Opinión

Recomendación del mes: Todo documental es una ficción

 
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La estancia

Desde hace tiempo sospechamos que la ficción está agotada –la novela muerta, el cine en extinción– y que sólo la realidad sin filtro es relevante. Tal vez eso explica el éxito de Karl Ove Knausgård, un escritor noruego que saltó a la fama tras publicar una minuciosa autobiografía novelada en seis tomos. Otros narradores como David Shields creen que el ensamblaje de una historia fabricada ya no tiene cabida en esta era impúdica. El cada vez más exitoso género documental se ha beneficiado de esa tendencia. La idea de que vemos algo verdadero resulta irresistible.

Olvidamos, no obstante, que el documental es una creación subjetiva; una narración que siempre pasa por el tamiz de su director, quien elige qué mostrar, qué ocultar, cuáles entrevistas incluir y cómo editar el material recabado. Por más coral que sea, todo documental está adulterado por un punto de vista.

En La Estancia, de Carlos Armella, es un híbrido entre documental y ficción que aborda las similitudes entre ambos géneros. Un documentalista sigue y entrevista a los únicos dos habitantes de La Estancia, un pueblo espectral, surcado de ruinas, edificios yermos y montes nebulosos. Los habitantes trabajaban en una mina pero, cuando esta quebró, partieron. Sólo quedan don Jesús Vallejo, un anciano de 93 años, y su hijo Juan Diego, quienes vagan por las calles pedregosas y las granjas en desuso, recogiendo fruta de los árboles y pastoreando su escaso ganado. “Hace mucho que aquí nadie nace ni nadie se muere”, dice Juan Diego, y bien podría estar hablando desde Luvina. Las postales que sus hermanos le han enviado desde Estados Unidos decoran los muros de su cuarto y debajo de la cama esconde una pistola que sólo tiene un par de balas. La atmósfera es de una soledad tan insistente y extrema que, por momentos, En La Estancia parece una película postapocalíptica: Jesús y Juan Diego como los últimos hombres, esperando la muerte en un sitio derruido y marginal, donde sólo los visita el viento.

En la estancia
Año: 2014
Director: Carlos Armella
País: México
Productores: Alejandro González Iñárritu, Alex Moreno y Yadira Aedo
Duración: 106 minutos
Cines: Cineteca Nacional

Poco a poco, Armella revela a otro personaje. Juan Diego es el primero en mencionar su nombre. Se trata de Sebastián (Waldo Facco), el hombre detrás de la cámara, cuya presencia gradualmente pesa en la historia. Escuchamos su voz desde el arranque, a manera de preguntas y observaciones, hasta que comienza a increpar al anciano y a su hijo, no siempre con cautela. Al final de esta primera mitad, Juan Diego toma la cámara y Sebastián aparece a cuadro.

La segunda parte le da un giro de 180 grados al enfoque. Sebastián regresa al pueblo en busca del anciano y su hijo, en compañía de Luisa (Natalia Gatto), su novia embarazada. El cambio en el fondo viene acompañado de una transformación muy evidente en la forma: la textura adopta un aspecto estilizado, con suaves cambios de foco, planos que observan objetos de cerca, así como tomas que parecen tener el lente empañado, reminiscentes del trabajo que el legendario Roger Deakins hizo en The Assassination of Jesse James. El vuelco es explícito, y funciona. Hemos dejado de estar frente a algo “real” para adentrarnos en una ficción. Pero, ¿podemos asegurar que la primera parte también fue verídica? ¿Existieron Jesús, Juan Diego y La Estancia? ¿O también fueron creaciones, tanto como Sebastián y su novia lo son?

En una secuencia magistral entre Juan Diego y una cámara, En La Estancia observa cómo el documentalista afecta las vidas de sus documentados. Este momento dice mucho del ímpetu reflexivo de Armella y su película, una obra que pone el género completo a examen. En un mundo obsesionado con la confesión, donde en las redes sociales confundimos la curaduría personal con la autenticidad, las preguntas que En La Estancia suscita sobre la naturaleza de la realidad y la ficción resultan pertinentes.

Twitter:@dkrauze156

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