Opinión

Salarios mínimos y pobreza

En forma recurrente sale a la mesa el tema de los salarios mínimos, en especial en épocas en las que la demanda agregada está deprimida debido a la debilidad del consumo privado y en especial en lugares como México, en donde se dice que se requiere aumentar el salario mínimo en mucho para que recupere su capacidad para adquirir al menos una canasta básica. Esto suena muy bien y por lo general tiene una gran cantidad de adeptos dentro de la clase política y con algunos que piensan que manipulando precios el gobierno puede solucionar una gran cantidad de problemas. Conviene aclarar aquí que con esta práctica de manipulación de precios, por lo general el gobierno empeora los problemas y puede dar origen a problemas nuevos. Basta observar las tendencias migratorias recientes, para corroborar que la gente huye de los lugares de bajos salarios a los de altos salarios y no solamente se dirige a sitios más allá de la frontera, sino a todo aquel lugar en donde haya empleo y pueda percibir un salario mejor al que tiene en la actualidad. Lugares como Cancún, o las ciudades fronterizas y, más recientemente, las ciudades con una extensa plataforma exportadora son receptoras de flujos migratorios netos.

Lo mismo sucede con la migración campo-ciudad, en donde basta mirar con atención las condiciones que privan en las zonas rurales marginadas para darse cuenta que esto aplica. En dichas zonas ya casi no hay hombres para trabajar, ya que todo aquel en edad de trabajar ya emigró, o a la ciudad, o a los Estados Unidos, o a zonas agrícolas productivas en donde simplemente puede percibir un salario mayor.

Al elevar artificialmente el salario, sucede que va a haber mucha mano de obra que esté dispuesta a trabajar por ese salario; el problema es que no hay manera de garantizar que todos los empleadores remuneren a sus trabajadores a ese salario y normalmente se da el caso que los trabajadores que no se contratan a ese salario mayor están dispuestos a trabajar a uno menor. De no ser esto cierto, veríamos a un grupo de trabajadores percibiendo un salario mínimo elevado y a un grupo, quizá considerable, de trabajadores desempleados. En tanto no se encuentre la forma de hacer que la productividad de la mano de obra aumente, o bien que se genere una gran demanda por trabajo, derivada de un flujo considerable y sostenido de inversión nacional y extranjera, lo más conveniente, si no se quiere generar mayor malestar del que debe privar en la actualidad, es dejar las cosas como están.

En Suiza se acaba e votar en contra de la idea de elevar el salario mínimo una barbaridad; este lugar es el número uno en competitividad, según el WEF, lo que significa que debe ser la número uno en productividad y por lo tanto la tasa de retorno de las inversiones en esta economía debe ser de las más elevadas y por lo tanto, su capacidad de generación de empleo debe ser amplia. Nada más imaginamos lo que tenían en mente quienes votaron en contra: era la forma de oponerse a atraer un gran flujo migratorio, que complicaría la vida en todos los órdenes. Los salarios mínimos, por lo tanto, no resuelven el problema del empleo ni el de los bajos ingresos y por lo tanto no son útiles para remediar la pobreza.

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