Opinión

Réquiem de Visto desde Nueva York

 
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Réquiem de Visto desde Nueva York.

Después de cuatro años en este espacio, ésta es mi última columna en EL FINANERO. El diario al que llegué nada tiene que ver con el diario del cual parto. EL FINANCIERO pasó de ser una publicación especializada que leían banqueros y casabolseros, a un periódico influyente donde colaboran muchas de las firmas más lúcidas.

El momento me hace reflexionar sobre qué ha cambiado en cuatro años. Releyendo lo antes escrito, veo una transición del 'Momento de México', a uno en el cual muchos se han dado por vencidos.

Analizando objetivamente, es justo reconocer que México tuvo importantes avances, pero también preocupantes retrocesos. Dígase lo que se diga, algunas de las reformas estructurales logradas por esta administración podrían cambiar la trayectoria económica del país. La reforma energética le quitó a la economía mexicana un lastre histórico absurdo que impedía inversión privada y restaba competitividad. Sin embargo, la forma en que se vendió el mérito de la reforma fue equivocada. No, no se trataba de liberalizar un mercado para garantizar que inmediatamente se pagarían menores precios por la energía, aun cuando a la larga es probable que ocurra. Se hacía para devolver racionalidad económica y permitir que fuesen entidades privadas las que hicieran una inversión colosal en una infraestructura a todas luces obsoleta, y que el Estado no tiene con qué, ni por qué hacer, al enfrentar necesidades más apremiantes.

La reforma en telecomunicaciones, la red compartida y otros temas relacionados, podrían proveer excelentes oportunidades de inversión y empleo, y beneficio a los consumidores. Su implementación será importante. La reforma educativa ha sido un desastre. Mientras la educación en el mundo ha evolucionado a un ritmo vertiginoso que se acelerará por la revolución tecnológica, en México seguimos en la edad de piedra con escuelas tanto públicas como privadas mediocres y estancadas, que no sueñan con competir con las de países desarrollados, padeciendo el lastre de sindicatos criminales y obtusos que obstaculizarán cualquier cambio, y con políticos que prefieren una relación clientelar, a sabiendas de que matan el futuro de nuestros niños.

Mientras tanto, las élites brillan por su ausencia. La crisis educativa no les pega pues pueden acceder a educación privada en México o en el extranjero; la creciente inseguridad no les quita el sueño, pues tienen acceso a desarrollos residenciales protegidos, o incluso a vehículos blindados y escoltas privadas; toleran corrupción e impunidad, mientras nada afecte un statu quo que saben navegar y les ha beneficiado. En muchos casos, tienen familia que ha migrado a Estados Unidos, Canadá o España, y ven a estos países como refugio de emergencia, si la situación en México empeorara.

El tema de la corrupción se ha vuelto dominante. Se entiende poco su esencia. La corrupción en México no es cultural, pero ciertamente sí estructural. Ha sido cómo el centro se relaciona con los estados, y éstos con sus ayuntamientos. Es cómo se pasan leyes. Todos los partidos, incluyendo Morena, han propiciado impunidad. En un país en el que no hemos tomado en serio la impartición de justicia; con ministerios públicos de cuarto mundo; policías mal pagadas, mal entrenadas y mal equipadas; y jueces que se venden al mejor postor, resulta irrisorio pensar que bastaría con que el próximo presidente no sea corrupto para que la corrupción se acabe.

A pesar de que ha sido esperanzador el surgimiento de periodismo de investigación más serio e independiente, y de organizaciones civiles que ponen el dedo en la llaga, sigue siendo común que, sin involucrarnos, simplemente observemos, critiquemos y señalemos. La sociedad civil mexicana tiene que entender que ese cambio no lo van a hacer quienes todos los días se benefician de la falta de transparencia. Si no se involucran en serio, mucho más allá de la condena en redes sociales, México será un país crecientemente atrasado, y la pobreza se volverá condición permanente.

Este sexenio terminó antes de acabar. Pero, tengamos claro qué requerimos del próximo presidente. Más allá del tema de corrupción, necesitamos desarrollar un plan serio para construir instituciones autónomas y con dientes, profesionalizando (e invirtiendo recursos importantes) en el sistema judicial a todos los niveles, fortaleciendo a las policías desde las comunidades hasta aparatos de inteligencia e investigación. Necesitamos formalizar de una vez por toda nuestra economía. No es el modelo económico lo que no funciona, el problema es que más de la mitad de nuestra actividad ocurre debajo de la mesa, lo cual garantiza ineficiencia, evita acceso a capacitación y crédito, imposibilita el ahorro, y fomenta inequidad.

México puede ser un país que crece y provee oportunidades. Las soluciones están mucho más al alcance de lo que parece. Pero no hay recetas mágicas. Requerimos de seriedad, honestidad, trabajo y tiempo. Pero, sobre todo, necesitamos creer que es posible.

Agradezco a Enrique Quintana, quien ha sido capaz de mantener su integridad en un medio tan conflictivo, por el privilegio de estar en estas páginas.

Twitter: @jorgesuarezv

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