Opinión

Reitman y Lerner-Pozdorovkin: desechando

I. LA REBATINGA AUTONÓMICA. En Decisión final (Draft Day, EU, 2014), tenso e inteligente filme 17 del superexitoso comediógrafo checoestadounidense de 68 años Ivan Reitman (Los cazafantasmas 1 y 2 84/89, Presidente por un día 93, Mi súper ex novia 06), con guión de Ravij Joseph y Scott Rothman, el apabullado cincuentón gerencial de pelelesca figura más blandengue que vulnerada Sonny Weaver Jr. (Kevin Costner bofo al límite) mantenía una cobarde relación clandestina con su imprescindible auxiliar de embarazo reciente Ali (Jennifer Garner angulosísima) y aún se dejaba manipular por su dominante madre vuelta ya también acérrima chismosa tuitera Barb (Ellen Burstyn más ferozmente pasiva activa que en Réquiem por un sueño), cuando por fin se halla en trance de dar el crucial salto autonómico de su vida, al asumirse por vez inaugural (¿augural?) como cabeza en jefe del equipo de los Cafés de Cleveland, un puesto heredado de su tiránico padre, exacto el día de la selección por draft-rebatinga a nivel nacional de jugadores de futbol americano NFL, y debe negociar engañosamente en grande con sus homólogos, sacrificando incluso sus turnos en años futuros, para ser el primero en escoger y lograr adquirir al ascendente quarterback estrella Bo Callahan (Josh Pence), que es el más cotizado y enigmático de los prospectos, sin realmente necesitarlo pues ya cuenta con el experto aunque relegado veterano en esa misma posición Brian (Tom Welling) y desechando otras consistentes opciones, como las de un soberbio corredor muy disputado aunque rijoso Ray (Arian Foster), o sobre todo del atrapador de excelencia si bien satanizado por afrofamiliarista cariñoso en exceso Vontae Mack (Chadwick Boseman), pero cierta irritante aunque venturosa videoinvestigación interna arrojará dudas sobre el codiciadísimo jugador propuesto, descubriéndolo como temeroso, de relumbrón y mendaz, por lo que el dubitativo gerente deberá desafiar titubeante los deseos del empecinado entrenador que actúa por caprichosa visceralidad amenazante Penn (Denis Leary) y atropellar las ambiciones explotadoras-expropiadoras de los esfuerzos ajenos del enérgico dueño del equipo Anthony (Frank Langella apabullante con su sola presencia posnixoniana), para tomar una final decisión sorprendente, al parecer contra toda lógica, y así seguir negociando, ahora inesperadamente con todo a su favor.

La rebatinga autonómica establece un inteligente contraste entre la omnipotencia capitalista y la erizada crisis múltiple del héroe tembeleque y acosado perfecto, el dangling man impotente y alienado de Saul Bellow de todos íntimamente tan temido, el gran solitario del draft neopalaciego, pero de golpe rabioso y astuto arrasador de laptops ajenas, pragmatismos, conatos de linchamiento moral, ambiciones, arribismos y abusos propios de la mentalidad gringa eterna, a quien le bastan unas cuantas llamadas telefónicas clave para atragantar al desayunador de panqueques, sacar provecho en cabildeos miserables o en la abierta especulación desalmada que cambia de propuesta sin piedad, enredar con estrategia ajedrecística, y una sola pregunta para desenmascarar al equipero simulador.

La rebatinga autonómica se propone reveladoramente como la monumental crónica épica de un Draft Day común y corriente (7 rondas, 32 equipos, 224 jugadores en subasta por vertiginoso orden decreciente de presunta calidad y solicitación) aunque inolvidable, esa autoexcitada feria-show concitadora de aficiones encrespadas, cual si se tratara de fundamentales elecciones primarias partidistas, o peor aún, cual ansiado Día-D bélico, estructurándose como una tensa bitácora de las últimas trece horas anteriores a ese proceso en acezante conteo regresivo, ejerciéndose como un panorama semidocumental unanimista sobre el negocio deportivo en varias ciudades de la Unión Americana ostentando sendos estadios y luciendo oficinas-cuarteles equipales ad hoc, metaforizándose como la única esperanza en un infantilizado país fanático por naturaleza pero desprovisto otra vida pública desahogadora catártica de los esfuerzos comunales por fin cohesionados, desarrollándose como una magna operación que se impone a modo de salvaje invasión a la vida privada, sobredeterminada por la TV y por Twitter, con verdadero alevoso don de la ubicuidad, fílmicamente expresada por montaje suntuoso y, ante todo, por un novedoso efecto visual de los editores Dana E. Glauberman y Sheldon Kahn que superponen imágenes simultáneas a partir de una simple pantalla dividida telefónica como si sus hablantes se encimaran entre sí a modo de una significativa promiscuidad casi magnífica.

Y la rebatinga autonómica se impondrá conclusivamente en esta épica fábula compacta o novela de crecimiento instantáneo, para que el héroe todo lo arregle y comience a esplender con luz propia, tras imponerse por encima de escrupulosos temores sentimentalistas, nefastos afectos familiares y acres chantajes laborales, para desembocar en una admirativa reconciliación coral de intereses y expectativas individuales, esa que goza en verse como abrumadora y deslumbrante realidad mágica colectiva, de índole pluriparticipante y omnisatisfactoria.

