Opinión

Scorsese y Depardon: omniabarcando


 
I. EL FRAUDE VIVIENTE. En El Lobo de Wall Street (The Wall Street Wolf, EU, 2013), desaforado eternometraje 25 del neoyorquino de 71 años Martin Scorsese (de Calles peligrosas 73 a La invención de Hugo Cabret 11), con guión totalizador de Terence Winter basado en la megalomaniaca autobiografía homónima del expresidiario superfamoso Jordan Belfort. El fraudulento corredor de bolsa titular (Leonardo DiCaprio) evoca a ritmo vertiginoso y comenta sin lamentaciones, aunque corrigiéndose audiovisualmente sobre pantalla, su fundación de una compañía de inversiones basura con empujoncito de Forbes para amasar a los 26 años una fortuna de 49 millones de dólares, su catastrófico reemplazo afectivo de la mezquina esposa Teresa (Christina Miliotti) por la castrante sofisticada bella a cortar el resuello Naomi (Margot Robbie), su conversión en abyecto delator al ser investigado por el gobierno federal en vista de sus escándalos y su efímera caída elíptica en la cárcel.
 
 
El fraude viviente canta una trepidante e incontenible loa al vacío de los excesos, pero en el fondo haciéndoles el juego y regocijándose con ellos, tanto en su relieve pintoresco de época (con magna fotografía de Rodrigo Prieto y archinventiva edición exaltante de Thelma Schoonmaker), como en sus alcances épicos, simbólicos, poswellesianos, tóxicos, humorísticos e inmoralistas al final más que moralinos, pues de hecho se está haciendo un demencial elogio ambiguo a la decadencia capitalista salvaje en una fase actual cuyas únicas opciones y compensaciones existenciales pueden ser ya tan adictivas como la ambición desmedida, el ultrapromiscuo sexo duro exhibicionista incluso en la oficina y el consumo a toda hora de diversificadas drogas gruesas, en especial el descontinuado fármaco hindú Ludus más bien psicotizante.
 
 
El fraude viviente traza una espesa red de tentáculos y referencias voraces, empezando por la irresistible ascensión antibrechtiana hipercatártica del divo en do de pecho perpetuo DiCaprio reivindicando y prolongando alardes histriónico-hughesianos de El aviador (Scorsese 04), confundidos con carismáticos desplantes mitológicos de Gran Gatsby cual Infiltrado dentro de sí mismo en su exclusiva Isla Siniestra verbalmente arrasante (Scorsese 06/10), hasta esa contratación de cierta dominatrix para humillarlo con gozosa vela encendida en el trasero, o ese reptante truene mental inducido que precipitará el declive, y ensartando una bufonesca zarabanda de peleles de la riqueza instantánea, en rápidos perfiles minimonográficos que incluyen al patriarcal modelo de amoral discurso imparable Hanna (Matthew McConaughey), al apóstol obeso que lo deja todo para seguirte en tu evangelio sarcástico Donnie (Jonah Hill), al insobornable agente resentido social irlandés del FBI Denham (Kyle Chandler), o al puritano padre contador rebautizado Mad Max por anticipado fatalismo apocalíptico (Rob Reiner).
 
 
Y el fraude viviente ha trastocado los géneros estallados hollywoodenses para que la gozosa bio-pic imaginaria y la comedia financiera cínica se fundan en un híbrido agridulce de frenética andadura malvada, para culminar en un eterno retorno del redentor delicuente cuya esencia exitosa se apoyaba en crear falsas necesidades y confianzas ("Véndeme este lápiz").
 
II. LA COMPILACIÓN MULTIDIMENSIONAL. En Diario de Francia (Journal de France, Francia, 2012), primer filme subrogado del inmenso fotógrafo-documentalista y excorresponsal de guerra francés de 70 años Raymond Depardon (Urgencias 87, Delitos flagrantes 94, África ¿qué tal tu dolor? 96) tras uncirse a la iniciativa creadora de su esposa-productora de sólo 51 Claudine Nougaret (habiendo sido su sonidista por un cuarto de siglo), salen a la luz los apasionantes archivos fotográficos y cinematográficos que dormían el sueño de los justos en el sótano del polifacético y multidisciplinario artista visual, de nuevo compilados, removidos, reordenados, para rendir ardiente cuenta de audaces y riesgosos itinerarios mundiales o parisinos, vicisitudes bélicas, guerrilleras, militantes, viajeras, exotistas, ya documentadas o inéditas hasta ahora.
 
La compilación multidimensional rememora en instantáneas la inaudita diversidad de una aventura más que humana, al concatenar, a modo de grandes descubrimientos epifánicos, momentos tan irrepetibles como las baladronadas de los mercenarios contratados por petroleras francesas para aniquilar gobiernos democráticos en África Central, las regurgitaciones cínicas en voz alta de Giscard festinando su triunfo electoral sin tener que mover un dedo, el desesperado llamamiento internacional de la arqueóloga Claustre desde su secuestro en el Chad, el minuto de silencio de Mandela recién salido de su cárcel tras varias décadas, cielos de pureza in fraganti, entre muchas otras estampas visionarias más, en apariencia insignificantes como la deprimida glosolalia de una inmortalizada Marie-Thérèse segura de que nadie la pelará jamás, o la tozudez de un anónimo chofer con su licencia decomisada por una jueza incomprensiva, porque la única preocupación real y vigente a perpetuidad del insuperable Depardon era captar con suave rabia el enfrentamiento de los individuos contra el sistema opresor, social o jurídico o fílmico, con sus variantes asfixiadas y sus sordas consecuencias sólo momentáneamente estalladas, y así conjuradas, indoblegablemente antirrepresivas.
 
La compilación multidimensional sigue en tiempo presente al realizador cual monólogo viviente en off ("Estoy en órbita"), tomando supuestas vacaciones solitarias como simple fotógrafo a la antigüita, con cámara de fuelle y trípode en intemporal homenaje al Vertov de El hombre de la cámara (29), obsesionado con registrar tabaquerías de aldeas perdidas por toda la Francia profunda, sus recuperados lugares de infancia.
 
 
Y la compilación multidimensional se afirma con discreta insolencia y ostentación como cronología comentada de trabajos del 1962 al 2007, personalísima antología/autoantojolía intempestiva de las obras del marido cineasta, vehemente introducción casi didáctica a su obra, probadita para despertar apetitos, vademécum con uso indicado y estético-política vía de administración en color y humilde blanco/negro con fondo musical a cuentagotas (donde se codean Grazyna Bacewicz y Valentín Silvestrov con Mireille Mathieu y Extraño en el paraíso en nacoversión aguada), florilegio alternativamente bitácora filmobiográfica o sensitiva semblanza desafiante carcelaria, envoltorio prestigioso para ponderar y atisbar in vitro el surgimiento de un romance tan fulminante cuán perdurable (que tácitamente dice: miren cómo desde los 28 traía babeando a mi ex jefazo Raymond), indagación planetaria a lo Sin sol de Marker (82), en suma una suma película-summa, algo equivalente aunque menos egocéntrica a Las playas de Agnès (Varda 08) o al filme-despedida cancerosa Las últimas vacaciones del holandés errante Van der Keuken (00), con final unanimista y mirando a cuadro, aún con capacidad de asombro.