Opinión

Sobre dos pasajes de “amarres perros”

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Jorge Castañeda Gutman. (Cuartoscuro)

Hacia finales del año pasado, vio la luz la autobiografía de un hombre muy controversial: Jorge Castañeda Gutman. La publicación de su libro originó varias reseñas del mismo por esos días. Entre otras la de mi amigo Juan José Rodríguez Prats.

Aunque en las más de 600 páginas de tupido texto el autobiografiado escribe de mil asuntos relacionados con su polémica trayectoria personal y se refiere a no menos de otro millar de personajes de los ámbitos académico y político, me llamó la atención que Rodríguez Prats escogió para su comentario dos aspectos que de Castañeda le parecieron relevantes.

Aludió a la reconocida inteligencia del autor y a la gran devoción con que éste se refiere a la honradez personal de su padre, Jorge Castañeda y Álvarez de la Rosa, diplomático mexicano de carrera. Con este antecedente me sorprendió leer en las primeras páginas del libro el párrafo que a continuación se transcribe, en el cual el autor recuerda cómo al cursar el primer año de primaria lo llevaba al Colegio Americano un chofer de la Secretaria de Relaciones Exteriores:

“En ese México de la edad de oro –escribe el autor de Amarres Perros, que tal es el título de su autobiografía– abundaban los privilegios en el sector público. El uso personal de los bienes del Estado no constituía una anormalidad o inmoralidad. Más bien era un pago disfrazado, parte de los usos y costumbres, inclusive para funcionarios de bajo rango. Mi padre ocupaba el cargo intermedio de director general de Organismos Internacionales, en una secretaría pobre –la Cancillería lo sigue siendo; no obstante, en aquella época ese cargo bastaba para disfrutar de un oficial de transporte uniformado, una secretaria, un coche y un escudo metálico, magnífico, colocado de manera prominente en el parabrisas, y que rezaba en letras doradas: Poder Ejecutivo Federal. ¡Qué nomenklatura soviética ni que una chingada!” (pág. 29).

En otro pasaje del libro transcribe lo que en homenaje a su padre publicó en 1997 a los pocos días de su fallecimiento. Entre otras cosas dijo: “Mi padre fue un hombre honrado, que en casi cuarenta años de servicio público no robó un centavo. Durante su carrera que abarcó los puestos más elevados a los que puede aspirar un diplomático mexicano, no hizo un solo negocio, ni abusó de ninguno de los privilegios que tuvo. Nunca buscó ni aprovechó información privilegiada, jamás indujo ni aceptó regalos u ofrecimientos indignos. En 1982, siendo Secretario de Relaciones Exteriores, vio diezmada una parte considerable de sus ahorros por las devaluaciones que devastaron la economía de millones de familias mexicanas; le tocó parejo” (p. 107).

Seguramente –pues no hay razón alguna para dudarlo– así fue la personalidad e intachable conducta del señor Castañeda. Lo que llama la atención, por lo que hace al primero de los párrafos transcritos, que se plantee que ciertos abusos se dan y admiten ser tolerados por la baja retribución que tienen asignada algunos empleados públicos, de tal manera que aquéllos se han de considerar como “pagos disfrazados”. Peor aún que se les califique como “usos y costumbres”.

A pesar de que debiera serlo por su propia naturaleza, el tema no parece sencillo. Tal vez amerite ser ventilado, ahora que se discute con el ánimo de que vaya en serio el eficaz combate a la corrupción. Para que luego no se salga con la idea de que ésta forma parte de la cultura nacional.

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