Opinión

Sergio, pensar la muerte desde la vida

     
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Sergio González Rodríguez

Mi puerta de entrada a la Ciudad de México se llamó Sergio González Rodríguez.

Era el año 1994. En la colonia Juárez estaba de moda La Tirana, un bar que por entonces rivalizaba con el Milán. Ahí, junto con otros, conocí a Sergio, fallecido ayer en plenitud.

Sergio, que no oía bien en lugares más o menos silenciosos, nunca dejó de invitarnos a todo tipo de espacios, incluidos, por supuesto, aquellos donde el ruido hacía aún más retadora una conversación con él.

Así que desde esas primeras visitas a La Tirana, era Sergio quien hablaba, deslumbrando a alguien recién llegado a la capital como lo era yo entonces.

A pesar del tiempo transcurrido desde aquel año, para mí, y supongo que para muchos de los que lo conocimos o lo leímos, ese fue Sergio: la puerta de entrada a la Ciudad de México, a partes de México, y a otras latitudes, como el universo de la literatura. Esa puerta se atrancó ayer.

Porque a lo largo de todos estos años Sergio siempre fue el mismo: un ser enteramente generoso con su saber y sus oficios. Una persona entregada a su trabajo, devota de su familia, incondicional de sus amigos.

Este domingo busqué a Sergio. Le envié un mensaje sms y no contestó. Nada raro en él, pues su generosidad no estaba reñida con una personalidad inclasificable en rutinas o convenciones que, entre otras cosas, lo hacía capaz de aparecer y desaparecer por épocas.

El domingo quería preguntarle por un trámite, y por un libro que había recomendado meses atrás y cuyos datos no retuve. Como Sergio no contestara fui a Google y encontré a Sergio, es decir, su reseña de Irène, de Pierre Lemaitre. Y a los pocos minutos ya estaba leyendo en el kindle lo recomendado por Sergio, como desde hace tantos años.

Ayer me asomé al estudio de Sergio. En su escritorio reposaban su kindle, su MacBookAir, su Iphone. Y montones de libros en esa diminuta mesa de trabajo.

Al lado de la computadora quedó una pluma plateada con esta frase en letras negras: “Pensar la muerte”.

Muchas cosas se dirán de Sergio en todas estas horas y en muchos días por venir. Seguro tendremos alguna novedad editorial por ahí –a Rossana Reguillo le dijo hace una semana que estaba contento por ello– y mucho se hablará de sus muchos textos.

En su obra, es cierto, se habla de la muerte. Así que la pluma con esa leyenda junto a la computadora de este autor parece algo de lo más normal.

Pero me gustaría pensar que si Sergio fue capaz de libros de referencia obligada en temas de violencia en México, como lo son Huesos en el desierto (2002) o El hombre sin cabeza (2009), se debía a su inagotable ansia por vivir.

Ansia de vida que se traducía en sus crónicas de la noche, sus incursiones en la novela, su pasión por el cine, su errancia permanente, sus carcajadas, su grito de guerra de “vamos a la viiiiida”, su frase-conjuro “sólo te pido una hora de tu vida”, que pronunciaba para evitar que alguien se rajara antes de agotar la velada, su férrea mística de trabajo, que lo sentaba en el potro de la escritura cada amanecer, su filosa ironía, sus viajes al extranjero para cosechar el éxito de su obra, su modestia para ser el mismo de siempre.

Sergio González Rodríguez fue la puerta de entrada a México para un provinciano como yo. Y lo seguirá siendo, en la memoria y en su obra, por mucho tiempo.

Twitter: @SalCamarena

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