Opinión

Russell y Gondry: sofocando


 
I. LA BURLA ESTAFADORA. En Escándalo americano (American Hustle, EU, 2013), bombástico opus 7 del neoyorquino de 55 años David O. Russell (El peleador 10, Los juegos del destino 12), con guión suyo y de Eric Warren Singer, el rastacuero tranza judío-americano ya panzón de bisoñé grotesco Irving (Christian Bale) y la descotadaza flaquita excolaboradora de Cosmopólitan vuelta arribista desalmada experta en fingirse lady inglesa Sydney (Amy Adams archiseductora) se conocen por azar, se hacen amantes e integran una pareja de estafadores pronto desenmascarada por el narciso de ruleros agente del FBI Richie (Bradley Cooper), quien se ha enamorado perdidamente de Sydney y decide usarlos para montar una trama de simulaciones costosísimas, apenas tolerada a regañadientes por el jefe policial Stoddard (Louis C. K.), aunque respaldada con entusiasmo por sus superiores; tendiente a atrapar políticos corruptos y cuya primera víctima será Carmine Polito (Jeremy Renner), el bien intencionado alcalde de Nueva Jersey deseoso de reestructurar Atlantic City más allá de legalizar sus casinos y que cree en la amistad in vitro traicionada de un Irving cuya carismática vulgarzona esposa verdadera Rosalyn (Jennifer Lawrence) servirá para seducir fatalmente al regidor, ligarse al guardaespaldas (Jack Huston) de un peligrosísimo mafioso infiltrado en la transa (Robert De Niro), denunciar los planes de su marido y acelerar el fracaso de la engañifa, con imprevisibles consecuencias nefastamente venturosas para todos.
 
 
La burla estafadora huele simultáneamente a fragancia y a peste, como el esmalte perfumado que ostenta en sus uñas ultrasofisticadas esa Rosalyn repelente y fascinante a la vez, tanto como la intrincada comedia-thriller verbosa a rabiar que se asesta y el desencanto vital que refleja, al preparar una eufórica e innovadora pócima satírica a base de la fallida entrega de un maletín repleto de billetes que sirve como detonador, depósitos simulados/auténticos de 2 o 10 millones de dólares, avión particular para un jeque árabe encarnado por un policía mexicano, suite en el Hotel Plaza de NY, capo feroz que sí sabe árabe, monólogos interiores que rebotan en las conciencias de los personajes, superritmo formidable, y suplantaciones sobre imposturas y escamoteos a granel.
 
 
La burla estafadora superpone una indesmontable trama sinuosa de estafas abstrusas (donde la verdad no resulta sospechosa sino la simulación misma) a una deliciosa trama sentimental-sexy de crueldad garantizada, con hipermanipuladora esposa negadora del divorcio (para seguir controlando al marido a través de un queridísimo hijito adoptado) que acabará besando a su rival, la perversa rechazante klossowskiana tan manipuladora genital de varones con doble vida oculta como la otra.
 
 
Y la burla estafadora sólo traza el irónico destino del niño que aprendió a sobrevivir cual máximo ideal en la tierra destrozando cristales a pedradas para beneficiar a papá vidriero, y que acabará montando irrisoriamente su propia cristalería legal y timadora a un tiempo.
 
 
II. LA LUJURIA IMAGINATIVA. En Amor índigo (L'écume des jours, Francia-Bélgica, 2013), superfantasioso opus 6 del supremo autor mundial de videoclips por fin abordando a los 50 años temas ficcionales tan profundamente franceses como él, Michel Gondry (Eterno resplandor de una mente sin recuerdos 04, Originalmente pirata 08), con guión suyo y de Luc Bossi, basado en la novela surrealista-existencialista antisartreana La espuma de los días, del polígrafo satírico Boris Vian, el ocioso inventor sin problemas económicos y fanático del jazz Colin (Romain Duris) se hace asesorar por su televisivo afrochef de cabecera Nicolas (Omar Sy), a quien adora la guapa fiestera Isis (Charlotte Lebon) y por su administrador financiero fanático sartreano/partreano Chick (Gad Elmaleh) que se ha ligado a la sobrina afrohembraza del anterior Alise (Aïssa Maïga), para ser presentado con la deslumbrante guapa meliflua Chloé (Audrey Tautou) y, pese a quemar por nerviosismo ante ella su mejor gag verbal (con Duke Ellington), logra sus favores, se citan en un impreciso sitio favorito de París, pasean juntos, se enamoran y acaban casándose, pero pronto la lujuria imaginativa que juntos habían conseguido desplegar en su relación mágica, se empaña por la enfermedad fatal de la bella, a quien le ha crecido un voraz lirio acuático en el pulmón, necesitando toneladas de arreglos florales para alimentarlo controladoramente, y por la ruina a la que, tras dilapidar su fortuna adquiriendo onerosos libros y objetos de su tiránico escritor predilecto, arroja Chick a su jefe, obligándolo a trabajar como obrero esclavizado, sin dinero para pagarle siquiera un funeral digno a su amada.
 
 
La lujuria imaginativa practica la mutación a la vista a niveles de frenesí y feérica orgía posMéliès, más allá de la congestión visual, donde todos los objetos, mascotas, preparacococteles musicales y manjares de la casa del héroe están vivos, porque están traduciendo los compulsivos juego de palabras y neologismos e innovaciones lingüísticas de Vian en bifurcaciones asociativas, en jubilatorias imágenes imposibles o deliciosamente anacronizantes, como el TVmaestro gourmet Gouffé auxiliando en abismo dentro de la estufa o el refrigerador, como la anguila inatrapable aun después de cocinada, como las frases discontinuas en las rodantes máquinas de escribir infinitas de Piso de soltero (Wilder 60), como las compulsivas referencias lúdico-eruditas (a La Maga de Cortázar, a un Chandler sucio), como el cuerpo desnudo del proletario sirviendo para proveer calor humano fabril, como el féretro lanzado por la ventana por falta de doblones/doublezoons, y como 10 mil etcéteras más.
 
 
La lujuria imaginativa recurre a la reconversión genérica y toral de manera intempestiva y desconcertante a media película, cual salto mortal, pasando de la sonrosada comedia romántica a la sórdida fábula hermética-emética, viajándose temerariamente, envenenando y pudriendo todo lo que había donosamente conquistado, yendo literalmente de los colores al blanco y negro, de la luminosidad a la grisura ominosa, de la riqueza desbordante a la quiebra inventiva, de la gracia a la fantasía acerba, del aliviane juvenil a la pesadez senil, de la efusión al empantanamiento, de la risueña burla antirreligiosa (la competencia en carrito de feria para ganar turno nupcial en la iglesia) a la soez blasfemia abierta (Jesús descolgándose como simio para estamparse sobre una cruz horadada en el ataúd), del vértigo distanciado de un neohollywoodismo posvideoclip sarcásticamente etéreo a un infravaguardismo tipo René Clair (del cortejo-montaña rusa de Entreacto 24, a su Intolerancia cómica Bellas de noche 52), o a lo Svankmajer o Hermanos Quay impotentes.
 
 
Y la lujuria imaginativa desemboca en la moraleja banal, porque la enfermedad, la ruina social y la muerte no aman al Amor Móndrigo, o así, ahí donde la desbocada y sofocante profusión fílmica se tornan escamoteo del sentido unitario.