Opinión

Seria frivolidad

15 noviembre 2017 5:0
 
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Ayotzinapa

Uno. Un par de juiciosas amigas me advierte de la conveniencia de patentar las etiquetas (y sus contenidos) que se me van ocurriendo ante la marcha imbatible de nuestra “política” y de nuestra “cultura” (comillas, a todas luces, intencionales).

Dos. Diablito social: robo público de la fama, vaya, energía, ajena (el colgadero a diestra y siniestra del poste de los 43 de Ayotzinapa). fotomedro: selfie oportunista, logrero o lo que usted guste y mande, junto a una celebridad (Kate del Castillo y Sean Penn custodiando al Chapo). El golpe (del calendario) Avisa: atención obsesiva de la burocracia cultural a las efemérides (primer diente de leche del novelista mengano, primer trazo a los tres meses de edad del pintor zutano).

Tres. Y, desde luego, insuficiencia presidencial: enfermedad invasiva, crónica y letal del sistema político mexicano, contraída allá por 1970.

Cuatro. De última hora, dos. valet living (quien no sólo acomoda tu coche y de lo trae de regreso, sino que atiende todos los trámites administrativos y bancarios de la vida cotidiana actual); y valet writing el equipo de apoyo de un “best-long-seller” de la novela, de la historia o del periodismo de investigación.

Cinco. ¿Un ejemplo de valet writing? Pero no de un caso mexicano, para qué levantar polvaredas y rencillas. Gringo. El caso del sin lugar a dudas talentoso Stephen King, rey casi absoluto del género de terror. Recuento: 1 agente literario tiburón, 3 correctoras, 1 asistente de investigación, 2 lectores novelistas profesionales, la última palabra de la esposa también novelista, y 2 coordinadoras (una en la oficina de Maine, la otra en la oficina de Florida)

Seis. Y, claro está, los millones de lectores en tantos idiomas como hay y habrá.

Siete. Pero, confieso, topo con hierro en el último número de la revista Quién, revista medio filosófica (se sobreentiende el “¿Quién soy?”), Comedia Humana Mexicana que, reconozco, soy el único entre mis amigos escritores que gusta leer (dice leer, no “ler”). Revista ocupada en “Los personajes que transforman a México”, cincuenta.

Ocho. ¿Creme patrie? No, no me cuadra. Y ¿cuadro de honor con backstage? La verdad, tampoco.

Nueve. De cualquier manera no se crea que es enchílame otra. Pelona se la ve el jurado convocado, y la editora. ¿Por qué no 49, o 51, o menos, o más? Y como la tropa de elegidos no cabe entera en la portada, pues hay que discriminar (la contraportada se la reserva el Departamento de Venta de Publicidad).

Diez. Amplia paleta, la neta. Gente del espectáculo, altruistas, luchadores sociales, “youtuberos”, topos, fotógrafos, socialités, deportistas, modistas, modelos, surfistas, cantantes, arquitectos y el oficio que a usted se le ocurra que quepa en la Viña del Señor.
Once. Me place toparme con mi viejo y admirado amigo José Sarukhán. Aunque inscrita en el género Revista del Corazón, sobresalen dos periodistas combativos, en la línea de fuego. El asesinado Javier Valdez y el amenazado de muerte Héctor de Mauleón.

Doce. Celebridad canina, ya relajada, posa la rescatista Frida entre sus dos instructores de la Marina.

Trece. No doy con la etiqueta para el fenómeno Quién. Con los contenidos, sí. Espejo de una clase a la que también empieza a arrastrar la profunda decadencia en la que se debate el país, no sólo sus poderes y partidos (y partiditos). Fenómeno, espejo, que a fe mía debería hacerle guiños (al igual que otras revistas existencialistas involuntarias, Caras, Somos) a nuestra academia dura en ciencias sociales.

Catorce. ¿Qué traduce el gesto de realeza mexicana de contraer nupcias, en la India, todos disfrazados de hindúes, los contrayentes, la corte de amor, los padrinos, los pajecitos, los invitados? ¿Algo más que ostentación?

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