Opinión

¿Sólo fin de año?

 
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Donald Trump. (Bloomberg)

Termina 2016 y regresa la historia. Esa que no es predecible, esa que se sale de lo pautado desde el pasado vivido, conocido e imaginado como única trama del futuro posible.

Está por cerrar no solamente un año calendario. Toca a su fin un año particular, uno lleno de hoyos negros plantándosenos aparatosamente delante y proyectándonos, con fuerza de vértigo, hacia destinos que cuesta visualizar y entender desde lo que aparecía (casi literalmente, hasta ayer) como obvio, regular y previsible.

El 2016 fue un pedazo de tiempo compartido en el que se fueron sucediendo eventos que condensaron y, simultáneamente, aceleraron ese runrún de fin de época y de cierre de ciclos que viene creciendo hace tiempo y que hoy repiquetea ya por todas partes.

El ruidito y el sabor de que termina no un año sino una era los hizo especialmente patentes el triunfo de Donald Trump en las elecciones presidenciales en Estados Unidos el 8 de noviembre pasado. Los indicios de un cambio en la partitura de fondo que ha venido organizando el imaginario y el comportamiento de tantos y las relaciones de poder a lo largo y ancho del planeta de los 1980 hasta el presente, sin embargo, son múltiples y variados.

Destacan, entre otros, por su aparatosa visibilidad: la crisis de refugiados más grande en Europa desde la Segunda Guerra Mundial; el fortalecimiento de la derecha populista con tintes autoritarios en Europa central y occidental; el recrudecimiento de la involución autoritaria en Rusia; la decisión de los votantes en el Reino Unido de salir de la Unión Europea; desastres naturales a granel –terremotos, en particular; y, para terminar, la caída de la ciudad de Alepo en Siria a manos del dictador Bashar al-Ásad, apoyado por Putin, mientras el gobierno de Estados Unidos, ya desde antes en actitud de mantenerse un tanto al margen, andaba ocupado en otros menesteres.

Detrás de todos estos acontecimientos, vienen desplegándose, hace tiempo, transformaciones más de fondo. Parecido a lo que ocurre antes de los temblores de tierra: placas tectónicas desplazándose y alterando de raíz los cimientos que sostienen la morfología y la estabilidad de un cierto orden territorial y de un determinado paisaje.

Debajo del arribo de Donald Trump a la presidencia norteamericana, movimientos subterráneos en la estructura económica, social y cultural de Estados Unidos sucediéndose y afectándose recíprocamente, en cadena. Cito, a continuación, sólo algunos de estos cambios, reportados en un análisis reciente del Pew Research Center: Adelgazamiento de las clases medias estadounidenses: caída significativa del porcentaje de adultos en hogares de ingreso medio en 204 de 229 zonas metropolitanas analizadas por Pew de 2000 al 2014.

Mutaciones muy importantes en el perfil demográfico de los dos principales partidos en ese país: el Demócrata haciéndose menos blanco, menos religioso y mejor educado, más rápido que el país en su conjunto y, por su parte, los votantes republicanos volviéndose menos diversos, menos educados y más religiosos.

Votantes republicanos crecientemente contrarios al libre comercio: 68 por ciento lo ven como algo malo para su país a fines de 2016 frente al 55 por ciento que opinaba lo mismo a mediados de 2015.

Visiones marcadamente contrapuestas sobre el presente vis a vis el pasado entre los votantes de los dos partidos, previo al 8 de noviembre: 81 por ciento de los que votaron Trump dijeron que la vida es peor que hace 50 años para gente como ellos, mientras que 59 por ciento de los que votaron Hillary opinaron lo opuesto (la vida es mejor para gente como ellos que hace 50 años).

Para completar el cuadro: expectativa de vida menor para los hombres blancos que para los de origen hispano en Estados Unidos, así como aumento en vertical de embarazos adolescentes, abandono escolar, desempleo y violencia entre los norteamericanos pobres de piel blanca.

En Europa, transformaciones muy importantes que están, también, erosionando el orden político, social y cultural conocido. Destacan, al respecto: el aumento del sentimiento contra la Unión Europea y de las opiniones favorables a que los gobiernos nacionales recuperen poderes frente a esta, así como porcentajes crecientes de europeos (del orden de 50 por ciento o más) que señalan que el ingreso de refugiados a sus países incrementa el riesgo de terrorismo y afecta negativamente la calidad de vida en ellos.

Finalmente, Putin ganando terreno, Estados Unidos coqueteando con un distanciamiento del mundo, Medio Oriente más inestable que hace mucho, y chinos y norteamericanos mirándose con desconfianza creciente.

Se avecinan tiempos inciertos y difíciles. La arquitectura del orden conocido y el lenguaje que hemos venido usando como si fuera el único posible para nombrar y hacer inteligible el mundo presentan fracturas considerables. Todo a nuestro alrededor suena no a fin de año, sino a fin de época.

Esperemos que el vendaval no se lleve de corbata los asideros que nos dan humanidad en común: el respeto al otro, la dignidad de todos, criterios compartidos de verdad, el poder del diálogo y la cooperación, y el valor insuperable del amor y de la paz.

Les deseo a todos un lindo fin de año, también fuerza para no perder la esperanza y para dar la batalla por un mundo en el que quepamos todos y en el que todos podamos celebrar que comienza un año nuevo.

Twitter:@BlancaHerediaR

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