Opinión

Se me olvidó que te olvidé: productividad y salario mínimo en México

Llevamos poco más de cien días de que el Gobierno del Distrito Federal (GDF) detonó en el país el debate sobre el salario mínimo. Este renacido interés sobre el salario mínimo y sus impactos económicos y sociales no es privativo de México. De hecho, desde hace un tiempo la política de salarios mínimos ha cobrado vigencia en diversas economías desarrolladas, entre ellas Alemania, Estados Unidos, Inglaterra, la Comisión Europea; o emergentes como Uruguay y Brasil. El debate ha tomado intensidad con la creciente participación de columnistas y académicos nacionales e internacionales así como de funcionarios de alto nivel -incluyendo los titulares de Banco de México, SAT, las secretarías de Hacienda y del Trabajo- y representantes de los sectores obrero y patronal.

En México sigue la discusión sobre áreas importantes como son sus efectos en empleo, informalidad e inflación. Sin embargo, el debate parece coincidir en tres puntos. El primero es en desvincular al salario mínimo como referencia de múltiples transacciones externas al ámbito laboral como multas, operaciones financieras, pensiones y asignaciones partidarias.

El segundo es que el salario mínimo real ha tenido un agudo deterioro en términos reales desde los 80, al punto de que su monto actual de 67 pesos por día queda lejos de alcanzar la “remuneración suficiente para satisfacer las necesidades normales de un jefe de familia, en el orden material, social y cultural, y para proveer a la educación obligatoria de los hijos” como establece el artículo 123, ap.VI de la Constitución.

El tercer punto de coincidencia es que el desempeño de la productividad no puede olvidarse en cualquier iniciativa para mejorar el salario mínimo real de manera sostenible en el mediano y largo plazos. Cabe subrayar que el consenso en torno a la importancia de la productividad no se extiende al papel que ésta juega en cuanto a la ruta a seguir. Para unos se requiere reformar la política nacional de salarios mínimos; reforma en cuyo diseño la evolución de la productividad es tan sólo uno de los elementos a considerar. Para otros, modificar la política de salarios mínimos es innecesario, o incluso nocivo para la estabilidad macroeconómica, y afirman que lo que se requiere es elevar la productividad.

Para arrojar algo de luz al respecto, examinemos conjuntamente cuál ha sido el desempeño de la productividad y del salario mínimo en México en comparación con el resto de América Latina, y en su evolución histórica de los últimos 20 a 30 años. Como se dijo en múltiples foros y escritos recientes, el salario mínimo de México es de los más bajos en América Latina, como se le quiera medir. En 2011 su monto en dólares (US $112) fue similar al de Nicaragua y Bolivia (US $117), y equivalía a tan sólo la tercera parte del de Brasil, Chile, Uruguay o Ecuador. Era igual a 15 por ciento del PIB per cápita mexicano, la proporción más baja de casi toda América Latina y lejos del 30 por ciento correspondiente a Chile y Brasil y del casi 50 por ciento de Perú, Colombia y Costa Rica. Su monto era 19 por ciento del salario nacional medio, de los menores porcentajes en la región. Así, el Informe Mundial de Salarios de OIT nota que en México “el salario mínimo está por debajo de los niveles del mercado, aún para los trabajadores no calificados”. Además, de acuerdo con la Cepal, “México es el único país al final de la década (anterior) donde el valor del salario mínimo es inferior al del umbral de pobreza per cápita”.

Ante esta rezagada posición del salario mínimo mexicano respecto al del resto de América Latina, y el énfasis puesto en el debate en su dependencia de la productividad, sería de esperar que esta última haya tenido un pobre desempeño comparativo en la región. Empero, no es así. El contraste es sorprendente. Los Indicadores Clave del Mercado de Trabajo (OIT) revelan que desde hace más de 20 o 30 años la productividad laboral media de México -en dólares constantes- ha sido y sigue siendo de las más altas de América Latina. En 2011 fue la segunda más elevada, apenas 3.0 por ciento menor que la de Chile, superó ampliamente a Uruguay (en 30 por ciento), a Brasil (60 por ciento) y más que duplicó la de la vasta mayoría del resto de la región.

GRÁFICA 1


La diferencia del desempeño comparativo regional de México en cuanto a, en un extremo su salario mínimo y en el otro su productividad laboral, es evidente en el gráfico 1: su salario mínimo en dólares es similar al de Bolivia y Nicaragua –cuya productividad es de las más bajas en América Latina- pero la productividad media de México es cuatro veces mayor. En Chile, con productividad laboral tan elevada como México, el salario mínimo mensual de 366 dólares mensuales es el triple del mexicano. Todo ello abre incógnitas relevantes para el debate actual en México. ¿Por qué nuestro país tiene uno de los salarios mínimos más bajos en la región aunque su productividad laboral es de las más elevadas en ella? ¿Por qué a nivel regional se da una asociación entre el nivel de la productividad laboral y el del salario mínimo, y México aparece virtualmente como excepción?

