Opinión

Regreso a la Condesa

09 noviembre 2017 5:0
 
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sismo

*Para mi hija Paula.

Cuando el terremoto de 1985, no tardé mucho en recorrer la ciudad devastada, incluso escribí un mínimo diario: Junto a los escombros. Caminar la Ciudad de México (¡qué CDMX ni qué pamplinas!), era recuperarla, recoger maderos tras el naufragio. En cambio, el terremoto de este 2017 me paralizó. Demoledora era la evidencia de un rasgo que ya se vislumbró aquel septiembre sísmico del 85: nuestras calamidades naturales son sociales (Corrupción e Impunidad, dos de los Caballos del Apocalipsis a la mexicana).

Invitado por mi viejo amigo Javier Garciadiego, director de la Capilla Alfonsina, el pasado miércoles 25 regresé a la Colonia Condesa. Una semana antes lo había hecho al Centro Histórico, al Colegio Nacional, invitado por Vicente Quirarte (también entrañable “cuate”), para participar en una jornada de revistas literarias, sobre todo las de la primera parte del siglo XX (zambullida que debemos a José Luis Martínez, su editor facsimilar cuando dirigió, época dorada, el Fondo de Cultura Económica).

No bien el taxi, procedente de Patriotismo, dobló en Benjamín Hill, se impusieron tristeza y desasosiego: zona de desastre, de guerra, la Condesa. Impresiones que se robustecerían, al término de la charla, al caminar Javier y yo hacia el restaurante Zorzal, en la esquina de Tamaulipas y la Avenida Juanacatlán (hoy Alfonso Reyes).

La Capilla Alfonsina, de pie, caudal de mis remembranzas. No tuve la fortuna de conocer a don Alfonso, fallecido el año que yo empecé a reinstalarme en la “Capirucha”, 1959. Pero sí, amistad femenina entre las dilectas, a Alicia, la nieta. Diligente como siempre, Eduardo Mejía me tenía las fotocopias de uno de los pendientes epistolarios (mar profundo) de Alfonso Reyes, que le había solicitado telefónicamente. Llegado, el momento, mi charla llevaría jiribilla.

Hablé, sí, de mi más reciente proyecto de rescate Alfonsino (parte de mis inquisiciones sobre el Ateneo de la Juventud): la edición crítica de Historia documental de mis libros, serie publicada por Reyes la segunda mitad de los 50’s. Pero no como pasatiempo, sino ocupando un entrelazado lugar junto a sus Obras completas y al Diario que venía escribiendo desde 1924. Reyes construye su Capilla como templo de la memoria. Erinia que lo aherrojará a partir de 1939, año del regreso definitivo a México, hasta 1959, año en que el humanista trepa (bromeo que calzando coturnos para verse más alto), la barca de Caronte.

El aludido cálculo de mi charla era el de despojar la obra reyista y ateneísta del polvo de los archivos, museo de la palabra. Reyes, por ejemplo, se propone el proyecto “En busca del alma nacional”. Misión “del hombre mexicano en la tierra”. Búsqueda de su sentido espiritual frente a “la brutalidad de los hechos”. Esto, lector de El Financiero, es hablar de resistencia, resistencia cultural, una de nuestras más altas lumbres. Por demás oportuna, estratégica, hoy que aplasta, a la vida pública mexicana, la brutalidad de los hechos políticos (y ahí vienen las elecciones del 2018 y sus “spots” idiotas).

Reyes, Caso, Guzmán, Vasconcelos, los ateneístas, no sólo crearon las bases de nuestra mejor cultura. Les enseñaron resiliencia (palabra tan de moda no sólo entre los políticos sino entre señoras bien metidas, sin que les sirva, en los manes de la Auto Ayuda).

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