Lo extraordinario de lo ordinario
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Lo extraordinario de lo ordinario

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Lo extraordinario de lo ordinario

03/12/2018
Actualización 03/12/2018 - 10:54

La presidencia de Andrés Manuel López Obrador ha comenzado en una forma telúrica. Si cambio es ruptura, con cosas ordinarias el nuevo mandatario ha logrado un mensaje atronador.

El presidente es pueblo, ése es el símbolo instalado este sábado en el altiplano. Unos verán en esa frase sólo al fantasma del populista, pero antes de entrar en los tremores del populismo de AMLO, vale la pena reparar en que estamos ante toda una revolución sobre la forma en que se ha ejercido el poder en México.

En términos generales, los políticos de nuestro país se dejan tocar de tres maneras: en campaña y sólo en campaña, por otros poderosos (incluye algunos empresarios) y por la camarilla que les ha acompañado de tiempo atrás. Para los demás, se vuelven inalcanzables.

Como nadie, Enrique Peña Nieto se apretujaba con el pueblo en la campaña electoral. Pero cuando apenas habían transcurrido unas horas de su triunfo en 2012, su equipo demandaba a la prensa que debía llamársele “presidente electo”. Nada importaba que la validación del proceso electoralmente estuviera lejos de la etapa en que los tribunales darían esa categoría al candidato triunfador. Y ya como presidente, el Estado Mayor Presidencial advertía, a quien estuviera como invitado a algún evento del mexiquense, que a éste no se le podía abrazar.

El presidente electo Andrés Manuel López Obrador se trasladó el sábado de su casa en el sur de la Ciudad de México al Palacio Legislativo de San Lázaro en el mismo vehículo sedán que la gente ya reconoce. La novedad de ese austero ritual no se desgasta en unos cuantos meses de transición.

Quien en unas horas más iba a tener sobre sí la representación popular de la nación, no varió un ápice su costumbre de parecer un ciudadano más: sus simpatizantes lo tuvieron a mano, unos dialogaron con él (los ciclistas) y hubo quien hasta le regaló flores.

No se necesita ser cincuentón para advertir el enorme contraste entre el AMLO de la antesala del pináculo y sus antecesores. En México, el poder de unos cuantos aplasta al resto –jóvenes y viejos– en múltiples momentos del día, desde la muralla que representa el dinero hasta los privilegios que obtiene rutinariamente la élite para evadir los atascos viales.

En cambio, el sábado la banda presidencial vivió algo inédito: jaloneos. El presidente no dispuso que se montara una valla humana al salir de la Cámara de Diputados. La euforia de los suyos y de los oportunistas de siempre, y el trajín de los fotógrafos, le hizo dar tumbos pero no perder su objetivo: incluso cuando ya había alcanzado su auto, antes que refugiarse en él optó por ir más allá para trepar a un bordo y desde ahí saludar a quienes lo veían tras unas rejas. A este presidente de la República le urgía volver al pueblo.

Y lo hizo inaugurando una época: el presidente no quedó encapsulado. De nuevo la gente pudo, más o menos, acercarse al Jetta y saludar a quien estaba estrenando el poder.

Lo de la tarde en el Zócalo, que incluyó arrodillarse frente a un hombre fuera de sí y un discurso larguísimo que él quiere pensar que es un diálogo, rubricó la teatralidad, con público convencido antes que acarreado, de lo que será el ejercicio del mando en los años por venir.

Los que no ven más allá de sus temores, son incapaces de reconocer la complejidad del momento, lo profundo además de popular, del respaldo de millones a AMLO. El proyecto de éste, sin duda, encierra graves peligrosos: una desinhibida captura de la agenda social para convertirla en motor de un neoclientelismo, el emprendimiento de ideas y programas económicos que contradice la modernidad, consentimiento de empresarios dóciles, y la abrasividad de un presidente que encima no tendrá inmediatamente contrapesos relevantes.

Pero este episodio inaugural aterriza en el centro de nuestra política un fenómeno inédito. Lo ordinario fue extraordinario. Un presidente interpelado y que interpela en el Congreso. Un mandatario que va a trabajar en su auto de siempre, un poderoso que se mueve a ras de suelo y que sobre todo no hace ascos a la hora de tocar a quienes durante 18 años lo apoyaron hasta finalmente encumbrarlo. No se va a refugiar en palacio, va a revitalizar la plaza.

Este magnético vínculo entre López Obrador y sus votantes, por supuesto, puede ser utilizado para las peores causas. Pero por lo pronto, qué refrescante desplante el que se ha permitido este presidente de la República, que ha vuelto extraordinario a tan ordinario gesto como es el de dejarse tocar.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.