Opinión

Rehacer la política, el tema del año

Pongamos que justo ahora, al inicio de 2015, ocurre lo que muestra Gabriel Retes en su famosa película "El Bulto" (1992). Digamos que un mexicano despierta de un larguísimo estado de coma y que no sabe nada de lo ocurrido en los últimos 30 años (en el filme eran “sólo” 20 años). No habría visto nacer al PRD, pero le costaría mucho trabajo creer que los actuales perredistas, aferrados a tan cuantiosos como discrecionales presupuestos en la ALDF y en el Congreso, son los herederos de Martínez Verdugo, Valentín Campa o Heberto Castillo.

Este Lázaro habría atestiguado, antes de su hipotética enfermedad, parte de la larga marcha de los panistas en el desierto del autoritarismo priista, y no daría crédito a que hoy los blanquiazules sean el partido de los 'moches', el encubrimiento entre ellos y del “haiga sido como haiga sido”.

Finalmente, cuando este resucitado mexicano atestiguara la forma de operar del actual gobierno, no habría manera de convencerlo de que hace un par de años hubo quien dijo, y supongo que hubo quien se lo creyó, que estábamos ante un “nuevo PRI”.

Si el protagonista de esta nueva versión del "Bulto" fuera, como en su película, el propio Gabriel Retes, seguro le escucharíamos un vehemente: “¡¿Qué les pasó, carajo?!”.

Las respuestas a esa interrogante se han venido discutiendo en muchas tribunas. Que si el acceso al dinero público pervirtió a la oposición, que si es el agotamiento de la manera de hacer política de una generación, que si faltan liderazgos en la ciudadanía y en los partidos, que si los demócratas de ayer agotaron sus fuerzas en la creación de una democracia sólo electoral, que si estamos ante el triunfo cultural del PRI: el hacer a todos iguales a ellos, etcétera.

Pero la cuestión más importante ahora no es cómo se llegó a donde nos encontramos, sino cómo salir de este entrampamiento. Cómo acabar con esta especie de ceguera que impide pensar en ideas nuevas, en esquemas distintos. De esta política que todo lo uniforma, de esta negación a siquiera intentar otra manera de organizarnos, una distinta a la actual, misma que por cierto no existía, tal como la conocemos hoy, hace 30 años, cuando no había ni autoridad electoral ni judicial ni de transparencia ni de derechos humanos ni de competencia dignas, aunque sea de manera formal, de ese nombre.

En otras palabras, tenemos que reconocer los avances, sobre todo para destacar lo mucho que hace falta. Pero primordialmente se debe definir una agenda de retos y empeñarse en ella como si esas metas fueran, de nueva cuenta, la panacea, como cuando se persiguió el tener elecciones libres y justas.

¿Cómo se va a definir esa agenda? Con y entre los partidos políticos. Con esos de la oposición que a la vuelta de tres décadas parecen (para mal) otros. Y con el PRI que se resiste, como en los años ochenta, a cualquier apertura democrática.

Porque en este 2015, más que las elecciones, más que la corrupción como tema, lo que realmente importa es renovar la noción de que la política tiene sentido como vía para encontrar la salida a los problemas coyunturales (baja del petróleo, alza de criminalidad) y estructurales (desigualdad social y economía renqueante) de México. Porque, como dice Michael Ignatieff ("Fuego y Cenizas", Taurus, 2014), el reto está en ser implacable con la realidad de la política democrática sin abandonar la fe en sus ideales. Como desde hace 30 años, para México no hay otro camino. Pero, sobre todo, no debería haberlo.

Feliz 2015.

Twitter: @SalCamarena