Opinión

Solondz y Guerrero / Santos: desandando


 
I. EL JUGUETE DEPRESIVO. En Mi novia ideal (Dark Horse, EU, 2011), opus 7 del autor total estadounidense de culto cada vez más discretamente provocador o inmoralista shocking a sus 52 años Todd Solondz (Felicidad 98, Del perdón al olvido 09), el aburrido treintón infantiloide coleccionista de juguetes y figurillas de acción Abe (Jordan Gelber) rompe con su insatisfactoria vida de hijo de un tieso padre-patrón (Christopher Walken) y de una sobreprotectora madre judía (Mia Farrow), pero también con su propio equilibrio psíquico sostenido por alfileres, cuando conoce en una boda a su perfecto alter ego idealizado, la solitaria, disfuncional, misantrópica, retacada de ansiolíticos y hundida por padres TVestupidizados, aunque muy bella Miranda (Selma Blair ya clave para la acerba Felicidad), le saca su teléfono y a la primera salida le propone matrimonio, que la chava tarda un poco en aceptar, pero lo hace, asintiendo tan simbólica cuanto material y concientemente en ser coleccionada como nuevo juguete depresivo para salvar a otro juguete depresivo, poco antes de que el acomplejado galán se haga expulsar de su trabajo familiar y estalle en violencia incontrolable.
 
 
El juguete depresivo expone también y sobre todo, a través de cálidas pero satíricas y patéticas viñetas de roña cotidiana clasemediera, la íntima tragicomedia oscura de un infeliz que se ha autoconcebido desde niño como un caballo negro, el dark horse titular, de esos que vienen de atrás para ganar en el último minuto, un secreto campeón infalible que de pronto se estrella contra las dificultades de su mínimo mundo personal, optando irracionalmente por una triple violencia celosa, primero contra el hermano hoy médico exitoso Richard (Justin Bartha), quien lo avasalló en su infancia, luego contra el mundano exnovio cosmopolita Muhmoud (Aasif Mandvi), quien de seguro la contagió de la espantable hepatitis B por vía sexual, y al final contra el lindo primito Justin (Zachary Booth), quien lo ha reemplazado en su empleo y en los favores de la ambivalente secre de papito Marie (Donna Murphy), quien de repente se ha revelado como una seductora viviendo en la opulencia con piscina, sin dejarle otra salida que dirigir la furia mortal en contra de sí mismo.
 
 
El juguete depresivo va dejándose ganar tan paulatina cuan categóricamente, cosa rara en Solondz, por la fantasía y el sueño, por la trastornada fantasía subjetiva y el sueño de un sueño dentro del sueño, por las súbitas irrupciones semifantásticas de la omnipresente/ladillosa Marie en los momentos más inoportunos, culminantemente llevados a sus consecuencias extremas, y por la mecánica cuasi surrealista del caballero de la triste figura obesa cayendo de sueño en sueño a lo Buñuel tras ser hospitalizado por accidente o contagio, una suma de visiones sobre visiones a quienes no les preocupa enterrar y resucitar al repelente protagonista lamentable, amarillo de antígenos pavorosamente contraídos o viendo realizarse desde la tumba sus peores sospechas inconscientes. Y el juguete depresivo la deja llegar suavecita y malvada, entre la inaceptable frustración vital del Chéjov de El tío Vania y la victimación por el delirio del éxito de Arthur Miller en La muerte de un viajante, entre la crueldad ("Nadie te necesita") y el sadismo irredento de Bienvenida a la casa de muñecas o Palíndromes (Solondz 95/05), rumbo a la salvaje escena de un intento fallido de rabiosamente devolver a la novia ilusoria en la juguetería cual mercancía dañada.
 
 
II. LA IDENTIDAD UNÍSONA. En Lalo Guerrero: el chicano original (Lalo Guerrero: The Original Chicano, EU, 2006), atronador documental extraordinario de la realizadora chicana profesional Nancy de los Santos y Dan Guerrero (hijo-recopilador-dueño de los archivos del biografiado), con guión y montaje compartidos, evoca reivindicadoramente la jocunda figura toral del titular, nacido en un inmenso ghetto de Tucson que se creía mayoría (1916-2005) y considerado el cacarizo padre de la canción chicana, autor del innominado himno de su nacionalidad ("Hoy que lleno de emociones/ me encuentro con mi jarana": la legendaria y ubicua archioptimista "Canción mexicana", de preferencia glorificada por Lucha Reyes) en ese no-estado dentro de EU con millones de diseminados habitantes mexicano-norteamericanos, pero también compositor proteico de innumerables e inmortales éxitos en todos los géneros posibles: boleros para trío romántico, guarachas, rumbas, rancheras bravías, boogies pochos, coplas picaronas ("Quítate la minifalda"), rondas infantiles a lo Cri-Crí (el tema TVuniversal de "Las ardillitas"), el cántico comunitario-insurreccional del mítico sindicalista agrícola César Chávez, populacheras tonadas bufas tipo Chava Flores trasterrado, desternillantes versiones paródicas ("Pancho López") y testamentarias añoranzas sonoras más melancólicas que cualquier tango llorón ("Rancho viejo"), todo ello aunado y desandado con terminante contundencia y en un mínimo de tiempo (53 minutos) que bien alcanza para puntuar cada aspecto de esa abundosa trayectoria mediante un bombardeo de sabrosísimas imágenes excéntricas y atesorados filmodocumentos invaluables, más numerosos testimonios brevísimos del propio Lalo Guerrero (hasta cuando recio octogenario acompañándose de su guitarra ya sentado en el escenario cual Chavela Vargas menos cascada), la colega baladista Linda Ronstadt, los cineastas Edward James Olmos y Luis Valdez, su admirador Ry Cooder, miembros del grupo rockero Los Lobos o el cómico Cheech Marin, a mil por hora hipersintética, para ir delineando un subrepticio ensayo sobre el surgimiento de la identidad chicana, a modo de work in progress unísono aunque multívoco.
 
 
La identidad unísona juega desde su título mismo con la ambivalencia semántica de la palabra "original", a un tiempo designando la búsqueda entre mimética y esquizofrénica de una originalidad derivativa e imposible, aunque sin desesperación alguna, y señalando la presencia señera del chicano primigenio, el primero en declararse como tal y brindando en el mismo impulso, hecho de socarronas letras desafiantes ("Los bebés mexicanos también mean"), una afirmación y un orgullo hacia ese territorio aún por integrarse, cuyo centro estaba en todas partes y sus bordes en ninguna, a la hora de la repatriación masiva a raíz de la Gran Depresión económica o del movimiento pachuco perseguido por antibélico y antiUSA o de la revuelta gremial en el agro. Y la identidad unísona ha consumado el secreto y divertido prodigio de hacer desfilar 70 años de dispersa vida chicana, etapa por etapa ("Wacha ésa"), como si se tratara de una búsqueda y una apoteosis unificadas, un simple hecho de canciones populares, tonadas, persecuciones, encuentros y hallazgos culminantes sólo para quien supo expresarlas día con día y siempre significativas para el que las enfoca, revisa y revive desde una conmovida perspectiva actual, o cada minoría oprimida tiene la genealogía que se merece y la que ha debido o logrado labrarse.