Opinión

Russell y Stillman: auxiliando


I. LA PULSIÓN BIPOLAR. En Los juegos del destino (Silver Linings Playbook, EU, 2012), inspirado sexto filme del controversial autor completo neoyorquino de 54 años David O. Russell (Tres reyes 99, El peleador 10), con guión suyo basado en una novela de Matthew Quick, el violento treintón ex profesor de prepa diagnosticado con desorden bipolar pero negándose a tomar sus medicamentos Pat (Bradley Cooper) sale del sanatorio obsedido por recuperar a una esposa legalmente invisible, por lo que acepta alojarse de nuevo en el hogar paterno con su madre fanática de los domingos familiares Dolores (Jacki Weaver) y con su rechazante progenitor homónimo fanático de las apuestas futboleras (Robert De Niro)...
 
... pero cierto día el tipo apenas equilibrado conoce a la perturbada viuda ninfómana también especialista en el consumo/rechazo de fármacos antipsicóticos Tiffany (Jennifer Lawrence cual fiera indomable), con quien establece una extraña relación de interdependencia afectiva plena de choques temperamentales que, sin embargo, se planteará como tarea reconstituyente la participación en concurso de baile para el que ninguno de ellos está capacitado pero que acabará involucrando en su ejecución absurda hasta los ahorros completos del padre.
 
La pulsión bipolar logra hacer patente, inminente y evidente a cada instante que lo mental es, ante todo, en términos cinematográficos, un asunto conductual y corporal al acogerse y consumar con genuino virtuosismo un relato tan realista como genérico y artificial eminentemente físico que no ceja en convocar el eficacísimo estilo nervioso de Elia Kazan (Esplendor en la hierba 61), corregido y aumentado por Arthur Penn (La jauría humana 66) y John Cassavetes (Neurosis de mujer 75), porque en cada secuencia van a coexistir un régimen de actuación vivencial al máximo con la insistente cámara en mano jamás desequilibrada del fotógrafo Masanobu Takayanagi perfectamente valorado por la supercompacta e hiperlúcida edición de Jay Cassidy y Crispin Struthers para hacer de cada personaje un impulso en acto, una fuerza siempre a punto de explotar en grande pero haciéndolo sólo a través de incontenibles miniestallidos en serie.
 
 
La pulsión bipolar socava la comedia romántica sofisticada desde su interior, convirtiendo a la trepidante pareja inolvidable Lawrence-Cooper en una especie de Hepburn-Tracy o Lorenzo y Pepita después del electrochoque, destinados a jugar al encontronazo perpetuo en sus desfiguros restauranteros y dancísticos, aunque permitiendo otras grandes escenas como el escape del amigo afromaniaco Danny (Chris Tucker) o sus lecciones de danza erótica negra.
 
Y la pulsión bipolar sublima en sí la perturbación de toda una sociedad a través de la fiebre de lo positivo y la manía de querer hallar el lado bueno y luminoso de la vida leyendo extralógicos signos reveladores y vitales o descaradamente mágicos por todas partes; un ebrio neoglamour de la perturbación como el de esos padres considerados normales que tardíamente intentan comunicarse auxiliadoramente con sus hijos ya adultos, aunque sólo consigan arrastrarlos y meterlos en sus delirios, que son los de una sociedad decadente al rescate de los más rancios, entrañables y preclaros valores familiares, que encuadran el sentido de la película misma para suprimir sus contradicciones sin resolverlas.
 
II. EL COMBATE ANTIDESTRUCTIVO. En Chicas en conflicto (Damsels in Distress, EU, 2011), inclasificable cuarto filme del autor total independiente de morigerado culto ya semirretirado a los 59 años Whit Stillman (Metropólitan 90, Los últimos días de la música disco 98), la carismática lideresa universitaria de origen enigmático Violet (Greta Gerwig cual incallable güereja caballona) ha deliberadamente renunciado a competir por ser la más cool del mundo y, secundada por sus incondicionales clones compañeras de cuarto Heather (Garry McLemore) y Rose (Megalyn Echikunwoke), ha fundado un centro de prevención contra la plaga de suicidios que asola el campus, con inmediata terapia personal para candidatos a la autodestrucción, bailables de claqué sólo para depresivos clínicos, declaración de guerra al diario estudiantil de sensacionalista enlace intestino El Quejumbroso y reparto de donas gratis para cualquier demandante de auxilio, pero un buen día acogen en su grupúsculo a la liberal Lily (Analeigh Tipton), que sacude dulcemente los valores de todas al ligar hasta con el machín envíatragos de religión cátara para nunca hacer el amor de frente Charlie/Fred (Adam Brody), y rescatan a la guapa en crisis de ruptura amorosa Priss (Caitlin FitzGerald) que le da baje a la mismísima Violet con su galán infantiloide de premeditado bajo perfil Frank (Ryan Metcalf), lo que la pone en picada y en fuga clandestina hacia un motel donde descubrirá por ventura la aromaterapia en un jabón para recobrar fuerzas morales, para su cruzada y para reatrapar al ex novio ya abandonado.
 
El combate antidestructivo esgrime para su película sobre Damiselas en Desconsuelo un título-homenaje a la legendaria comedia musical de los treinta A Damsel in Distress / El bailarín enamorado del estilista innovador George Stevens (37) y, con el mismo luminoso cálculo posmoderno, hace que el maestro de danza moderna se enorgullezca de ser conocido como Freak Astaire, pero además adopta una estructura segmentaria que se preanuncia mediante sobrios créditos capitulares-temáticos-ultraliterarios escritos en pantalla con fondo negro a lo Woody Alien ('El álgebra del amor' o 'Xavier con Z' o 'Los Idus de Marzo') para desarrollarse en forma libérrima y voraz, modificando al antojo las reglas del juego de los personajes, al gusto de otras cerebrales fantasías cómicas.
 
El combate antidestructivo acomete tanto una fúlgida sátira a la militancia edificante como una renovación de la comedia inteligente en femenino aunque con estudiantes estúpidos estilo Colegio de animales (Landis 78) o Rushmore (Wes Anderson 98), consumando su prodigio neogenérico estallado por medio de diálogos brillantes con extrema pedantería ingenua, posturas límite que se ignoran y un avasallante sentido del humor tónico sin dejo alguno de ironía despectiva o amargura, ni siquiera al aceptar el fracaso de un nuevo ritmo bailable (un sambola a nivel del vals, el charleston o el twist) que sería la más grande aportación posible a la Humanidad.
 
Y el combate antidestructivo aborda así, con ligereza no exenta de profundidad, un asunto tan delicado como las pavorosas tendencias suicidas de los estudiantes universitarios estadounidenses (y de muchos otros países hasta del segundo o del tercer inmundos) hoy aquejados, sacudidos y paralizados por la desmotivación, el stress, la ignorancia selectiva, la depresión irrecuperable y la melancólica ausencia de todo deseo, de manera extensa y casi unánime, pero culminando en una implícita opereta a lo Lubitsch, con coreografías entre fuentes majestuosas que cantaría Handel y una sonriente elegancia a toda prueba.