Opinión

Satisfacción con
el estancamiento

Poco antes de la fiebre mundialista, EL FINANCIERO animó a un debate sobre nuestra penosa situación económica. Desde mediados de 2012 la actividad se deteriora; en mayo rayamos la recesión. Luego, llegaron los partidos, los penales y aquella discusión urgente volvió a caer en su modorra cotidianidad, tanto que el anuncio del FMI y su enésima corrección del PIB a la baja, fue recibida con algo parecido a un bostezo.

Tal conformismo tiene raíces fuertes, por supuesto. Según Reinhart y Rogoff, entre 1980 y 2010, América Latina vivió 45 crisis, al menos dos protagonizadas por México (1982 y 1994-95) y de repercusiones mundiales. Esto quiere decir que el estancamiento o el bajísimo crecimiento son fenómenos muy bien conocidos, diríamos asimilados y metabolizados por el subcontinente.

Por eso impresiona leer la prensa europea: su tono de angustia y los subrayados de emergencia con los que han informado de la crisis y su secuela. Algunos cobran conciencia del freno abrupto en el ritmo de su prosperidad. Otros se horrorizan por la inusitada masividad de los despidos. Algunos advierten que la sobrevivencia del Estado de bienestar está en peligro y otros profetizan la desintegración del proyecto europeo, ese modelo de crecimiento, progreso social y democracia que es el timbre de orgullo de la civilización.

Es un tono que está en boca de Renzi, de Hollande, de los partidos en Irlanda o de los sindicatos portugueses: puede desplomarse un nivel de vida que afanosamente se construyó, después de la segunda guerra mundial para dar paso a una era gris de austeridad y plomo.

Miro con envidia esa agitación, ese sentido de la urgencia, por su calidad intelectual, o por sus acuerdos concretos (como la llegada del salario mínimo a Alemania). Pero sobre todo mi envidia proviene de su conciencia, de su temor fundado a quedar estacionados en un mar de los sargazos económico, perdiendo una tras otra, sus conquistas sociales y su bienestar.

Supongo que ese tipo de debate angustiado y perentorio ocurre cuando has alcanzado un nivel de civilización y de repente, una crisis inmensa, anuncia que ha venido a arrebatártelo.

No es nuestro caso. Tengo la impresión de que hace rato nos acostumbramos al estancamiento, a ese tipo de vida astrosa y conformista que se contenta con evitar la siguiente crisis (a menudo ni siquiera lo logra, como en 2009). Esta penosa condición política y mental se profundizó durante los gobiernos de la alternancia pero no empezó con ellos, sino que viene de décadas atrás. Desde entonces, el ritmo de crecimiento del ingreso en México perdió velocidad: hoy la riqueza per cápita crece a una cuarta parte de lo que crecía en las décadas anteriores y por eso, el PIB por habitante ha aumentado en promedio 0.6 por ciento cada año, de 1980 a 2012.

Y tan campantes. Aquí es imposible ver en el gobierno, en los formadores de opinión, en Hacienda, el Banco de México, en las élites empresariales, incluso entre la izquierda, un diagnóstico cargado de la urgencia y la premura que treinta años de parálisis merece. No sé si pueda hablarse ya de “una cultura del estancamiento” pero es claro que no existe un debate público a la altura del problema.

Y sin embargo, es probable que en los siguientes años, Estados Unidos no logre recuperar su crecimiento y por tanto no alcance a remolcar nuestra economía; en algún punto de las siguientes dos décadas escaseará nuestro petróleo, y a la mitad de los años 20 de este siglo, seremos ya una sociedad de adultos con decenas de millones de viejos pobres, para mantener y sin pensión. Esa menesterosa sociedad futura será producida por el estancamiento presente, admitido y santificado en nombre de la “estabilidad”.

Ojalá este embotamiento intelectual y político no cuaje en Europa como lo ha hecho entre nosotros, los resignados mexicanos, que luego de una generación, parecemos tan cómodos y a gusto con nuestro propio estancamiento.

* El autor es presidente del Instituto de Estudios para la Transición Democrática.

Correo: economia@elfinanciero.com.mx