Opinión

Recomendación del mes: 'Wake in Fright'

     
1
    

   

Wake in Fright

El interior de Australia, el llamado outback, inmenso y árido, con temperaturas que frecuentemente rebasan los 40 grados centígrados, ocupa toda la primera toma de Wake in Fright, mientras la cámara gira sobre su eje, lentamente, 360 grados. Las vías del tren atraviesan el desierto de un extremo a otro, pero no hay nada más que polvo alrededor. Ni una colina interrumpe la franja del horizonte y el cielo tiene ese azul limpio de los lugares donde no sopla el viento. Avistamos un par de casitas blancas, pero ¿quién podría vivir ahí? El mensaje es claro, y valdrá la pena recordarlo: en el outback no hay adónde huir.

Entramos a un angosto salón de clases, donde un grupo de niños y adolescentes espera a que John Grant (Gary Bond), su profesor, un joven elegante y bien parecido, los deje salir. Es el último día de escuela en Tiboonda, un pueblo a la mitad de la nada, en la víspera de Navidad. Hace calor en el cuarto y las moscas revolotean entre los rostros de los alumnos. Finalmente, Grant abre la puerta y los chicos salen corriendo. Él también tiene prisa. Le esperan unas semanas de vacaciones en las playas de Sídney, con su novia, bebiendo cerveza sobre la arena, a millas de este lugar inhóspito al que contractualmente está obligado a volver. Antes de tomar el avión rumbo a la civilización que tanto extraña, Grant tendrá que pasar 24 horas en Bundanyabba, una ciudad minera donde no hay nada que hacer más que apostar y beber. Durante su única noche, decide comportarse como los locales. Impelido por el alcohol, el profesor pone su destino en manos de la suerte. Si gana, se despedirá del desierto para siempre. Pero si pierde…

Desde que Grant entra a la primera cantina (donde una señal en la pared avisa que el local cierra a las seis, pero el reloj marca las ocho y la barra está a reventar), Ted Kotcheff, el director, finca una atmósfera claustrofóbica, saturada de testosterona. Casi podemos oler la cerveza derramada en el suelo, el aliento de la gente y las axilas empapadas de sudor. Bundanyabba es un sitio dominado por la masculinidad sin bridas: las mujeres son ancianas, subordinadas o putas, siempre al margen, mientras los hombres beben, pelean, gritan y apuestan. Este mismo páramo inspiró la saga de Mad Max, recreada hace unos meses en Fury Road, una fábula postapocalíptica donde las mujeres esclavas se rebelan frente a sus captores: hombres grotescos, que van por el desierto en camiones armados.

En Wake in Fright no hay feminidad que subsista o pueda luchar contra la fuerza del macho. Varado en Bundanyabba, Grant –que “prefiere hablar con una mujer que beber”– busca cobijo con los locales, quienes lo obligan a emborracharse, comer y cazar como ellos, arrastrado al infierno por la asquerosa camaradería de un pueblo donde todos hacen lo mismo noche y día. Para Kotcheff, Bundanyabba es una especie de inframundo. No es casualidad que Grant alucine a Doc Tydon (Donald Pleasence), un doctor alcohólico, con dos monedas en los ojos: el supuesto pago que en la antigua Grecia se ponía sobre los cadáveres para asegurar su trayecto por el Estigia rumbo a la tierra de los muertos.

Wake in Fright es una obra de claroscuros extremos: negros totales y luces cegadoras. Grant viste de beige y blanco, y Tydon, con quien Grant termina durmiendo, viste de negro. El doctor es la contraparte (o el futuro) del profesor culto: un hombre antes civilizado, pero desde hace tiempo rendido frente a la decadencia del outback y el efluvio alcohólico de Bundanyabba. Tydon disfruta alejar a Grant del mundo de los hombres hacia el territorio de las bestias, enajenadas con la cerveza y –en una de las secuencias más incómodas del cine– con la cacería. Una y otra vez, la luz de una lámpara, un foco o el sol filtrándose por la ventana golpea el rostro de Grant: la luz del despertar aterrador al que el título alude. Cada día que pasa en Bundanyabba, una capa de su humanidad desaparece, y Gary Bond transmite esa transformación, el frenesí de la violencia y el luto por el hombre que fue, con brillante exactitud.

Persistentemente perturbadora y cruel, la película de Kotcheff es la más notable en salir del outback australiano, escenario de otras cintas como Wolf Creek, Rabbit-Proof Fence, The Proposition, The Rover y, sobre todo, de la magnífica Walkabout, de Nicolas Roeg.

Extraviada durante décadas, Wake in Fright se reestrenó en el Festival de Cannes en 2009, presentada por Martin Scorsese, y ahora está disponible en iTunes y Blu-ray (vale la pena ver cada gota de sudor en alta definición). En los 80, Hollywood pervertiría la brutalidad y el humor negro de Kotcheff en bodrios como la primera Rambo y Weekend at Bernie’s. Pero el poder de su obra maestra se mantiene. Wake in Fright merece ocupar un sitio junto a El señor de las moscas y El corazón de las tinieblas, todas ellas historias que nos obligan a observar el velo, tan delgado, que separa a la civilización de la barbarie.

Twitter: @dkrauze156


TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: 
Los personajes de carne y hueso están en peligro de extinción
​Lo que el cine comercial puede aprender de 'Game of Thrones'
​'Tomorrowland': Damon Lindelof ataca de nuevo