Opinión

Seguimos vendiendo oro para comprar espejitos

1
 

 

tecnología

No recuerdo un momento en el cual haya sido tan difícil como ahora leer qué ocurre y anticipar qué vendrá. Confluyen circunstancias o fenómenos poderosos, muchos inéditos. Primero, después de la crisis de 2008 los bancos centrales del mundo inundaron de liquidez al sistema financiero. Además, las economías desarrolladas presentan endeudamiento sin precedente en épocas de paz, sus poblaciones envejecen y ponen a prueba a los grandes Estados benefactores, y por si fuera poco, estamos inmersos en esta Segunda Revolución Industrial donde la tecnología tiene capacidad disruptiva sólo comparable con su poder para habilitar a sectores tradicionales. Como dicen McAfee y Brynjolfsson en el libro The Second Machine Age, esta revolución amplifica procesos cognitivos en una escala similar a la que el descubrimiento de la máquina de vapor logró para potenciar la fuerza animal.

Todo lo anterior tiene un claro impacto en la economía mundial y en los mercados financieros. En mi opinión, apenas entramos en lo que podría volverse una década de estancamiento económico mundial. Éste refleja factores que se combinan en forma negativa: la imposibilidad de seguir dependiendo de endeudamiento para crecer (China es el mejor ejemplo); la caída en la demanda provocada por el envejecimiento de la población en países desarrollados; el impacto de corto plazo de nuevas tecnologías que desplazan a trabajadores; movimientos políticos populistas que harán enorme daño al hacer diagnósticos equivocados y proponer soluciones contraproducentes (Syriza en Grecia, Podemos en España, Morena en México); sistemas educativos que no se adaptan con la velocidad necesaria a una nueva realidad y equipan a los jóvenes con herramientas obsoletas, entre otros.

Un gran reto será encontrar dónde invertir para al menos mantener el poder adquisitivo del ahorro cuando muchos bonos presentan tasas reales negativas, pero también reconociendo que al comprar activos reales (acciones, bienes raíces, arte) sus valuaciones provocan vértigo.

Como país, el gran reto es atraer inversión hacia actividades tradicionales, cuando muy pocos sectores muestran crecimiento en este entorno. Por ello, el sector de tecnología se ha vuelto, nuevamente, un poderoso imán que atrae ya no sólo a recursos dispuestos a tomar riesgo, sino incluso de inversionistas razonablemente conservadores a quienes simplemente urge encontrar crecimiento. Cualquier empresa tecnológica mediana que esté en boga levanta fácilmente más recursos que toda la Ronda Uno, por ejemplo.

Uber, con ingresos (no utilidades) estimados en 800 millones de dólares el año pasado, levantó recursos este mes con una valuación de 41 mil millones de dólares (según The Economist de julio 25-31, 2015). Lo increíble es que una valuación así tiene sentido si consideramos la alta probabilidad de que continúen grandes flujos de inversión hacia ese sector, aun cuando no la tendría basada en criterios de valuación convencionales de múltiplos precio utilidad, por ejemplo.

La tecnología apenas inicia un largo camino que se beneficiará del exponencial crecimiento en la capacidad de las computadoras, del poder que éstas tienen para procesar millones de datos en segundos, ofreciendo análisis que serían imposibles para un cerebro humano; de la ubicuidad de teléfonos inteligentes con capacidad creciente, de WiFi, de posicionamiento satelital y otras tecnologías; del cambio en patrones de consumo de nuevas generaciones (como los millenials, quienes nacieron alrededor del cambio de milenio, y para quienes un teléfono inteligente es un control remoto para interactuar con el mundo), etcétera.

Si en América Latina no hacemos profundos cambios que nos permitan competir en ese sector, innovar y atraer recursos para desarrollar propiedad intelectual, condenaremos a generaciones futuras a hacer lo mismo que las pasadas: comprar espejitos a cambio de vender oro. Ahora, vendemos petróleo, cobre, o incluso manufacturas básicas a cambio de software, aplicaciones, dispositivos y otras soluciones en los que pagamos, principalmente, por el derecho de utilizar herramientas o productos desarrollados por el ingenio y la capacidad de terceros.

Entendiendo perfectamente la importancia que tuvo la Universidad de Stanford en el desarrollo de Silicon Valley en California, cuando era alcalde de Nueva York Michael Bloomberg, ideó un concurso entre universidades para hacer un gran campus tecnológico en Roosevelt Island (frente a la isla de Manhattan) para atraer a empresas innovadoras que quisieran aprovechar el acceso a estudiantes talentosos. Después de una reñida competencia con Stanford y con la Universidad de Chicago, ganó la Universidad de Cornell en asociación con el Instituto Technion de Tecnología de Israel (un prestigioso centro de innovación que detonó el desarrollo tecnológico israelí) haciéndose acreedora a 400 millones de dólares de apoyo de la ciudad, y además a cien millones que Bloomberg donó personalmente. Él sabe que si ese proyecto sale perfectamente, la ciudad empezará a beneficiarse quizá en una década.

¿Y nosotros seguimos peleándonos por evaluar o no maestros? Peleamos las batallas del siglo pasado. Ni remotamente nos adaptamos al reto que nos impone este entorno; seguimos en la misma trayectoria que arroja tan magros resultados.

Twitter: @jorgesuarezv

También te puede interesar:
El presupuesto base cero no funciona sin cambio de mentalidad
Lo grave es la respuesta, no la fuga
La permanencia de Grecia es más cara que su salida