Opinión

Refundar la estructura política (y socio-económica)

Tony Judt, social-demócrata reconocido a nivel mundial en 2010, dijo “Una cosa es convivir con la desigualdad y sus patologías y otra muy distinta es regodearse en ella”. En México hemos llegado a ese exceso regodearnos en la desigualdad.

Las explicaciones sobre la tragedia de Iguala, Tlatlaya, San Fernando, y otras no mencionadas, si bien insuficientes ante tales actos deshumanos, también son necesarias pues algo debemos cambiar en México, donde una gran parte de la clase política pareciera que no sólo se regodea en tal desigualdad sino se aprovecha de ella, a través de la corrupción, dejando así en duda toda confianza sobre las estructuras de gobierno.

Crímenes como los de Ayotzinapa, por mencionar el más lamentable y representativo en los últimos cuarenta años, si bien son resultado directo de un sistema político corrompido, dicha corrupción se desarrolló en un caldo de cultivo nocivo para toda sociedad: distribución del ingreso altamente desigual, desempleo, particularmente en la población joven, y no se diga en las zonas rurales, sistemas productivos altamente concentrados donde los ingresos de los programas gubernamentales también se concentran. Esta combinación, sumada a la burda corrupción, evidenciada en el enriquecimiento ilícito de representantes y funcionarios públicos, quienes en muchos casos se han asociado con actividades ilícitas, hace más que evidente el golpe de timón que urge a las estructuras políticas en México, pero también a las sociales y a las económicas.

Las manifestaciones crecientes en la ciudad, y desafortunadamente manchadas por la violencia, hacen evidente el hartazgo que la sociedad tiene respecto a las formas en que se conduce la política en México, tal vez porque en Ayotzinapa se tocó un tema muy arraigado y delicado en toda cultura que cuyo núcleo fundamental sea la familia. Es decir, desaparecer a un estudiante, y sobre todo a un hijo. Sin embargo, ya hace tiempo que México había llegado a grados de deshumanización preocupantes.

Si bien los reclamos de justicia sobre ese tema deben mantenerse, es difícil pensar, y tal vez un equívoco, quedarse solo en él. Hay rumbos que valdría la pena explotar para darle cauce al descontento actual. El gran reto está en determinar cúales son esos rumbos y qué nueva estructura han de tomar la política, el tejido social y la economía en México. El momento urge a tal grado que no se pueden jerarquizar en términos cronológicos las respuestas a estos tres temas.

En el ámbito político las estructuras existentes no pueden omitir las demandas sociales expresiones como ”le guste a quien le guste” no pueden ser aceptadas si lo que se pretende es solucionar esta coyuntura de fondo. Las estructuras políticas existentes no pueden seguir viviendo en una realidad alterna en donde, desde esa trinchera, México va viento en popa. Los partidos se han adueñado de la política. Hay que romper ese monopolio perverso. La sociedad debe buscar formas de organización que rompan con esa inercia de sólo presionar para conseguir cuotas de poder para el grupo al que pertenezca cada individuo, pues esa es la forma en la que hemos operado y los resultados son evidentemente un fracaso.

En la parte social reconstruir un tejido donde conceptos como la vida humana y la dignidad de la misma sean los que ponderen será el resultado de mejorar en mucho las condiciones de vida de una buena parte de la población, de tal suerte que el respaldo y cobijo de un sujeto social, haga que el individuo pueda revalorar los conceptos ya mencionados. Parecería casuístico que nuevamente son jóvenes los que en su mayoría están implicados en un movimiento social. Pero no lo es. El último reporte de la situación de la población 2014 de la ONU, menciona que hay países donde hasta 60% de su población joven (entre 10 y 24 años) no estudia ni trabaja, es decir pertenece al llamado grupo “nini”. Si bien para México la situación no es tal, si para el 2013, según estadísticas del INEGI, en dicho extracto se encuentran el 36% de los jóvenes lo cual también es preocupante. De cada 10 personas, entre 10 y 24 años de edad, 3 no estudian ni trabajan. Más aún son las personas con algún grado académico las que más dificultades están teniendo en conseguir empleos. Pero hay otros asuntos también importantes. La superación de la pobreza que no puede seguir siendo solamente el tema de, por ejemplo, la cruzada contra el hambre. México necesita dejar de tener pobres y eso significa que tengan empleo, acceso universal a la salud, educación gratuita y, sobre todo, de calidad.

Ante este escenario no es difícil explicarse por qué el descontento de las nuevas generaciones de mexicanos esto sin mencionar a las poblaciones jóvenes en lugares rurales. En esta nueva estructura socio-económica que México necesita los jóvenes deben ser parte importante de ese cambio, pues capacidad han demostrad. Los movimientos y movilizaciones pacíficas, por parte de la gran mayoría de estudiantes, hacen manifiesto qué quieren ser tomados en cuenta así como sus opiniones. Aunado a ello se debe reducir la escasez de oportunidades que el 36% de los jóvenes tienen y esto implica actuar en muchas vertientes empezando por reducir la atroz desigualdad en la distribución del ingreso en México. Conseguir la paz que tanto se desea no es tarea fácil, pero es ineludible y no hay otro camino que tocar la parte política y económica de fondo, empezando por la absurda y cínica corrupción que se ha apoderado de gran parte de las estructuras gubernamentales.

Ante la tragedia, y para honrar a los desaparecidos y asesinados, vale la pena alzar la mirada y pensar socialmente en grande y con justicia.