Opinión

Ricardo Anaya podría capitalizar la debilidad del PRI

 
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PAN.

Este proceso electoral estadounidense ha dado una lección de humildad a quien se atrevió a pronosticar su resultado. El referéndum sobre Brexit fue otro caso en el que la voluntad popular nos sorprendió. Tratar de predecir cómo se desenvolverá la sucesión presidencial de México en 2018 puede ser un ejercicio audaz. La tentación es inevitable, ante la creciente debilidad de una presidencia peñista que se ha ido acorralando sola, por acciones u omisiones, propias o de administraciones previas.

El chantaje y la presión ejercida por un funesto liderazgo magisterial empoderado por un gobierno que amenaza en vano, consciente de que no cuenta con un aparato policial suficiente y capaz de liberar vías de comunicación con un uso profesional y medido de la fuerza, ahora amenaza a las cadenas de abasto de industrias muy relevantes. Eso, además del daño evidente a comerciantes grandes y pequeños, a la industria turística e incluso al ambiente de inversión privada.

Este ha sido un gobierno más consternado por cuidar su imagen, con la ayuda de poderosos aliados en los medios (o por omisión de otros temerosos de la posible punición gubernamental), que por armar soluciones de fondo. La manipulación reciente de las cifras de pobreza por parte del Inegi, por ejemplo, ha sido vergonzosa. En aras de mostrar 'mejores números', aunque sean un reflejo ilusorio de una realidad que no ha mejorado, han matado la credibilidad de una entidad que por décadas fue confiable.

Por encima de lo anterior, el presidente Peña y Videgaray, su principal asesor, perdieron credibilidad por conflictos de interés que pudieron atenderse en forma oportuna y contundente, pero que ahora les atan las manos para articular medidas serias que detengan una crisis de corrupción evidente y que colmó la paciencia de un electorado que se las va a cobrar en las urnas. Cada vez parece más probable que no estarán dispuestos a tomar el riesgo de irse contra Roberto Borge, y César y Javier Duarte, a sabiendas de que al menos parte de los recursos estatales hoy faltantes se utilizaron en la campaña electoral del propio presidente. El nuevo liderazgo del PRI hará como que hace, esperando que la ira popular se aplaque al paso del tiempo. No lo hará.

Lo anterior mata las aspiraciones de los tres caballos de Peña para la carrera presidencial: Videgaray, Osorio y Meade. Repito, esta administración se ha acorralado sola. Es una pena que después de haber empezado este sexenio con una estrategia legislativa efectiva que llevó a la aprobación de reformas estructurales de enorme calado e importancia histórica, su implementación ha sido ahogada por un manejo político torpe, arrogante y sin visión de largo plazo. Si agregamos la certeza de que el entorno económico global en 2018 será, en el mejor de los casos, de un poco más de estancamiento del que ahora presenciamos (pero, sabiendo que hay múltiples escenarios en los que podríamos ver un deterioro severo), la única posibilidad que tendría el PRI de mantenerse en Los Pinos sería una tormenta perfecta en la que la izquierda se mantenga dividida, el PAN sea debilitado por una candidatura independiente de Margarita Zavala, y haya uno o dos independientes adicionales que les permitan ganar con su voto duro y, preferentemente, con niveles altos de abstencionismo.

El ambiente y el entorno favorecen a López Obrador, aunque históricamente él mismo ha sido su peor enemigo. Pero, en mi opinión, es Ricardo Anaya quien se vuelve un candidato crecientemente posible.

Si juega sus cartas en forma inteligente, puede darle a su partido una nueva oportunidad de regresar a la presidencia.

Anaya tiene que construir hoy una plataforma que aprenda de los errores de Fox y de Calderón. Ha tenido la inteligencia para mantenerse al margen de fundamentalismos ideológicos que tanto les costaron históricamente, su pragmatismo lo fortalece. Pero tiene que convocar ya a tecnócratas mexicanos inteligentes y talentosos que no son parte de la administración peñista, y que tienen mucho que ofrecer.

Se dice que en una campaña electoral no se debe ofrecer una plataforma concreta. Se vende un sueño. En México hoy, lo opuesto aplica. Hay que decir qué y cómo se va a enfrentar a los problemas serios que nos aquejan con medidas concretas y posibles: corrupción, educación, construcción del Estado de derecho, dejaron de ser conceptos aspiracionales para convertirse en elementos apremiantes.

Es imprescindible pensar out of the box, en soluciones tan realistas, como ambiciosas, contundentes e imaginativas. Hay las neuronas para articularlas, pero éstas no están en el PAN, ni en ningún otro partido. Es interesante analizar el esfuerzo que hizo el gobierno de Macri para traer sangre nueva a su administración, buscando proactivamente a argentinos talentosos que estaban en la academia, en empresas privadas, en think tanks, etcétera. El presidente los convocó y ellos acudieron.

2018 está a la vuelta de la esquina.

Twitter: @jorgesuarezv

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