Opinión

Sissako y Murat: degradando

I. LA ALDEA PROFANADA. En Timbuktu (Mauritania-Francia, 2014), irrevocable cuarto largometraje en solitario del estilista metafórico mauritano de 53 años Abderrahmane Sissako (tras su deliciosa fantasía humorística a la Tati La vida sobre la tierra 98 y su simbólico juicio de traspatio contra la explotación económica africana Bamako 06), con depuradísimo guión suyo y de Kessen Tall dialogado en árabe y bambara más francés y songhay, el sobreviviente propietario de cabras y reses muy temeroso de dios Kidane (Ibrahim Ahmed) vive en idílica armonía feliz en un rincón semidesértico al norte de África negra, al lado de su sensual esposa Satima (Toulou Kiki), su cariñosa hija púber Toya (Layla Walet Mohamed) y su pastorcito entenado que ya se enfila para heredero de una manada Issan (Mehdi A. G. Mhamed), intentando sustraerse todos a la diáspora (“Todos huyen, ya no queda nadie”) provocada por la profanadora invasión violenta del Jihad islámico árabe que, so pena de castigo o muerte, ha impuesto la prohibición de fumar, de hacer u oír música y del futbol, así como la obligación del uso del velo, las medias y los guantes para las mujeres, debiendo el padre tolerar además el asedio sexual tendido a su cónyuge por el rencoroso vecino motorizado invasor Abdelkerim (Abel Jafri) y por sus sicarios a la hija apenas despuntando, pero cederá a la provocación de reclamarle y llevarse por delante con su pistola intimidadora a un pescador que había acribillado a la queridísima vaca GPS por atropellar sus redes en un riachuelo, provocando el infeliz padre su desgracia, su juicio sumario y su implacable ejecución a manos de los fanáticos, abrazando a su adorada mujer pero lejos de la hija que aún aguardaba su regreso en la cima de una colina.

La aldea profanada sostiene de principio a fin un tempo contemplativo, a carta cabal con edición de Nadia Ben Rachid, autárquico, pero se da tiempo suficiente para desarrollar una miríada casi caleidoscópica de subtramas, historias colaterales e incluso briznas de anécdotas paralelas, que van a conformar en su conjunto estético un raro y fascinante fresco, alrededor, aunque omnirreflejante, de la vida cotidiana hoy en cualquier aldea-omphalos universal en medio del semidesierto, al interior de una Mauritania reducida al mínimo significativo e invadida ahora, al parecer sin remedio, por la barbarie de los militantes fanáticos jihadistas retardatarios del llamado Estado Islámico ¿provocado como última válvula de escape por la barbarie de la expoliadora hegemonía armada del mundo occidental?, una existencia jamás anónima pero al parecer indiferenciada aunque esté centrada en general sobre personajes representativos pero límites, tan desafiantes como la vendedora de pescados que ofrece enérgica sus manos para ser cortadas por negarse a usar los estorbosos guantes impositivos, tan excéntricos como la superadornada ramera pitonisa que juega en todos los medios sociales e invasivos de su entorno, tan estoicos como la madre que prefiere recibir 40 desolladores latigazos en la plaza pública antes que autorizar la boda de su hija adolescente con un alevoso jihadista maduro y tan temerarios como la familia de músicos religiosos que por las noches se reúnen para transgredir la prohibición de cantar y tañer la guitarra aunque ello pueda significar su inmolación final como cualesquiera adúlteros lapidados hasta fallecer ya semienterrados vivos.

La aldea profanada se expresa a través de un neoformalismo plasticista y límpido que impone su extrañeza visual a toda la realidad circundante y banal, casi baldía, obligando a ver a ésta desde una perspectiva nueva y en ruptura con toda rutina y con lo familiar, gracias a la elaboración imágenes persistentes para siempre, de evangélica sencillez por su increíble dulzura (fotografía de Sofiane El Fai) e indignante agudeza, que arrancan con la aberrante destrucción de bellos tótems de madera desmoronándose al ser brutalmente fusilados como patos de lámina para tiro al blanco, la buena hembra alisándose los largos cabellos sin permitir que los hostiles patrulleros en lo mínimo la perturben, la rutilante seductora aldeana con fulmíneo gallo al hombro y contoneando su cola de pavorreal en un encuadre de pronto demasiado estrecho, la sangre saliendo por las narinas de una vaca sacrificada, la distante visión diminutiva del homicida Kidane desplazándose en la diafanidad de un lago cual si caminara sobre el agua mientras su víctima abandonada a su suerte se derrumba a lo lejos sobre la misma horizontal, la surrealista secuencia lírica de un partido de futbol entre chavos con un balón imaginario o esa blancura ingente de la luna bendiciendo la cerril vigilancia filial teléfono en mano.
Y la aldea profanada entronca con el mejor cine africano de todos los tiempos, el de la clásica sátira senegalesa El giro de Ousmane Sembène 68 y el del poema cósmico maliense de los orígenes La luz de Souleymane Cissé 87, al plantear a la absurda y casi mágica resistencia a la ignominia como única salida contra el arrasamiento cultural y humano de la milenaria civilización africana (“¿Dónde está dios en todo esto?”), sin caer en la islamofobia, sino contrarrestando los excesos de la reacción árabe (“La humillación debe terminar”), y permitiendo un flujo poético de la esperanza, a modo de la figura de un indomable antílope que cruza como inasible saeta y leit motiv la pantalla, cual doble y simbólica reencarnación espiritual en vida de la desolada Toya aullando llorosa y corriendo en busca de consuelo junto a su fraternal pastorcillo Issan pero topándose finalmente con una cámara que apodera de su frontal efigie doliente hasta el oscurecimiento.

