Opinión

Sobre la depresión

    
1
     

    

Depresión, Vale Villa (Shutterstock)

Laura parecía tener la vida más o menos resuelta y relativamente bien organizada. Su profesión aunque un poco inestable, le daba suficientes gratificaciones emocionales y financieras. Tenía dos hijos sanos, un par de miembros de su familia nuclear que la querían mucho, una pareja con la que se sentía acompañada y pocos pero muy leales amigos. No había problemas graves e incluso se sentía afortunada en muchos sentidos. Claro que tenía crisis existenciales durante las que la vida le parecía un poco absurda, algunos recuerdos amargos de la infancia que a veces la perseguían durante el sueño, algunas cuentas pendientes con decisiones pasadas, la conciencia triste de que el amor perfecto no existe. Nada grave, solo las decepciones típicas de la vida adulta.

Nada de eso impidió que una depresión infernal apareciera en su vida y le quitara la posibilidad de disfrutar, de reírse, de relajarse y de tener sentimientos de bienestar frecuentes. Un velo de tristeza comenzó a cubrir las semanas y los meses, apareció un insomnio enloquecedor, levantarse de la cama se volvió un logro y también bañarse, trabajar, convivir con los demás: no quería ver a nadie, no quería hablar, rechazaba invitaciones a comidas y reuniones, dejó de contestar el teléfono, dejó de hablar con sus hijos, perdió el interés en el sexo y en todo. Se sentía tan mal que no quería que nadie la viera así. El aburrimiento fue convirtiéndose en su estado anímico dominante. Por suerte tenía dos hijos y a ellos no quería fallarles, pero seguir siendo una madre fuerte no era suficiente motivación. Algo pasaba en su cerebro y no podía detenerlo.

Pensaba que era valiente porque no se lanzó de inmediato a una cita psiquiátrica para que le recetaran antidepresivos. Lloró días y noches, le rogaba al dios de los deprimidos que la matara mientras dormía pero no la escuchó.

Por fin decidió buscar ayuda profesional y comenzó una terapia, acordando con la terapeuta que evaluarían en algunas semanas si podría salir adelante sin medicamentos porque se resistía con fiereza a tomarlos. Para Laura simbolizaban la derrota. Ir a terapia y no medicarse le parecía señal de que no estaba tan mal.

Pasaron 8 semanas y su estado anímico mejoró un poco, después de aclarar algunos asuntos como las razones de su divorcio, su dificultad para confiar en las personas, sus altos estándares de exigencia que la hacían sentir frustrada casi todo el tiempo. Pero la mejoría no alcanzaba para descartar los antidepresivos. Dormía 3 o 4 horas por las noches y se seguía arrastrando por los días con muy poca ilusión, poca energía, poca fe en el futuro, poquísimo disfrute de estar viva.

La confianza que en esas semanas pudo construir con la terapeuta, la llevaron al consultorio de un neuropsiquiatra joven y brillante, que después de hablar con ella durante una hora, no tuvo la menor duda de que necesitaba medicarse. Lo más preocupante eran los pensamientos recurrentes sobre morirse y así dejar de estar triste todo el tiempo.

El médico le explicó que la depresión no es una perturbación exclusivamente psicológica sino una suma de aspectos emocionales y bioquímicos. El ambiente, la personalidad, ciertas predisposiciones genéticas, se suman. Su vulnerabilidad y los eventos externos debían tomarse en cuenta.

Laura entendió que sus ganas de aislarse eran producto de la depresión pero que también tenía una larga historia de rechazo por la convivencia que había contribuido a que se deprimiera. Encontrar los medicamentos y las dosis precisas así como la terapia semanal, le ayudaron a Laura a sentirse un poco mejor. Tuvo que ser paciente, sabía que no hay pastillas de felicidad inmediata y que la terapia era un proceso que requería tiempo.

La mejoría se hizo evidente cuando el caos de las emociones cedió y pudo volver a identificar el cansancio verdadero, el miedo justificado, el hambre, el enojo o el aburrimiento, como estados emocionales específicos ante situaciones concretas. También supo que las cosas iban bien cuando volvió a tener esperanza en que el futuro podía ser luminoso.

Lo opuesto de la depresión no es la felicidad sino la vitalidad y la vida puede ser vital incluso cuando es triste, siempre y cuando no amenace las ganas de vivir.


Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Se dedica a la consulta privada y a dar conferencias sobre bienestar emocional.

Twitter: @valevillag

También te puede interesar:

Adicto al trabajo
La valentía de la autenticidad
Autocrítica destructiva