Opinión

Shion Sono y Plá: desatendiendo


 
 
I. LA EROTIZACIÓN ILIMITADA. En El romance y la culpa (Koi no tsumi, Japón, 2011), estridente filme 17 y conclusión de una llamada Trilogía del Odio con autoría total del cultivador neogenérico de culto apenas quincuagenario Shion Sono (Pez mortal 10 y Topo 11), con base en un escándalo criminal muy de los noventa, el misterio de un cuerpo descuartizado para armar maniquíes espantables entre bombas de color y la inscripción Castillo en un hotel de paso de la sórdida zona roja Murayama-cho...
 
... desencadena una mórbida investigación de cierta inspectora supereficaz (Miki Mizuno) y una vertiginosa cadena de cinco flashbacks capitulares que involucran a la irresistible erotización fatal (modelaje al desnudo, padrotillos sádicos) de la modosita esposa-esclava sin sexo Izumi Kikuchi (Megumi Kagurazaka) de un tiránico escritor-autómata de éxito (Kenji Tsuda), a la brillante docente literaria con doble vida nocturna como desalmada prostituta callejera bisexual Mitsuko Ozawa (Makoto Togashi) que fácilmente seduce con su fascinación perversa, y a la anciana madre (Hisako Ohkata) que aborrece a esta última, su hija idéntica al insano padre-marido, a morir.
 
La erotización ilimitada supone una expansión exponencial, inasible por los tentáculos del excedido psicothriller gore más estilizado, supertruculento e hiperintelectualizado, porque se revela como ritual (esas pantuflas maritales bien acomodadas en la puerta, ese obligatorio jabón marsellés), paródico (ese adiós matutino vuelto irónico por nuestra neobuñueliana Bella de Día, esa sensualidad antes reprimida/emblemática del Japón actual que se exacerba incluso al ofrecer mecánicamente bocadillos en el súper), eufórico (ese ensimismado descubrimiento del cuerpo propio que hace bramar danzarinamente ante el espejo), literario (sendas referencias gozosamente malvadas a El castillo de Kafka y al poeta japonés Ryuichi Tamura), atmosférico (amorío igual a transgresión igual a descenso a los infiernos) y lleno de tremebundas vueltas de tuerca (esa cópula disfrazada con el propio marido descubierto erotómano masoquista), hasta acabar incestuosa y explicativamente mortífero (ese estrangulamiento maternal por interpósita persona y para poder destazarla con el cuchillo cebollero).
 
La erotización ilimitada advierte en su inusitado gradiente-eje de potencial filosófico que las palabras (simbólicas, huecas, inertes per se: desechables) sólo adquieren significado (real) y sentido (vivo) cuando encarnan, cobran cuerpo y perturban al Cuerpo que a su vez las contiene, fundamentalmente depravadas y perversas, entre el Romance y la Culpa, volviéndose incontrolables, subversivas: erotizadas. Y la erotización ilimitada desemboca en 4 finales ensayísticos que van coronando por turno otros tantos capítulos-discurso: el discurso de la depravación meándose ante niñitos en la playa, el discurso de la búsqueda de entrar por emputecimiento al Castillo kafkiano, el discurso de la patiza vengadora/autopunitiva y el discurso del poema 'Nunca debí aprender palabra alguna' clamando por la gloria del Mal absoluto.
 
II. EL ABANDONO CAUTELOSO. En La demora (Uruguay-Francia-México, 2012), desolador tercer filme del uruguayo-mexicano de 44 años Rodrigo Plá (Desierto adentro 06-08, La Zona 07), con guión de Laura Santullo basado en su cuento 'La espera', el octogenario abuelo montevideano obviamente jubilado y vuelto hacia el recuerdo Agustín (Carlos Villarino) se ha vuelto una pesada carga cotidiana para su hija costurera y madre solitaria con tres demandantes críos María (Roxana Blanco) que lo baña, le corta las uñas de los pies, le da prioridad por encima del ex galán aún respetuosamente interesado con quien ella cuenta para emergencias Néstor (Óscar Pernas), la exaspera al internarse extraviadamente en la ciudad en busca de añoradas casas desaparecidas, lo intenta meter sin posibilidad de éxito en un asilo y finalmente aprovecha una breve ausencia desobediente del anciano para dejarlo esperando infructuosamente por ella en la banca de una plazoleta de cualquier unidad habitacional, mañana, tarde, noche, durante un invierno congelante, inventándose la mentira de que lo ha dejado en una casa de asistencia, sin que el infeliz que va y viene al mismo sitio de la espera permita ser guarecido en alguna casa de acogida, pese a los misericordiosos requerimientos de vigilantes y cierta septuagenaria alma caritativa que le ofrece un tecito, hasta que la mujer arrepentida, luego de provocar desencuentro tras desencuentro y peregrinar rabiosa por albergues para indigentes, decida ir a buscarlo al exacto lugar público donde alevosamente lo abandonó.
 
El abandono cauteloso coloca a los cuerpos en primer término, sean el del viejo frágil hacia un extremo demolido y el de la hembra con perpetuos labios arrugados de amargura, sean el del anciano costal de carne fofa chorreando bajo la ducha al punto de parecer desplomarse y el de la señora usando el mingitorio como ámbito interior milusos (contar billetes, ponerlos a secar, fumar, telefonear), sean el del provecto aferrado al tubo del autobús para llegar más pronto o a la banca como último asidero con el mundo y el de la titubeante desafiliada jodida mordiendo anímicamente a las obreras que le llamaban compañera: posneorrealistas cuerpos-excrecencia, cuerpos-subproducto social, cuerpos-reflexión exculpadora.
 
El abandono cauteloso se estructura como un cuento minimalista a dos únicas voces (la del zorro plateado, la de su hija ajada), tanto a nivel narrativo y dramático como en lo visual, por lo que clava la duda de si la profusión de los desenfoques que habitan el filme tienen alguna función particular (cercar a los personajes, aislarlos de su contorno) y significado intuitivo-instintivo (la disolución del entorno en la intimidad egoísta y el prevalecer pese a todo del maldito lazo afectivo), o son meras ocurrencias gratuitas o coqueterías boniteras e irresponsables de la avezada cinefotógrafa María Secco, por lo demás severa en sus encuadres y pictoricista en su manejo de microfulgurantes tintes ocreazulosos en los interiores de la clase media jodida, en las calles desiertas o ante los edificios-barrera.
 
Y el abandono cauteloso aborda el endémico tema universal del abandono a los adultos mayores de manera frontal, eficaz en lo emotivo y con más contención convincente de lo esperado, para no tratarse de ningún remedo de Kore-eda (Maborosi 95) ni del abandono al hijito ciego de Majidi (Los colores del paraíso 95) o al autista de Gabriela Monroy (corto Un viaje 04), superando mediante rigor puro las aberrantes fábulas anteriores de Plá-Santullo (la cristera criptopanista Desierto adentro, la claustrofóbica xenófoba La Zona), para que ahora esa conmovida hija levante al guiñapo ovillado del pavimento y parta con él, más allá de la inquietud trágica y la reconciliación superficial ("¿Te pasó algo, verdad? ¿Ustedes cómo están? Estoy un poco fatigado"), acaso padre e hija sustancialmente transformados.