Opinión

'Sing Street', el musical transformado

 
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Sing Street. (t0.gstatic.com)

La gran mayoría de los musicales en cine no me convencen. A menudo, los números se usan para condensar acciones o para deletrear lo que un personaje siente en vez de dejar que el espectador lo deduzca. En The Lion King las letras repiten lo que ya sabemos (Simba quiere ser rey), o se utilizan como pretexto para ver al cachorro crecer. El número musical con frecuencia es innecesario, redundante o arbitrario. Claro que es posible hallar musicales que eviten estos defectos. En Whiplash, por ejemplo, las secuencias de este tipo enganchan porque son el escenario en el que se desarrolla la acción y del que pende el destino de los personajes.

El escritor y director John Carney ha buscado anclar al género en un universo en el que los números tampoco sean redundantes ni arbitrarios. Su estrategia ha sido similar a la que Damien Chazelle empleó en Whiplash: incorporar la música a la trama para que una no exista sin la otra. Sin canciones, los protagonistas de Once jamás se conocerían. En Sing Street, su más reciente entrega, la música también es esencial.

Conor (Ferdia Walsh-Peelo) es un adolescente dublinés cuya vida va de mal en peor. Sus papás están a punto de divorciarse y la crisis económica por la que atraviesa su familia lo obliga a cambiarse a un colegio religioso, donde el bullying está a la orden del día. Al poco tiempo de ingresar, Conor se interesa en Raphina (Lucy Boynton), una chica que vive a las afueras de su escuela, a quien decide ligarse invitándola a participar en un video para su banda. El único problema es que él apenas si sabe tocar la guitarra y no tiene un grupo. Sing Street registra la creación de Conor como músico y cantante, y cómo este crecimiento detona su relación con Raphina.

'Sing Street'
Director: John Carney
País: Estados Unidos
Productores: Werner Herzog y Rupert Maconick
Duración: 98 mins.
Cines: Cineteca Nacional

Al igual que la entrañable School of Rock, Sing Street reconoce que la creación musical se desprende de la mimesis: encontrar grupos que queremos y repetir su estilo. Conor y su banda emulan a Duran Duran, The Cure y Hall & Oates, permitiéndole a Carney –que también compuso la música– copiarlos con tino tanto acústica como visualmente, a través de videos y vestuario. Si bien las canciones quizá suenan demasiado sofisticadas para una banda adolescente, Sing Street mantiene un pie en la realidad y otro en la fantasía, logrando que aceptemos incluso lo que nos parece inverosímil. Hacia el desenlace, el margen entre una y otra se vuelve casi indistinguible, culminando en una secuencia muy disfrutable que calca el escenario del baile final en Back to the Future.

La mezcla entre golpes de realidad y fugas fantásticas es uno de los muchos aciertos de Sing Street, una película que en la música encuentra un escape figurado y literal. Desde la primera escena, la guitarra de Conor le ayuda a no escuchar a sus padres peleando. Su banda le dará un pretexto para salir de casa para componer y tocar; sus canciones para expresar lo que le irrita de su entorno.

La música no transforma a su mundo, pero sí a él.

Aunque no haya canciones, Carney da en el clavo.

El enamoramiento entre Conor y Raphina es tan dulce como incómodo, y las sesiones en las que el chico compone con Eamon, su John Lennon, siempre entusiasman. El final estira la verosimilitud hasta romperla, pero es innegable que la mezcla funciona, con todo, y no a pesar de su ímpetu romántico y meloso.

Twitter: @dkrauze156

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