Opinión

¿Se puede hacer una película antiguerra?



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Francotirador

Desde su estreno en diciembre, American Sniper (Francotirador), dirigida por Clint Eastwood y protagonizada por Bradley Cooper, causó revuelo en Estados Unidos. Los conservadores insisten en verla como un homenaje a Chris Kyle, el francotirador más letal de la historia, mientras que los liberales la utilizan para criticar la política exterior de su país. Su taquilla ya rebasó los 330 millones de dólares y el libro en el que está basada sigue en el primer lugar de ventas de The New York Times. Más que un fenómeno, American Sniper es una prueba Rorschach. Quien la admire es un halcón, quien la odie es un pacifista.

Hace unos días me sometí a la prueba. A diferencia de lo que opinan los medios de izquierda en Estados Unidos, American Sniper no me pareció particularmente patriotera. Yendo y viniendo de la guerra en Irak a la vida doméstica de Kyle en Estados Unidos, la película acaba como una alabanza pero mantiene una posición bastante matizada durante sus más de dos horas de duración. Eastwood logra este equilibrio gracias a Cooper, un actor cada vez más versátil y complejo.

A medida que Kyle se distingue como francotirador, Cooper lo aísla del mundo. Kyle, antes alegre y cálido, lentamente se convierte en un autómata, sentado frente a la tele apagada, obsesionado con volver al frente aunque eso implique abandonar a su familia y convencido de un llamado mesiánico para proteger a su país. American Sniper jamás denuncia la intervención militar como Oliver Stone hizo en Platoon y Born on the Fourth of July, pero tampoco pinta la guerra y sus efectos colaterales de color rosa.

Sin embargo, algo deja mal sabor de boca. Por momentos, las secuencias de acción, donde el espectador adopta el punto de vista de Kyle a través de su rifle, suscitan ese entusiasmo vicario que sentimos al jugar un videojuego y dispararle a un enemigo, en gran medida porque no se asume la perspectiva del otro: en American Sniper los iraquíes casi siempre aparecen en la mira. No obstante, Eastwood sabiamente se abstiene de usar música heroica y, salvo en contadas ocasiones, filma los movimientos militares con el mismo estilo sobrio que lo ha caracterizado desde Unforgiven, otro análisis de la reverberación moral que conlleva matar a un ser humano. Pero American Sniper no es un western, por más polvo que haya en Iraq. Y aunque esté a punto de lanzar un cohete contra un tanque estadounidense, un niño musulmán no es un villano de bigote retorcido como Gene Hackman. Si una película de guerra busca ser honesta, quizás debería aceptar que en el campo de batalla no hay villanos o héroes, sólo víctimas.

El año pasado, una colección de cuentos sobre veteranos, escrita por un veterano, ganó el National Book Award, uno de los premios literarios más prestigiosos de Estados Unidos. Aunque Redeployment, de Phil Klay, también habla sobre las vidas de soldados adentro y afuera de Irak, la impresión que deja es muy distinta a la de American Sniper. En un momento dado, un exmilitar asegura que no existe tal cosa como una película antiguerra: la adrenalina y la diversión que el cine provee son la antítesis de lo que un soldado vive durante una batalla. Quizás Eastwood trivializó la complicada vida de Kyle al empaquetarla como entretenimiento, por más inteligente o imparcial que sea. Quizás el cine, a diferencia de la literatura, no puede hacerle justicia a la guerra precisamente porque es incapaz de deletrear los sentimientos de un soldado para la audiencia. Hasta Full Metal Jacket, donde vemos el trato brutal al que se someten los marines recién reclutados, parece ser la película favorita del ejército. Incluso Oliver Stone endulza la experiencia de Vietnam. Sin piernas, humillado y melenudo, pero Tom Cruise termina siendo un héroe nacional en Born on the Fourth of July, al igual que Chris Kyle. Mientras tanto, en Redeployment, los veteranos regresan sin fanfarrias o porras a un país que no sabe qué hacer con ellos. Todos están a la deriva. Ninguno critica la guerra ni la defiende. Cuando acabé el libro, lo último que quise fue sentarme a jugar Call of Duty; con American Sniper me dieron ganas de tomar un rifle. Aunque fuera desde la comodidad de mi sala.

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