II. EL JUICIO CONTRAPRODUCENTE. En Pussy Riot. Una plegaria punk (Pussy Riot: A Punk Prayer/Pokazatelnyy protsess: Istoriya Pussy Riot, RU-Rusia, 2013), poderoso filme documental conjunto del inglés Mike Lerner y el ruso Maxim Pozdorovkin, una docena de miembros (entre guitarristas, cantantes y filmadoras) de la banda feminista punk erigida en colectivo activista Pussy Riot (en slang literalmente: Alboroto Vaginal) irrumpió el 21 de febrero de 2012 en la Catedral de Cristo Salvador de Moscú, perteneciente a la Iglesia Ortodoxa Rusa, para realizar, con impúdicos atuendos de colores llamativos y rostros cubiertos por pasamontañas hechizos, un intempestivo concierto-performance iconoclasta y blasfemo para protestar por la reciente reelección del autócrata Vladimir Putin como Presidente y para sacudir conciencias religiosas cómplices del Poder, a raíz del cual tres de las participantes fueron arrestadas y puestas en custodia carcelaria bajo un presunto cargo de vandalismo: la artista conceptual todavía estudiante de periodismo de 24 años con un pequeño hijo Nadezhda Tolokonnikova llamada Nadia (especie de Scarlett Johansson eslava), la ingeniera en informática de 30 años Ekaterina Samutsévich llamada Katia y la estudiante de filosofía de 24 años también madre de una bebé María Aliójina llamada Masha, pero no será sino hasta finales de julio de ese año cuando, tras una aparatosa huelga de hambre de las guapas chavas y un inmenso escándalo internacional, inició el juicio-espectáculo legal en su contra, que fue por entero contraproducente para el régimen de Putin, exhibiendo mundialmente, entre otras cosas, su hegemonía dictatorial, y poniendo en ridículo la corrupción del sistema judicial postsoviético.

El juicio contraproducente parte de la caótica aprehensión de las acusadas para ir, sobre la marcha, antes, durante y después del arresto, dibujando sus personalidades (divergentes), hurgando en sus antecedentes (que cosechaban los restos de un primigenio y inflamado militantismo antiteológico de la era soviética) y en las motivaciones de sus heterodoxas acciones tan imaginativas cuan carismáticas (anticonformistas, antisexistas, antiputinistas por el nacionalismo exagerado y el autoritarismo del mandatario ruso dispuesto a retener su presente poder dictatorial hasta el 2024) o provocadoras al extremo personal (ese agitador happening de Nadia copulando con ocho meses de embarazo en una orgía improvisada al interior de un museo), entrevistando a cámara a los simpáticos esposos y padres de las detenidas (ese permisivo Tolokonnik que no pudiendo disuadir a su hija mejor decidió asesorar sus letras tipo “Es la mierda de Dios” de una “Madre de Dios, líbranos de Putin” exacto antes de los rasgueos de guitarra, ese canoso Samutsévich del todo cauto hasta la parquedad sinuosa, ese sarcástico Piotr marido de Masha insidiosamente apoyador a distancia), enriqueciendo el fluyo visual del filme con las gloriosas maravillas de varios cruciales archivos de imágenes (las grabaciones propiedad de la banda, de grupos rusos de apoyo o de la mismísima BBC tan oportunamente profesionales), dándole la voz a los pavorosos fanáticos fundamentalistas que reconstruyeron su amada catedral a la muerte de un Stalin que había mandado dinamitarla durante la guerra para convertirla en alberca comunal, y remitiendo así de continuo a ominosos aunque determinantes tiempos pretéritos.

El juicio contraproducente se centra final y fundamentalmente sobre el proceso en sí mismo, como si a la cinta ya no le quedara de otra, luego de tantos preámbulos y pormenores, pero hasta sus últimas consecuencias, registrando hasta el último irónico comentario marginal o cuchicheo de las chicas, quienes ya en las declaraciones formales adoptarían tácticas disímbolas, Nadia haciendo hirientes comentarios políticos sin parar, Katia lanzando ingeniosas evasivas y Masha revertiendo socráticamente cada pregunta a sus falaces interrogadores (“Sigo sin entender”), como si este jocoso e injusto y desigual proceso contra nuestras punketas aceleradas fuera la continuación de los infernalmente habidos en la URSS desde 1937 (hasta la desaparición de ese país), ahora en un proceso-farsa amañado que culminaría con dos años de sentencia general, como retardatario castigo ejemplar aunque con cierta eventual puesta en libertad de Masha durante la apelación, gracias a una nueva abogada defensora y por haber sido arrestada en el altar del templo cuando aún ni se colgaba la guitarra al cuello (según registro en video).

Y el juicio contraproducente hace preceder el filme con una explosiva cita de Brecht aún con plena vigencia (“El arte no es un espejo del mundo, sino un martillo para darle forma”), imagina como grandes momentos satíricos sus agudezas digresivas (al interior de una moderna estética documental donde la digresión forma un corpus sabrosísimo, deja un vívido testimonio político-judicial de primer orden (tan valioso como si se tuvieran grabaciones originales del juicio a la banda Baader-Meinhof de 1975), inserta todavía una performance punk ante las narices mismas de la prisión donde se ha recluido a nuestras cautivas inquebrantables y, mientras un relato potencial muestra una persecución de risa loca encima de algunas rejas protestatarias y se encarcela con lujo de violencia a un militante defensor y se escucha en off una especie de enérgico himno-canción de las Peaches y Simone Johnson exigiendo la liberación de las moscovitas insumisas al límite, admite una burlona conclusión con graves menciones de los destinos de víctimas y verdugos, que nunca permiten olvidar las fabulosas imágenes mórbidas de Putin intentando en vano que los entrevistadores de la Deutsche Welle le traduzcan el mote de Pussy Riot, tratando de justificar su autocratismo despiadado (“En Rusia cargamos con el pesado fardo del pasado soviético”) y subiendo en solitario empequeñeciente una empinada alfombra roja que ha sido diseñada nada más para él y su maligna diminuta gloria monumental.