Opinión

Relato de una obsesión

  
1
  

  

(Especial)

Quisiera, querido lector, empezar con una aclaración. Mantengo con Eduardo Rabasa, el autor del texto del que hablaré en esta ocasión, una grandísima amistad desde hace más de 20 años, y somos socios en una aventura editorial que inició en 2002. Si considera que eso me descalifica para hablar de su trabajo, interrumpa esta lectura. En caso contrario, continúe.

Fernando Retencio es un hombre como cualquier otro, uno de esos Pérez que trabajan para Soluciones, empresa de punta liderada por el señor Sonrisa. Él, sin embargo, no se visualiza así, sino como alguien superior, alguien que, a diferencia de los seres perezosos e incompetentes que lo rodean, podrá, por su astucia y sus capacidades personales, tener acceso a la Cinta Negra, estatus al que todos aspiran. Se ha preparado y ha hecho carrera para ello. Auxiliado por audio libros de coaching empresarial con los que sobrelleva el tráfico citadino, lo mismo que por las pastas suministradas por el Dr. Lao, médico de la empresa, o unos buenos tragos de whisky al terminar la jornada laboral, todo el tiempo mantiene su cabeza pensando en las mejores soluciones que pueda ofrecer a los problemas de sus clientes, por difíciles y enredados que éstos se presenten. Pues de las soluciones que encuentre dependerá su posición en la pizarra, colocada en las oficinas de manera que todos los trabajadores puedan ver en tiempo real el lugar que verdaderamente ocupa y merece su existencia.

En otras palabras, Retencio vive obsesionado con la Cinta Negra, una dignidad difusa y llena de misterio, que a pesar de no estar claro qué es ni en qué consiste, aparece como la meta final de todo aquel que trabaje a las órdenes de Sonrisa, quien, por cierto, está también envuelto en el secreto. Nunca aparece, pero siempre está, ve y oye. Es el vértice hacia el que todos tienden. El que estructura la jerarquía. La Cinta Negra es, pues, un estado mental. Como la ideología corporativa que impone la competencia descarnada entre los empleados —y que en las últimas décadas se ha extendido a la sociedad bajo lo que se conoce como neoliberalismo—, existe sólo en la mente de quien cree fervientemente en ella. Tiene, pues, un estatuto teológico similar al del juicio final para los cristianos, al de la sociedad sin clases de los socialistas, o al de la libertad de comercio para los liberales. De ahí que Retencio se empeñe tanto en alcanzarla, pues es el equivalente terrenal del acceso al cielo.

Todo esto conforma la trama de Cinta negra, la más reciente novela del mexicano Eduardo Rabasa, quien hace más de dos años debutara como escritor con La suma de los ceros. Si en su primer libro aborda el impacto de la ideología vigente en la sociedad, cuyo retrato en miniatura es una unidad habitacional llamada Villa Miserias, en el segundo se enfoca en los efectos de ésta en la mente y vida de las personas de carne y hueso. Cinta negra es el relato de una obsesión, la de Retencio, con el poder y el estatus, con la posibilidad de pisotear a los demás, de exterminarlos como gusanos. Una obsesión que crece junto con su alcoholismo, su drogadicción y su paranoia hasta rayar en la locura, como si la vida de Fernando fuese un arquetipo de la de todos aquellos sometidos a las mismas creencias. Es una inteligente, hilarante y refrescante sátira de la época en curso, cuya crítica va más allá de las ideas y prácticas empresariales —incluida la filantropía y su relación con el arte—, llegando a la propia literatura, convertida cada vez más en “preliteratura”, una práctica nueva en la que importa más la figura mediática del escritor —su imagen y lo que de él se diga en el ambiente, para bien o para mal—, que su propia escritura.

Un cáncer que por fortuna no amenaza la pluma de autores innovadores y arriesgados como Rabasa.

También te puede interesar:
​Sobre la literatura