Opinión

Sangre y gloria

  
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(Especial)

El toreo es la expresión artística más viva y real que existe. En cada acto —léase faena— la creación se lleva a cabo segundo a segundo, la posibilidad de tragedia está latente en cada pase, el poder del toro es inmenso y la certeza de sus pitones es mortal.

Ante esto el torero se olvida del cuerpo, lo ofrece y coloca en el sitio donde el toro tiene la opción de seguir el engaño —representado en tela por capote o muleta— o embestir al cuerpo del matador dispuesto a sacrificar incluso su vida en la búsqueda incesante de la creación artística y comunicación emocional con el público.

Los toros dan cornadas, pero también dan gloria y dinero. No existe una sin la otra. Por segundo domingo consecutivo el ruedo de la Plaza México ha sido regado por sangre torera. El domingo 19, un toro de Piedras Negras hirió al torero zacatecano Antonio Romero, quien sufrió una grave y extensa cornada que puso en peligro su vida, de la cual gracias a Dios se está recuperando.

Anteayer, domingo, el hidrocálido Gerardo Adame pagó con sangre ante un toro de Marco Garfias que le pegó tres cornadas en las piernas: una de 40 centímetros, otra de 35 y una más de 25, gracias a Dios sin afectar venas o arterias importantes. Así es el abrirse camino en esta dura y maravillosa profesión de torero.

Dicen los matadores que las cicatrices de las cornadas son trofeos que llevan durante toda su vida. El espejo les recuerda que su vocación es dura y peligrosa, que el animal que aman y veneran puede con un certero derrote terminar con sus vidas y sus sueños; pero cada cornada es también un aprendizaje, postrados en la cama, convalecientes, analizan y estudian las razones por las que fueron heridos, y de este análisis aprenden, de una manera dura y cruenta.

En cuanto vuelven de la anestesia, su primera pregunta es siempre: “¿Cuándo puedo volver a torear?”. El tiempo de recuperación está siempre fuera de lo que médicamente pareciera posible. El valor de los toreros está sostenido por una determinación férrea, el corazón y la vocación dominan al cuerpo y al miedo, llevándolo a extremos que otros seres humanos no alcanzamos a comprender pero que debemos valorar y admirar.

La determinación y capacidad de sacrificio de la gente del mundo del toro es uno de los valores que nuestra sociedad mejor podría adoptar, el tener un sueño, convertirlo en objetivo de vida y luchar por él de forma incansable, con honestidad, entrega y convicción. Si todos como mexicanos trabajáramos con estos valores, no habría ni muro ni obstáculo que nos venciera.

Además los toreros tienen un sinodal serio, de gran bondad, pero de cruda sentencia. El toro pone a todos en su sitio. No cualquier torero nace con las virtudes y cualidades suficientes para ser figura, uno de cada 100 mil lo logra; sin embargo, el mundo del toro tiene cabida para todos, y el talento fundamental para ser alguien dentro de este mágico mundo es saber y ser consciente del lugar que el toro permite a cada uno ocupar.

El toro tiene en cada pitón un cortijo, el misterio está en saber arrancárselo; también tiene muerte, dolor, sinsabores y miles de dificultades donde la sangre es la moneda de cambio.

Por eso mi más sincera admiración a todos los toreros del mundo, desde la máxima figura hasta el más humilde de los novilleros. Para todos ustedes mis respetos.

Hoy yacen heridos en México dos héroes: Antonio Romero y Gerardo Adame, quienes han pagado con sangre vivir el sueño de su vida. El camino es largo, cualidades y aptitudes tienen, valor lo han probado tarde a tarde. Pronta recuperación, ya está hoy en el campo el toro que tiene en sus pitones un cortijo, les deseo que se encuentren con él muy pronto.

Twitter: @rafaelcue

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