Opinión

Saldo, parcial, de una grave crisis

Un día de noviembre, a punto de cumplirse dos años de la presidencia de Enrique Peña Nieto, se puede hacer este balance sobre la situación política luego de la tragedia de Ayotzinapa.

Tenemos:

Un procurador general de la República en entredicho por lo que no hizo en 2013 cuando René Bejarano acusó al exalcalde José Luis Abarca de estar involucrado en el asesinato de Arturo Hernández Cardona y dos de sus compañeros, en Iguala.

Un secretario de Gobernación cuya estrategia de seguridad presumía una baja de las estadísticas criminales que, ha quedado demostrado, no reflejaba una mejora sustancial en la seguridad, ni siquiera en lugares donde la Federación tiene el control.

Una Oficina de la Presidencia que ha perdido su fama de efectiva. Cada declaración del mandatario en el tema de Ayotzinapa ha sido contraproducente. La “aclaración” del vocero sobre la Casa Blanca de EPN sólo generó más suspicacias. Y de remate hay descontrol de tuits y declaraciones en el entorno presidencial: el maquillista rumbo a China, la señorita Sofía Castro...

La imagen internacional del mexican moment convertida en las cenizas del México de siempre, el que no hizo la tarea, el que se dedicó a prometer una jauja económica que, ahora es patente, en el mejor de los casos y como en los paraísos bananeros, ocurrirá en medio de condiciones de marginación y pobreza de los nacionales.

La pérdida de imagen de eficacia (Luis Rubio dixit) de un gabinete en un entorno de precios del petróleo a la baja, deuda al alza y un crecimiento mediocre.

Un Congreso convertido en un gran negocio de colocaciones de chambas y contratos -moche por medio- y un Poder Judicial que arropado en las leyes se aísla de la realidad. Unas instituciones armadas hartas de ser cuestionadas.

Más allá del frente gubernamental en estas horas hay que descontar también la pulverización de lo que quedaba de la imagen del Partido de la Revolución Democrática, colapsado junto con Ángel Aguirre y al vuelo de ataques públicos entre sus más prominentes barones.

En la otra acera aparece un Partido Acción Nacional achicado, que dice querer un nuevo sistema de combate a la corrupción, pero permanece mudo ante el obvio conflicto de interés en torno a la casa donde ha vivido la familia del presidente, que pertenece a contratistas de su anterior administración.

Una clase empresarial que comienza a expresar hartazgo sobre las protestas que afectan ventas y turismo, sin dimensionar que si no se corrige de fondo lo que nos llevó al infierno de Cocula, lo de menos será que de nuevo haya demoras y cancelaciones en el aeropuerto y los hoteles de Acapulco.

Una CNDH en el hoyo; un IFAI con todo por probar; un IFT que no entusiasma a nadie; un INE que no convence a todos; gobernadores a sus anchas, que resultan muy anchas; estados–polvorín como Guerrero, Oaxaca, Michoacán, Morelos, Tamaulipas, Veracruz, Chihuahua, Jalisco, Tabasco…

La inexistencia de un liderazgo en la capital que pueda aportar alguna idea, diseñar alguna llave para desatorar la crisis. La desarticulación de otros líderes sociales.

En contraste, siguen siendo ejemplares los estudiantes del Politécnico. Y otros muchos miles de tantos planteles educativos del país que se han solidarizado con las víctimas de Ayotzinapa. Y, claro está, millones y millones de mexicanos (formales e informales) que cada día salen a trabajar de manera honrada.

Al cerrar el primer tercio del sexenio, el presidente no puede seguir con el esquema original. A saber si él y los suyos ya lo entendieron.

Por cuestiones personales esta columna reaparecerá hasta el miércoles 19 de noviembre.

Twitter: @SalCamarena