Para responder estas preguntas, examinemos ahora la evolución conjunta de la productividad laboral y del salario mínimo real en nuestro país en los últimos 20 o 30 años. Tomemos dos fuentes relevantes. La primera es el pronunciamiento conjunto de los sectores obrero, patronal y del gobierno de la República de hace unos días. Su primera oración afirma: “En los últimos 30 años México ha tenido un crecimiento medio anual de 2.4 por ciento del PIB, así como una disminución anual de la productividad de 0.4 por ciento...”. Dicha caída --sin duda preocupante-- de la productividad implica que en ese lapso su nivel se redujo en 11.3 por cirnto. Ahora bien, en esos mismos 30 años ¡el salario mínimo real cayó 70 por ciento, una proporción seis veces mayor! Si nos concentramos en su desempeño ahora sólo desde 1990, la divergencia es aun más aguda.

GRÁFICA 2


Como m​uestra la gráfica 2, la productividad laboral media en México ha tenido un comportamiento pobre en 1990-2013. Después de caer en gran parte de los 90, comenzó su débil recuperación en 1998. De entonces a 2013 registró un alza acumulada de 15 por ciento, que la llevó a un nivel 4.5 por ciento arriba del de 1991. Decepcionante, sin duda, y reflejo del escaso dinamismo de la formación de capital fijo, privado y público, en el país. ¿Cómo evolucionó el salario mínimo real desde 1990? De manera más lamentable. En los 90 cayó, continuando la pauta a la baja iniciada en la década previa. A partir de 2000 se estabilizó y para 2013 registró un alza acumulada de 2.6 por ciento, lo que todavía lo coloca 30 por ciento por debajo del nivel de 1991.

Si bien ambas variables han tenido mal desempeño en las dos o tres décadas recientes, la evolución de la productividad laboral y del salario mínimo real en México no están estrechamente correlacionadas, y más bien son contrastantes. En efecto, en el ámbito regional México lleva años destacando por su elevada productividad laboral, entre las más altas. Su salario mínimo, empero, es de los más bajos de toda América Latina. En cuanto a la evolución histórica, sus pautas también son muy distintas, como se vio arriba. De hecho, en el subperiodo 1998-2013 en que la productividad subió 15 por ciento, de punta a punta el salario mínimo real permaneció estancado. Así en 2013 la productividad laboral era 4.5 por ciento superior y el salario mínimo real 30 por ciento menor a sus niveles respectivos en 1990. Si en estos años hubiera crecido al mismo ritmo que la productividad laboral, el salario mínimo real en México hoy en día sería 50 por ciento mayor, aproximadamente 100 pesos diarios.

En síntesis, en la experiencia reciente de México en los períodos en que ha caído la productividad laboral, el salario mínimo real se ha desplomado más agudamente. Y en los lapsos en que la productividad laboral ha subido, el beneficio se ha reflejado nula o escasamente en el salario mínimo en términos reales. Puesto de otra manera, las ganancias de la productividad laboral que han ocurrido –magras, pero reales- en el marco institucional vigente de operación de la política de salarios mínimos no se han derramado en éstos y se han concentrado en otros factores de la producción o diferentes estratos laborales.

¿Qué concluimos de sus pautas contrastantes? Sería erróneo concluir que en el caso mexicano el desempeño de la productividad laboral es irrelevante en la evolución del salario mínimo real. Pero a la vez, igualmente errado es pensar que el alza de la productividad laboral, por sí sola -y cuando ocurra- garantizará que el salario mínimo real se recupere de manera significativa y persistente. No lo ha hecho hasta ahora, y no se ve por qué lo haría en el futuro sin una reforma en la política de salarios mínimos. Dicha nueva política deberá de tomar muy en cuenta el Informe Mundial de Salarios 2012-2013 (p. 42) “En México…, la política de salario mínimo ha sido fuertemente determinada por los esfuerzos para lograr un equilibrio fiscal (ya que el salario mínimo determina numerosas prestaciones de seguridad social) y aumentar la competitividad exportadora. Como resultado, el salario mínimo está por debajo de los niveles de mercado, aun para los trabajadores no calificados”.

Puesto de otra forma, si bien es importante que la discusión sobre el salario mínimo no se olvide de la relevancia de fortalecer la productividad, es igual o más importante que en el diseño de la política económica no se olvide que la derrama de beneficios de mejoras en la productividad laboral a los trabajadores que reciben el salario mínimo, dista de ser automática o garantizada a menos que se tomen medidas especiales al respecto. En ese sentido, una acción para dar expresión concreta al objetivo de democratizar la productividad podría ser avanzar hacia una nueva política de salario mínimo que –además de desindizarlo como unidad de cuenta– lo eleve pronto de manera significativa y, sobre todo, lo inserte en una senda de recuperación real sostenida y responsable con los mandatos del artículo 123 de la Constitución.