Opinión

Renovarse o morir

 
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Toros.

Me considero muy aficionado a los toros, no solamente del espectáculo que se monta los domingos, sino de toda la filosofía que encierra la tauromaquia. Respeto profundamente a los toreros, a todos, desde el más humilde hasta la máxima figura; hombres que no sólo se juegan la vida frente al toro, sino que entregan su vida al toro, a vivir para el toro, a perseguir un sueño que es casi imposible a cambio de sentir y hacer sentir ante un toro.

Del toro admiro su belleza, la majestuosidad de su ser, la nobleza que encierra su bravura, su integridad y los valores de vida en el campo. Un toro nunca traiciona, pelea de frente, entrega su vida a su esencia brava, cuyo instinto le permite embestir, conteniendo como un grito ahogado todo su poder en el ritmo mágico del temple al seguir la muleta con el hocico rozando la arena. El toro administra su poder natural a favor del toreo, tiene esa maravillosa cualidad instintiva de templarse, de ser cómplice del arte que se genera cuando toro y torero se unen en la insuperable estética de un muletazo sublime, efímero, pero eterno; para muestra la extraordinaria fotografía de Daniel Luque con un toro de Villa Carmela el domingo pasado en la Plaza México, que gracias a Tauroagencia podemos disfrutar impresa en este diario. Eso es el toreo, el poder del toro en conjunto con la inteligencia del hombre, fundidos en embestidas de vida y de muerte. No hay vida sin muerte ni muerte sin vida.

Esto nos alimenta el alma a los aficionados. El toreo tendrá vida siempre y cuando estos elementos se mantengan vivos. Lo que me preocupa es el espectáculo, no su esencia.

El domingo en la Plaza México estuvimos más de tres horas para la lidia de siete toros. Pongo a La México como ejemplo, pero creo que todas las plazas de la República padecen lo mismo. Vivimos en una época de prisa e inmediatez, hemos perdido la cualidad de disfrutar el tiempo, la calma, el temple. Con esto no quiero decir que las corridas deben ser rápidas, lo que no pueden tener son tantos tiempos muertos. ¿Se imaginan que en un concierto entre canción y canción pasaran siete minutos de silencio?

El rito y las tradiciones deben mantenerse, algunas deberán modificarse y adaptarse a los tiempos, como sucedió con el peto a principios del siglo pasado.

Por poner un ejemplo, el domingo en La México cronometré hasta siete minutos entre toro y toro, son 35 minutos donde solamente los areneros le dan mantenimiento al ruedo. Obviamente si hay triunfo no hay prisa en que el torero dé la vuelta al ruedo, esos momentos son únicos, pero el transcurso del espectáculo debe hacerse más ágil. No voy a entrar en detalles del mantenimiento que le urge a la Plaza México, las escaleras son verdaderas trampas, las barreras de fierro dan vergüenza y el cemento del resto de las localidades es un atentado contra la anatomía; de los baños mejor no hablar, son un acto de discriminación a las mujeres.

Debemos renovarnos, seguimos defendiendo un espectáculo que en muchos rubros necesita modernizarse y agilizarse. Si queremos resultados distintos no debemos seguir haciendo lo mismo; todos tenemos una parte de responsabilidad hacia el cambio. El domingo se programó un cartel con tres estupendos toreros: Fermín Rivera, Daniel Luque y Sergio Flores, ante una corrida estupendamente presentada de Villa Carmela. Éramos 5 mil. ¿Qué pasa con los aficionados? ¿O ya sólo quedamos 5 mil? El tema es preocupante y creo que sin haber una gran causa sí hay múltiples razones que debemos atender.

Si bien una corrida de toros no necesariamente garantiza triunfos por la esencia misma de combinar elementos vivos e innumerables factores que deben coincidir, sí creo que debemos ofrecer las mínimas garantías al público, que es quien mantiene el espectáculo.

No dejemos de defender un arte único, poderoso y maravilloso. El entorno, la mercadotecnia y las comodidades de la vida moderna deben entrar en juego en las corridas de toros.

Twitter:@rafaelcue

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