Opinión

Regreso a Cortázar

Gamés regresa a Cortázar. En los años 70, quienes escribían los primeros relatos de su vida, querían escribir, incluyendo a Gil, como Cortázar. Parecía muy fácil, pero en literatura la naturalidad es lo más antinatural que existe. Algún joven escritor de aquellos años dijo con razón que Cortázar había sido una influencia nefasta. Todos querían escribir como él y, obvio, todos hacían, incluyendo a Gilga, el ridículo juvenil. Cortázar ya era en aquellos años 70, desde luego, un escritor de talla internacional reconocido aquí y allá, un autor de 65 años que había escrito algunos de los libros de relatos más perfectos. Gamés dice unos cuántos: Bestiario (1951), Final del juego (1956), Todos los fuegos el fuego (1966), Las armas secretas (1964), Octaedro (1974). Gilga podría jurar que leyó Rayuela (1966), el libro de pastas negras con la famosa imagen de un juego de avión (rayuela) en la portada en el año de 1975 y que cayó en esa novela como se cae en una sorpresa, o un amor, o un hecho perdurable. Aiogoeeeei. Con motivo del centenario del nacimiento de Cortázar, Alfaguara y Gandhi han publicado un álbum magnífico: Cortázar de la A a la Z. Un álbum biográfico. Se trata de un sucesión de chispazos, luces intermitentes acompañadas de fotografías y textos inesperados de cartas, postales, apuntes del diario. Un libro extraordinario para armar el modelo del centenario Cortázar. Van enseguida unos cuantos subrayados.

De Rayuela:
El jazz es como un pájaro que migra o emigra o inmigra o transmigra, saltabarreras, saltaaduanas, algo que corre y se difunde y esta noche en Viena está cantando Ella Fitzgerald mientras en París Kenny Clarke inaugura una clave y en Perpignan brincan los dedos de Oscar Peterson.

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De una carta a Eduardo Jonquieres:
Estoy de acuerdo con lo que dices sobre la pérdida del impulso de la primera juventud. Es curioso, yo guardo el recuerdo de mi juventud con tanta triste ternura como vos, pero hoy en día me siento tanto o más ávido que entonces. La diferencia es que trato de pegar el tarascón de una sola vez, y no dar vueltas mordiéndome la cola como los cachorros. Yo creo que la única gran pérdida son las ilusiones, y a veces las certidumbres, por hermosas que sean, no alcanzan a reemplazarlas. De todos modos hay algo innegable: de muchacho uno no sabe realmente lo que hace. ¿Te acuerdas lo que era recibir entonces el regalo de un amigo? Era como una salpicadura de divinidad. Las más pequeñas cosas, una cita, un cumpleaños, un banco de plaza, todo estaba cargado de infinito, no sé decirlo de otra manera. Cuántos muertos, cuántos ausentes y cuánto olvido preparándose en el tiempo. Creo que después de todo tu carta me ha hecho un poco de daño del cual no eres culpable.

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De una postal a su madre:
Yo también envejezco, mamita, mis ojos se cansan mucho (los usé demasiado en esta vida) y me fatigo fácilmente; hay días en que me siento rabioso de no ser el que fui. En fin, yo veo por tu letra firme y clara que estás todo lo bien que es posible a nuestros años (qué lindo hablar como dos viejitos). Te deseo que sigan bien y aproveches el calor bonaerense.

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De Historia de cronopios y de famas:
Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire.

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De Algunos aspectos del cuento:
Muchas veces me he preguntado cuál es la virtud de ciertos cuentos inolvidables. En el momento los leímos junto con muchos otros que incluso podían ser de los mismos autores. Y he aquí que los años han pasado, y hemos vivido y olvidado tanto; pero esos insignificantes cuentos, esos granos de arena en el inmenso mar de la literatura, siguen ahí, latiendo en nosotros. ¿No es verdad que cada uno tiene su colección de cuentos? Yo tengo la mía y podría dar algunos nombres. Tengo “William Wilson”, de Edgar Allan Poe; tengo “Bola de Sebo”, de Guy de Maupassant. Los pequeños planetas giran y giran: ahí está “Un Sueño de Navidad”, de Truman Capote; “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, de Jorge Luis Borges; “Un Sueño Realizado”, de Juan Carlos Onetti; “La Muerte de Iván Ilich”, de Tolstoi; “Fifty Grand”, de Hemingway; “Los Soñadores”, de Isaac Dinessen”, y así podría seguir y seguir…”.

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Los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras los meseros traen charolas que soportan el Glenfiddich 15, Gamés pondrá a circular esta frase de Cortázar en el mantel tan blanco: “Maldito dinero y maldito trabajo, cómo nos fastidian a todos”.

Gil s’en va.