Opinión

Se empatan datos duros 
y expectativas

Desde principios del año, y en particular durante el segundo trimestre, se presentó un desfase importante entre los datos duros sobre la evolución de la economía (producción industrial, indicador global de la actividad económica, empleo formal en el IMSS, entre otros) y las percepciones y expectativas tanto de los consumidores como de las empresas acerca de la situación económica actual y esperada. En buena medida, ello fue consecuencia del impacto de la reforma fiscal, así como de la ineficacia y bajo impacto del gasto público, que se sumaban a la recesión en el sector construcción, en especial, al desastre de la vivienda.

De acuerdo con la información del Inegi de la semana pasada, parece que esa brecha empieza a cerrarse. A septiembre el Índice de Confianza del Consumidor mostró una recuperación al aumentar 2.3 por ciento con respecto a agosto, aunque todavía fue 2.4 por ciento inferior al del mismo mes de 2013. De hecho, en todos los componentes que lo integran –situación económica general y de los miembros del hogar, actual y esperada, así como la posibilidad de adquirir bienes duraderos– se reportaron mejorías importantes en relación con el mes pasado. Destacó que en los últimos meses los consumidores percibieron que la situación actual estaba mejor, pero todavía mantuvieron dudas acerca del futuro económico.

En el caso de las expectativas empresariales, si bien la recuperación no es tan clara como en los consumidores, también se registró una mejoría. El índice global en el noveno mes del año aumentó 0.6 por ciento en relación con septiembre de 2013 y 0.5 por ciento con agosto pasado. Ello fue resultado de mejores percepciones acerca del “momento para invertir”, lo que sin duda es una buena señal, y de la situación económica del país actual y futura. En contraste, las expectativas no son tan favorables para la situación actual y futura del las empresas. La mayor recuperación de las expectativas empresariales se registró en los sectores de la construcción y las manufacturas, en tanto que en el comercio persiste una percepción negativa que es consistente con la mala evolución de las ventas de los establecimientos en ese sector, que todavía reportan una tenencia a la baja.

El tercer indicador de expectativas, el de pedidos manufactureros, y que no sólo son percepciones sino que los empresarios basan su opinión en lo que ven en sus negocios, también fue favorable al mostrar un incremento tanto a tasa mensual como anual. En todo caso, persisten dudas acerca de la oportunidad en la entrega de insumos y en el manejo de inventarios; esto es, las empresas dudan más de sus proveedores que de su propia capacidad para incrementar la producción.

Parecería que los riesgos de que las expectativas se vuelvan a deteriorar, o reviertan su tendencia ascendente, están acotados. Es factible que el sector comercial, ahora con peores opiniones que en la construcción, reciba un impuso importante en los próximos meses, tanto por el efecto del Buen Fin que, a pesar de haber sido una mala copia del Viernes Negro estadounidense, hay que reconocer que constituye un fenómeno que incrementa significativamente las ventas, como por el adelanto de la temporada navideña. Además, se anticipa que se intensifique la ejecución del gasto público en el último trimestre del año y que, ahora sí, empiece a incidir en el crecimiento de la economía.

Sin embargo, hay riesgos no menores. La reciente devaluación del tipo de cambio –aunque previsiblemente temporal y acotada– junto con el repunte de la inflación, pueden deteriorar las expectativas y, por ende, volver a obstaculizar la recuperación de la inversión y del consumo. En buena medida, la inestabilidad financiera dependerá de la estrategia que siga la Reserva Federal de Estados Unidos en materia monetaria y de la velocidad a la que retire el excedente de liquidez que inyectó para inducir una recuperación del crecimiento, la cual es equivalente a 3.5 veces el valor del PIB de ese país. Mejor cierre de año, pero no exento de riesgos.

Twitter: @ruizfunes