Opinión

Reconciliación de ISIS con Islam y Occidente. ¿Misión imposible?

 
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En memoria de Fernando Solana Morales

Las raíces del conflicto actual entre el extremismo islámico, el mundo árabe y la sociedad occidental se remontan al Profeta Mahoma, las diversas corrientes musulmanas, la expansión árabe en Asia, África y particularmente en el Mediterráneo durante los siglos IX a XIV y las Cruzadas.

Pero las diferencias y los conflictos históricos del pasado, incluyendo los de la etapa colonial occidental, tienen que examinarse hoy reconociendo que ISIS es un fenómeno fundamentalmente poscolonial, alimentado por muchos errores, injusticias y acuerdos entre las ex-metrópolis coloniales, tras las dos Guerras Mundiales y los consensos entre las potencias a partir de la ONU.

Siete décadas han transcurrido y hoy vivimos un escalamiento permanente y la expansión geográfica de las tensiones dentro y entre países musulmanes y entre algunas sociedades musulmanas, el llamado mundo occidental y Rusia. ¿Qué ha sucedido? ¿A dónde vamos que no pasa una semana sin invasiones, bombardeos, ataques con drones, actos terroristas en Europa, Medio Oriente, Asia y África y grandes flujos de migrantes a Europa?
Un poco de historia ayuda a entender el panorama.

La creación del estado de Israel, dejando pendiente a la fecha el compromiso de crear en paralelo un estado Palestino; el apoyo de los EUA y el mundo occidental a gobiernos autoritarios en Irán –con el Shah- , en la península arábiga y en otros países de medio Oriente por razones económico-militares, dieron lugar, desde los 70s, a un renacimiento islámico y de facciones fundamentalistas que no pueden ni deben olvidarse.

La Guerra Arabe- Israeli, la revolución islámica en Irán, y el fracaso de los acuerdos de Campo David- tras el asesinatos de Sadat en 1981-, despertaron un proceso reivindicatorio de las facciones fundamentalistas y yihadistas, que solo pudieron apagarse con gobiernos militares represivos de Argelia y Egipto y el apoyo permanente de las potencias a los gobiernos autoritarios del Medio Oriente y el Norte de África.

Las guerras entre Irán e Irak, la invasión de los EUA de Irak (Bush padre) ante la intrusión de Sadam Hussein en Kuwait y otros conflictos regionales entre sunnís y chiitas; los excesos de Gadafi en Libia y de otros gobiernos autoritarios y las constantes crisis entre Israel, los palestinos y el mundo árabe llevaron a un estado de crisis permanente, de baja intensidad.

Los EUA fueron impactados por primera vez en su propio territorio con el ataque a las torres gemelas de Nueva York y al Pentágono en Washington el 11 de septiembre de 2001.

Ahí ocurrió un cambio cualitativo crucial. No fue un estado nacional, sino una red informal multinacional yihadista, al-Qaeda, encabezada por un saudí, Osama bin-Laden, la que reivindicó este brutal golpe. En marzo de 2003 George Bush Jr., deseoso de revancha, sediento de petróleo y con el apoyo fundamental de Blair y de países europeos (la España de Aznar), decide invadir Irak y derrocar a Hussein, sin la anuencia de la ONU, argumentando la existencia de supuestas armas de destrucción masiva y de células yihadistas.

Ese evento constituyó el despertador de viejos conflictos culturales y religiosos regionales y el disparador de reivindicaciones anti-coloniales y anti-occidentales.

Una década más tarde, sociedades árabes, cansadas de la desigualdad, la falta de empleos y bajos salarios y con nuevas clases medias educadas y empoderadas por las nuevas tecnologías en sus aspiraciones crecientes de democracia y justicia, habrían de iniciar en Túnez la llamada “primavera árabe” que contagió al norte de África y al Medio Oriente.

Los EUA y las antiguas metrópolis europeas aprovecharon el momento para apoyar esos movimientos, promover sus intereses económicos e intentar exportar democracia a países dominados por gobiernos autoritarios con los que antes habían llegado a algún arreglo que satisfacía sus intereses. El problema fue que los movimientos democráticos no eran sostenibles y ponían en peligro intereses regionales y que en varios casos, muy notablemente en el caso de Libia, la eliminación del líder autoritario-Gadafi-y el derrumbe de su régimen, al amparo de una polémica decisión del Consejo de Seguridad de la ONU para proteger a la sociedad civil, desembocó en un caos de tribus y clanes, que condujo a la desintegración nacional y a una división feroz que prevalece a la fecha, no obstante los esfuerzos de países y de la ONU.

El reconocimiento de Obama de que los EUA no pueden continuar como policías del mundo; su decisión de retirarse gradualmente de Irak y Afganistán; la incapacidad de los países europeos para actuar de una manera unificada y el resurgimiento de Rusia con Putin han revolucionado el panorama en la última década.

ISIS ha sido la verdadera prueba de la crisis del viejo modelo y la confirmación patente de que vivimos en la multipolaridad, con potencias y aspirantes a potencias regionales (Arabia Saudita, Turquía e Irán) y redes informales que promueven sus intereses. Los EU, Europa, y ahora Rusia dan licencia de actuar en una guerra por proxy.

Si no hubiera sido por la emergencia de Rusia, urgida de reafirmación nacional y sus importantes relaciones y hábiles maniobras en Siria, Irán y Medio Oriente; y por la sensatez y disposición a negociar de Obama, el mundo se hubiera incendiado en Siria e Irán.

ISIS sigue siendo el gran reto, no obstante las victorias recientes de Al-Assad con apoyo ruso y la recuperación de Palmira.

Lo que destaca en el actual contexto - de bombazos terroristas en Paris, Bruselas y Paquistán y asesinatos con bombas y drones en Siria, Irak, Yemen y Somalia- es que ISIS es un fenómeno que no se puede frenar con una victoria militar, mucho menos con una bomba atómica- como amenazan Trump y Cruz. ISIS está incrustado en la médula de las sociedades árabes y occidentales a través de creyentes que se consideran víctimas de EUA, Europa y todos aquellos países que los han atacado o marginado y que ahora rechazan a los refugiados de los países agredidos. Su fuerza reside en la atracción que representa su mensaje en un mundo desigual y en el financiamiento que consiguen de árabes ricos y pobres wahabistas.

Frente a esta situación solo queda, como en la Sudáfrica de Mandela, la opción de que la ONU, apoyada en un grupo de países y líderes morales, con capacidad de mediación - como el México de antaño- dispuestos a escuchar las verdades de todas las partes en conflicto, promuevan la reconciliación y el desarrollo incluyente.

¿Misión imposible? Tal vez llegó la hora de buscar lo imposible y la oportunidad de reformar las obsoletas instituciones internacionales.

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