Opinión

Solomonoff y McQuarrie: despuntando


 
I. LA MUTACIÓN INDESEADA. En El último verano de la Boyita (Le dernier été de la Boyita, Argentina-España-Francia, 2009), segundo opus de la productora santafesina también TVdirectora de 41 años Julia Solomonoff (cortos Siesta 98 y Scratch 02, TVfilme The Suitor 01, primer largo Hermanas 05), la niña judía rosarense Jorgelina (Guadalupe Alonso maravillosa) hace lo indecible por sustraerse a los nefandos cambios conductuales que observa en la existencia antes lúdica de su hermana mayorcita Luciana (María Clara Merendino) a causa de su primera menstruación...
 
... pero, al viajar al campo con su padre médico en trauma de divorcio (Gabo Correa) y deber coexistir con el mundo bárbaramente virilista del canoso gaucho domador de potros (Arnoldo Treise) y con la ignorancia tribal de la anfitriona archisometida (Mirella Pascual), se refugia en la amistad del extraño chico rubio hiperactivo Mario (Nicolás Treise) que halla mil pretextos para jamás nadar en los riachuelos, ciñe su pecho con una venda, suele sangrar de la entrepierna y está impaciente por demostrar su real valer (y su hipotética hombría) en una próxima carrera hípica festiva que en efecto logrará ganar, in extremis, gracias al apoyo moral de su nueva amiguita urbana y pese al empavorecido descubrirse biológicamente como mujer (que no era Marito, que es Marita) bajo un monstruoso hermafroditismo aparente. La mutación indeseada toma su enigmático pero lírico y significativo título de la diminuta casa rodante-perrera en la que solía esconderse la pequeña heroína para jugar aislada, La Boyita, cual boya boyando boyante en el mar de la incomprensión adolescente y adulta, ella que aún acostumbra ronronear con los oídos tapados por las manos cada vez que los padres sermonean o le dicen algo que le disgusta (como esa explicación científica de la situación de Marito), pero de donde saldrá, ¡por fin!, aunque desde el arranque del filme, vital y plenamente fortalecida, para servir a la vez como testigo, vocera, agente, nexo con la realidad real, conciencia emocional única y amoroso auxilio del muchacho-muchacha en su difícil trance, para acompañarlo en su revelación brutal, para hacerle asumir su condición anómala, para fungir como partera de su nuevo nacimiento doloroso y siniestro, para oficiar en el proceso iniciático de él y en el preiniciático de sí misma. La mutación indeseada resume la sutileza, rezuma la tenue melancolía incurable y depura el deliberado tono ínfimo del mejor estilo minimalista de las cineastas argentinas actuales (Lucrecia Martel, Albertina Carri, Ana Poliak et al), curiosamente para anteponerlas a la célebre XXY (07) de la también debutante Lucía Puenzo, que en rigor abordaba al mismo tiempo el mismo tema (las consecuencias psicoexistenciales de una deformación congénita del clítoris al tamaño de un pene que pudo inducir a la confusión sexual), pero lo que en la superapapachada heredera fílmica del muy cuestionable oportunista hollywoodizado Luis Puenzo (La historia oficial 85, Gringo viejo 89) era estridencia shocking y tedioso conflicto doctoral planteado sólo en términos de trastorno o perturbación, en Solomonoff (a su modo también heredera, pero de las desarmantes argucias expresivas de las Historias mínimas de Carlos Sorín 02 donde fuera actriz juvenil) se ha tornado ausencia absoluta de énfasis o disertación, fuerza afectiva, despliegue magnífico de una mágica solidaridad entre chavas. Y la mutación indeseada impone un status apacible a la pálida fotogenia antifolclórica del camarógrafo Lucio Bonelli y la dulce música envolvente de Sebastián Escofet, sólo pendiente del pálpito de los grandes espacios grisverdosos y la delicadeza de los cielos de la pampa para hallar en ellos una correspondencia poética baudelairiana a esa vigorosa fuente de energía lúcida (cualquier cosa menos instintiva) que habita a las ya no tan niñas, hasta en la desesperación/desaparición o en el aplazado chapoteo dentro del ojo de agua de su casi romance.
 
II. EL TIRADOR SINCRÉTICO. En Bajo la mira (Jack Reacher, EU, 2012), segundo filme del colibretista de lujo y realizador de 44 años Christopher McQuarrie (autor ya de los brillantes diálogos hipercompactos de Sospechosos comunes y Operación Valquiria, director de un A sangre fría 00), con trepidante guión basado en Un tiro del inglés Lee Child/Jim Grant (novena de las 17 novelas dedicadas a su mismo exitoso personaje ficcional), el estoico solitario investigador ex militar aún agudísimo Jack Reacher (un cincuentón Tom Cruise aún en plenitud) es invocado enigmáticamente antes de entrar en coma por un francotirador profesional que funge sospechoso mayor de una matanza de inocentes al parecer escogidos al azar, pero el mismo ex oficial archicondecorado concurrirá a la cabecera del ex soldado agonizante, antes de imponer sus propias reglas de averiguación al ser convocado por la inexperta abogada defensora del acusado Helen Rodin (Rosamund Pike) en conflicto con su padre fiscal (Richard Jenkins), dentro de lo que será un rudo enfrentamiento con golpeadores clandestinos al interior de una violentísima trama por debajo de la psicótica trama aparente y un desafío al intimidador afrodetective Emerson (David Oyelowo) sólo deseoso de una resolución rápida del caso si bien contando apenas con un casquillo de bala cual prueba incriminatoria, hasta identificar a cierto extorsionador empresario migrante apodado El Zec / El Prisionero como el gélido culpable intelectual de la matanza (encarnado por un Werner Herzog feliz como Epicentro del Mal en lo que considera una virtuosa prolongación de su Enemigo interno 09), y ultimarlo justicieramente en seco. El tirador sincrético erige cual insigne inteligencia posmoderna a un burlón héroe inasible y desinvolucrado incluso en peligro mortal que jamás evoluciona interiormente y puede ser el mismo al principio y al final porque goza de manera distanciada al sintetizar la sistemática violación a las normas del Eros fascista Harry el Sucio, la atrabancada intrepidez corporal del exterminador machista Rambo y la inefable condición del perseguidor perseguido Bourne (esa formidable carrera en autos chocones por callejones cerrados), situándose por encima de la mera deducción, la conjetura y la sospecha tradicionales, haciendo del indicio significativo e inhumano un principio de supracriminológico desmantelamiento global, consumado tras una acribilladora balacera Bajo la Mira y bajo la lluvia nocturna en un suntuoso campo de tiro, como punto culminante de una investigación víctima por víctima para desentrañar el móvil oculto de los crímenes, siempre concediendo una máxima atención a los detalles (un boleto de estacionamiento, una moneda) validados como signos y predestinados a una lectura policial conjunta e intuitiva. Y el tirador sincrético ha logrado sublimar la semiótica instantánea a nivel de neothriller sórdido, con luminosa acción estilizada y análisis críptico de cien fuerzas oscuras en pugna.