El Pacto de la Alcachofa
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El Pacto de la Alcachofa

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El Pacto de la Alcachofa

07/11/2018
Actualización 07/11/2018 - 11:24

En verdad os digo que los aviones se repelen.

Bueno, a fuerza de ser sincero, no lo digo yo.

Pero la fuente que me permite dar fe de tan asombroso fenómeno, no es quien ustedes creen. Nop. Os digo que los aviones se repelen no porque tal cosa la hayamos escuchado de quien parece que será el ajonjolí de todos los próximos moles presidenciales.

Si os digo que los aviones se repelen es porque de tal milagro han dado fe por estos días algunos de los más grandes (en realidad ni tan grandes) y pesados (eso sí) empresarios de México. Aleluya.

En verdad os digo que el aeropuerto de Santa Lucía será un prodigio, porque aun sin existir en planos o cálculos ingenieriles, ya ha obrado milagros: los constructores que durante meses dijeron que esa localidad no era una opción para un nuevo aeropuerto civil para el Valle de México, una opción ya no digamos ideal, sino siquiera viable, hoy esos grandes capitalistas la ven óptima, chula y, ¡me canso ganso!, híperrealizable.

Que la prestigiada consultora aeroespacial MITRE diga misa, Santa Lucía será edificado no porque el empresario José María Riobóo nos haya iluminado sobre la “aeronáutica ley de la repelencia”, qué va; Santa Lucía va porque, echado por tierra Texcoco, no ha habido un solo empresario de los constructores del NAIM que con elemental juicio se sostenga frente a Andrés Manuel López Obrador y diga, en público y clarito: No, señor no-presidente, no acepto que se pueda cambiar fuera de la ley un contrato y sigo revisando mis opciones legales para oponerme a su decisión; no acepto que también fuera de la ley se quieran catafixiar contratos entre Texcoco y Santa Lucía, y no acepto que esta última sea una opción correcta para una nueva terminal aérea pues, para empezar, señor no-presidente, le comento que, contrario a lo que dice su empresario favorito, los aviones no se repelen.

Y esto va no sólo por los empresarios directamente involucrados en la construcción del NAIM, por esos que se quedaron colgados de la torre de control. El silencio de los empresarios es casi unánime y atronador.

En cosa de una semana, la iniciativa privada pasó de posar para la prensa en rechazo a la decisión de AMLO, y de hablar de riesgos para la democracia por una consulta alegal, a entrar en la lógica del tamarindo: Si el lunes de la semana pasada, tras anunciar AMLO la cancelación de Texcoco, el Consejo Coordinador Empresarial salió a descalificar la consulta de Morena sobre el NAIM al advertir que “no se puede construir la democracia, sin respeto a la ley”, ahora lo que priva es la sumisión de quien expresa en voz bajita: “jefe, cómo nos arreglamos”.

Los empresarios, a través del CCE, dijeron hace ocho días que “la cancelación del NAIM tendrá implicaciones jurídicas y financieras con acreedores y contratistas, pero especialmente riesgos reputacionales en perjuicio de México y de futuros proyectos que requieren inversión nacional e internacional, como el Tren Maya. Perdemos, además, una oportunidad clara de detonar el desarrollo y la competitividad de México, generar más empleos y darle impulso a una de las zonas con más carencias del Estado de México”. Bonitas palabras que ahora, por obra y gracia de quién sabe qué espíritu capitalista, los empresarios parecen haber olvidado, y hoy dejan que sólo Andrés Manuel hable por ellos de lo hablado el lunes en el restaurante Corazón de Alcachofa, de Polanco.

No que iban a defender a la democracia, mis ricachones; no que quieren que se preserve el Estado de derecho; no que les daba ñáñaras que volvieran los tiempos del “sí, señor presidente”. Qué se me hace que están reagusto negociando que les paguen lo bailado y con la promesa de que los lleven de nuevo a bailar. ¿Qué México y su reputación van de por medio? Nada nada, venga mi lana y luego no hablamos.

Porque si Peña tuvo el Pacto por México, López Obrador ya tiene el Pacto de la Alcachofa: los invité a comer y salieron bien contentitos, o al menos bien calladitos.

En verdad os digo que estamos ante la llegada de una nueva era, una donde el gobierno podrá convertir no el agua en vino, sino la ley en un burdo trueque que ocurre delante de todos y en tiempo real.

Y los empresarios, de lo más satisfechos. ¿Pues qué comieron en la Alcachofa? ¿Y de cuánto nos va a salir a los demás la cuenta de su particular provecho?

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.