Opinión

Sobre voceros

    
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Spicer (Reuters)

La renuncia de Sean Spicer a la vocería de Trump es una nota relevante, porque deja ver las abiertas diferencias al interior del equipo de la Casa Blanca. No debiera sorprender que Trump cambie de vocero. En especial, Spicer era impresentable como persona ante los medios de comunicación, pero ilustraba a la perfección la estrategia trumpesca de pleito y disrupción con los medios.

Dadas las inclinaciones personales del presidente norteamericano para comunicar sus pareceres sobre la política y los medios, el papel de quien tenga una posición relevante en las áreas de prensa o comunicación, se torna verdaderamente difícil. Si la comunicación en cualquier oficina presidencial es muy complicada, en la de Trump debe ser un reto verdaderamente mayúsculo. A esto hay que aunarle la personalidad de Spicer, un tipo arrogante y prepotente que se creyó con el talento y la capacidad, no sólo para enfrentar a los medios –lo que debe hacer cualquiera en un puesto similar–, sino de entablar una guerra personal contra ellos. Por supuesto que pagó un costo altísimo. Su imagen personal está por los suelos. Sólo con el tiempo, y mucho tiempo, se podrá olvidar el ridículo que le hicieron pasar los medios, las burlas, parodias y chistes que se hicieron sobre su persona.

Sin embargo, hay que hacer notar que ésta no es una renuncia más de un vocero más. El contexto en que se dio llama la atención, pues se han dejado saber las diferencias desde el principio entre él y el presidente, cómo lo hicieron a un lado y le pusieron de estratega a un financiero, lo que obligaba a su renuncia por la vía de la humillación pública (algo de lo que goza tanto de practicar su exjefe). El desenlace de este episodio está por verse. Quizá Spicer decida hablar y, de ese modo, tratar de recuperar algo de su depauperada imagen.

El papel de los voceros es el de fusibles. Hay que cambiarlos cuando ya se quemaron por defender las causas del gobierno. Es su misión. Es una suerte de fama, que es buena y bonita mientras dura, hasta caer en la batalla, pues van al frente, son la voz y, hasta por proceso natural, la voz cambia. Así, estupendos comunicadores como Clinton ha tenido que cambiar a sus secretarios de prensa para lograr mayor eficacia (tuvo más de tres). Son las necesidades de la política. Salvo en México, donde los voceros duran muchísimo. El caso de Peña Nieto es de llamar la atención. Ha tenido una serie de crisis gigantescas y el vocero brilla por su ausencia. Cumplirá el sexenio con él, salvo que lo muevan a una diputación. Y es que en México esa figura todavía sigue sin funcionar. Los llamados voceros nunca salen, nunca dan conferencias de prensa. Eventualmente dan un anuncio y normalmente no aceptan entrevistas, salvo en casos en los que se les involucre de alguna manera. Su función se limita a llamar por teléfono a periodistas, comprar publicidad y viajar con su jefe. El único que en tiempos modernos ha cumplido eso a cabalidad es Rubén Aguilar en el último tramo de Fox.

Ojalá esta función se revitalice en nuestra vida pública. Son necesarios para sus jefes, para los medios y para que la sociedad tenga más información. Por lo pronto, seguiremos con los voceros del silencio.

Twitter: @JuanIZavala

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