Opinión

Sobre algunos espacios independientes

 
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Quiñonera

En varias ocasiones me he quejado en este foro sobre el impacto negativo que ha tenido la especulación financiera en torno a las obras de arte que, además, en los últimos años se ha incrementado, pero en el complejo ecosistema que constituye el mundo del arte existen algunos actores que trabajan duro y de forma casi misionaria para su desarrollo, como son los espacios independientes. Aprovecho este mes, que generalmente es poco activo en este medio, para escribir sobre tres importantes iniciativas independientes que operan en la capital.

La escena del arte en México tiene una tradición de espacios independientes que funcionan en algunos casos como semilleros de artistas, en otros como iniciativas educativas, a veces sucede que se establecen y se oficializan con el tiempo, pero la mayoría cierra después de unos cuantos años de operación. Así, recordamos sitios que fueron cruciales para la escena artística mexicana como La Quiñonera o El salón dès Aztecas en los años 80, o Temístocles 44 o La Panadería en los 90.

La finalidad, la metodología y los programas que adopta cada espacio son muy distintos y dependen de la intención de los que crearon cada lugar, pero la particularidad de éstos es que son autogestionados y autofinanciados, y tienen como común denominador la falta de apoyo y recursos institucionales; todos –en el norte, el sur o en la capital– sufren por sobrevivir, por llevar sus proyectos a cabo y concretar su visión.

Acceder al dinero que el gobierno destina a la cultura en México, ya sea estatal o federal, es un proceso laberíntico kafkiano que implica tantos trámites burocráticos que se convierte en una actividad de tiempo completo que requiere la contratación de personal especializado para realizar las gestiones y comprobaciones; y en medio de este vía crucis administrativo, uno no puede dejar de preguntarse cómo puede ser tan complicado para algunos 'justificar' estas cantidades mínimas, y cómo otros pueden desviar impunemente enormes montos de nuestro erario público.

Además, la obtención de fondos públicos pocas veces se da sin cabildeos, es decir, sin la intervención de conocidos dentro del gobierno, pero por lo general estos proyectos se enfrentan al desinterés, la falta de visión y conocimiento de nuestros dirigentes, que no valoran estas iniciativas culturales generadas en muchas ocasiones por los propios artistas y por la ciudadanía, y que suplen dentro de otras necesidades la falta de escuelas especializadas dentro de la educación artística del país, labor que le correspondería al Estado realizar.

No obstante las dificultades, han surgido en los últimos años varios de estos espacios 'periféricos' que por lo general se instalan en lugares poco convencionales, en nuevos barrios en la ciudad y, a pesar de la redes sociales, son muy poco visibles para los que se encuentran fuera de la escena del arte, a veces hasta para los mismos que la conforman.

Sin embargo, la falta de recursos les confiere la posibilidad de abordar propuestas más radicales y los convierte en espacios dinámicos que reúnen a jóvenes curadores, gestores y artistas que de esta manera pueden mostrar su trabajo, generar nuevas ideas y discusiones en torno a la creación en completa y absoluta libertad.

Ojalá y que se destinara un pequeñísimo porcentaje de recursos del país a estas propuestas, asegurando su subsistencia sin detrimento a su libertad creativa, y ojalá también existiera un tipo de conciencia generalizada dentro de la iniciativa privada mexicana, que entendiera la importancia y la urgencia del apoyo a la cultura y el arte. Sin estos pasos, más simbólicos que económicos, este país seguirá teniendo muy pocas posibilidades de salir del obscurantismo en el que nos encontramos inmersos.

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