Opinión

'Son of Saul': el Holocausto reducido

 
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Son of Saul.

Son of Saul, del húngaro László Nemes, sigue a Saúl Auslander (Géza Röhrig), miembro de un Sonderkommando de Auschwitz –equipos de trabajo dentro de los campos de concentración–, dedicado a arrear a otros prisioneros hacia las cámaras de gas, esculcar sus pertenencias en busca de joyas y después arrastrar los cadáveres fuera del lugar. La cámara se mantiene muy cerca de Saúl, impidiendo que veamos con claridad qué hace o con quién habla. Nemes no abandona el recurso en ningún momento: quizás Son of Saul sea la primera película en retratar el Holocausto aferrada a la perspectiva de un solo personaje.

Nemes se ha declarado en contra del cine de Holocausto hollywoodense, cuya mayor exponente, Schindler’s List, aborda la tragedia desde el lado de las víctimas y los victimarios, desde el gueto hasta los campos de concentración. Si bien el punto de vista de Nemes, acotado como está a la nuca de Auslander, es distinto al panóptico spielbergiano, la trama de Son of Saul adolece del mismo reduccionismo que aqueja a Saving Private Ryan, un cuello de botella que filtra un drama monumental a través del rescate de un individuo. La trama de Nemes es incluso más estrecha: Saúl va en busca de un rabino a lo largo de Auschwitz para que recite el Kadish frente al cuerpo de un niño que tal vez es hijo suyo.

A lo largo de un día vemos a Auslander involucrado en una variedad de tareas, trabajando para los nazis y para otros judíos, excavando, picando piedra y limpiando. Nemes logra establecer la insignificancia de los miembros del Sonderkommando, sin nombre y sin oficio, sujetos a vejaciones pero también brutales entre sí, parecidos a los personajes que Primo Levi detalló con tanta elocuencia en el capítulo 'Los hundidos y los salvados', de Si esto es un hombre.

El hijo de Saúl
Año: 2015
Director: Lázlo Nemes
País: Hungría
Productores: Gábor Sipos y Gábor Rajnad
Duración: 107 mins.
Cines: Cinépolis

A falta de un panorama visual –la cámara, insisto, no se separa de Saúl–, Nemes nos brinda un panorama acústico, obligando al espectador a inferir lo que rodea a Auslander a través de una cacofonía de gritos, balazos y rechinidos infernales. Si bien Saúl es capaz de aislar de su visión los horrores del campo, no puede evitar escuchar lo que ocurre a su alrededor. Nosotros tampoco.

Amén de sus contados aciertos, las decisiones estéticas de Nemes resultan un lastre. Al filmar siempre al mismo ritmo y desde la misma perspectiva, el novel director húngaro sacrifica profundidad en aras de su compromiso estilístico. La monotonía es el problema central de Son of Saul, una experiencia opresiva más nunca tensa, anclada a un personaje tan plano que, en comparación, Leonardo DiCaprio en The Revenant parece Hamlet. Es entendible que para Saúl los trabajos tengan una urgencia similar: al hombre le va la vida en cada cadáver que retira, cada pala que hunde. Lo que no es comprensible es que Nemes registre todo con la misma premura –como si cada instante y cada decisión pesaran igual–, más aun cuando, hacia el desenlace, el destino de Auslander pende de sus propias prioridades.

Es cierto que Son of Saul no cae en sentimentalismos spielbergianos. Una victoria pírrica para una película cuyo único truco en la chistera es crear una atmósfera vertiginosa, pero simplona, que reduce el Holocausto, la más inmensa tragedia humana, a la pugna de un demente.

Twitter: @dkrauze156

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