II. EL AUTORRETRATO BALDÍO. En Memorias que me contaron (Memorias que me contam, Brasil-Chile-Argentina, 2012), decantado y desencantado opus 5 de la exmilitante revolucionaria carioca de 63 años Lucia Murat (Casi dos hermanos 04, Mirar extranjero 06), con guión suyo y de Tatiana Salem, la mítica exguerrillera sexagenaria Ana es internada de urgencia e irremisiblemente entubada en terapia intensiva poniendo en crisis a sus familiares y/o excorreligionarios que sufrieron como ella persecución, resistencia heroica a la tortura, cárcel y exilio por su activismo contra la dictadura militar brasileña, entonces calificado como terrorista, en especial el secuestro de un embajador estadounidense, pero el fantasma aún joven de la misma Ana (Simone Spoladore linda insóplida) se le aparece casi con indiferencia a todos los que piensan en ella o la evocan, incluso a sus descendientes indirectos como el archiconformista sobrino gay Dude (Miguel Thiré) y la intelectualizada sobrina en París educada Chloe (Naruna Kaplan de Macedo), hijos de la hermana cineasta en trance de rodar una película ex profeso ad hoc sobre el tema Irene (Irene Ravache), removiendo sus recuerdos y cuestionando sus normalizadas vidas actuales, hasta que el autorretrato baldío de la inmostrable Ana actual se extinga sin remedio en el nosocomio. El autorretrato baldío acomete por extensión una vivisección generacional con menos agresividad que nostalgia remordida, para relamerse en conjunto las heridas del pasado, trátese de los comodinos varados/neotarados Zezé (Clarisse Abujamra) y Henrique (Mário José Paz), del sobreviviente de la tortura ya incrustado en el poder como ministro de justicia José Carlos (Zécarlos Machado) reticente a promover la apertura de los archivos de oficiales de la represión o del examante italiano estallabombas Paolo (el antediluviano spaghetti-westernista Franco Nero ahora verdadero Django con cadenas anarquistas) que será encarcelado al descubrirse sus crímenes contra seres inocentes y a quien debe liberársele merced a desplegados periodísticos con tumulto de abajofirmantes medio reacios.

El autorretrato baldío navega visualmente entre hisperdiscursivos diálogos declarantes por turno y un escamoteador abuso de interrupciones de secuencia con contundentes frases ciniquillas para la Historia (“La desgracia de los demás es fatalidad y la nuestra una injusticia”), entre una multitud de frontgrounds desenfocados y elipsis capitulares de una construcción narrativa que oscila entre muchas (el rompecabezas exacto, la simetría radiada con fotogénico fondo deambulatorio en Brasilia, la escritura fragmentaria y una estructura polifónica a base de encabalgamientos dramáticos) sin decidirse por ninguna, entre invasivos remedos de la saqueadísima Sinfonía Los lamentos con soprano de Gorecki (descaradamente firmados por un tal Diego Fontecilla) e inmersiones en una enigmática instalación plástica semitransparente con materiales desechables, entre un didactismo de abnegado sermón decrépito y un extranjerismo delicioso que se azota otra vez en los puentes del Sena con fondo del Obélisque y todavía puede discutir en italiano casi orgásmicamente o merece pronunciar una efusiva oración fúnebre en galano francés derretido. Y el autorretrato baldío propone y elogia al cine como la única forma de rescatar, prolongar, reivindicar y ofrecer como ejemplo crucial la sobrevivencia detona una generación vencida y prácticamente enmudecida, en parte porque ya nada nuevo ni viejo tiene ya que decir, el cine, la autárquica creación fílmica, la cinta autobiográfica/autofágica de Irene (sin duda la alter ego de la realizadora Murat) teniendo su candorosa première privada al final del conmovedor relato agradecido, el testimonio de época mordiéndose la cola, el cine como bálsamo y sustituto de la acción y la lucidez, el cine que aún puede plantear sus dudas a criaturas que ya ni ese lujo pueden pagarse y pegarse: el cine exhumado como íntima tristeza reaccionaria e inútil.