócima explosiva o un culto prestigioso vaso de veneno baudelairiano, por el rechazo visceral a cualquier forma fresa o codificada de la feminidad para generar tres curiosos e inasibles duendes intersexuales si bien hipererotizados, la burla al ridículo de los abominables adultos balconeados en sus actitudes mezquinas y pueriles esenciales aunque permisivas, el cómplice consuelo en su ruptura romántica extraconyugal a la envejeciente madre promiscua, el escándalo de la nórdica sociedad del bienestar hipócrita por ponerse a mendigar en el metro para adquirir otra guitarra, o ese ateísmo un tanto instintivo de las chavas que sin embargo les sirve para desmontar las chantajistas manipulaciones de la sectaria progenitora redentorista al intentar la conversión religiosa de ambas a cambio de no denunciarlas a la policía por la tuzada abusiva a su hija.

La subversión tiernita adopta un estilo espontáneo y encantador que parece rescatar lo mejor de su creador, tipo la deserción dulce pero férreamente antifamiliarista de Amor rebelde (98), el melancólico gusto autonómico por aquella añorada comuna jipi anacrónica de Juntos (00) y el estallido moral dentro del negocio pornográfico nuclear de aquel archiperturbador Container (06), para que baste con un teléfono abierto para denunciar los absurdos hogareños y el castigo de dar vueltas a la cancha de basquetbol para inspirar cantos de odio al deporte como forma de opresión escolar. Y la subversión tiernita sólo podría concluir con la descomunal trifulca causada por nuestra provocadora banda femenina supersegura al debutar en público injuriando tan ofensiva/defensivamente como puede a la navideña concurrencia del gimnasio de una Ixtapalacra sueca y con las chicas huyendo con sus adultos y clamando “¡Somos lo mejor!”, pésima traducción del grito en efecto desafiantemente juvenil “¡Somos lo máximo!”, al límite de una euforia tónica y contagiosa, sin frivolizar ni trivializar bobamente nada.