D.E.P., torerazo
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D.E.P., torerazo

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D.E.P., torerazo

12/06/2018

Mario Aguilar, escribo estos párrafos con el corazón partido. El domingo que decidiste emprender tu último paseíllo, como capricho del destino, estaba yo bajo aquel inmenso árbol del patio exterior en la ganadería de La Punta, sitio emblemático para el toreo y la bravura, sitio donde desde niño soñaste con ser torero, reíste y lloraste rodeado de amigos, gente que como tú, ama el toro y la vida desde el toreo.

Se nos heló la sangre, no lo podíamos creer. Ha sido un golpe al corazón tu partida. Junto con el silencio, a mi mente llegaron aquellos lances a la verónica a cualquier toro en cualquier plaza. La pureza de tu toreo, desde aquellos años de infancia en Tauromagia Mexicana, nos hizo soñar.

Torero de toreros desde tu niñez. Tu silencio y tu mirada profunda y penetrante. Tanto sentimiento dentro del alma, que sólo toreando tenía cauce al exterior, y de ahí la inmensa y desgarradora belleza de tu forma de sentir y expresarte con un toro.

Eras un niño y ya eras un hombre, un torero hecho y derecho que siempre supo asumir la osadía de soñar con ser figura del toreo. Discreto y sin protagonismos, que no fueran los del bien torear. Muñecas privilegiadas para enamorar las poderosas embestidas de salida de cualquier toro. Meciste tu cuerpo al ritmo de la muerte, con las embestidas de tantos y tantos toros que se entregaron a tu sutileza y poderío.

Los caprichos del destino y de la vida no cumplieron todos tus sueños, teniendo las condiciones sobradas para hacerlo; las circunstancias del toro no te llevaron donde merecías estar. Esto es muy difícil, casi imposible; sin embargo, llegaste más lejos que un status empresarial, que hacerte millonario del toro o “mandar” en la fiesta.

Hoy leo y siento el dolor de todos los que te conocimos y admiramos. Las redes sociales expresan el dolor del medio taurino: novilleros, matadores, ganaderos, subalternos, empresas, medios y aficionados lloramos tu partida.

Perdónanos, Mario, si en algo te fallamos. El medio taurino no estuvo a la altura de tu arte y tu sentir, de tu forma de explicarnos que el toreo es arte y no numerología, que debe existir un sitio especial para toreros como tú, a los que no hay que exigirles otra cosa que no sea lo que tú siempre nos diste: arte y pureza, pureza y arte.

Los artistas son regalos que el cielo nos manda para hacer llevadera la vida en esta mundana sociedad; nos hacen soñar, nos hacen pensar y nos hacen sentir. Fuiste un regalo a la tauromaquia. México, Madrid, Sevilla y Aguascalientes, entre prácticamente todas las plazas del mundo taurino, lo gozaron, y con el cruel desprecio que muchas veces permea en el mundo del toro, no te dieron el espacio que tu arte y concepto merecieron.

Culpables de este trato somos todos, porque toreros como tú vienen pocos a este mundo, y no supimos gozarte. Te exigimos triunfos cuando tú nos regalabas arte, que es el verdadero triunfo del toreo.

Aprendamos la lección para tener la capacidad de aplicar justicia taurina a quienes han nacido tocados por la mano de Dios, para ejecutar el toreo de verdad. Me refiero a la verdad que busca el arte y no a la que antepone el riesgo o el peligro. Hoy le pido a ese mismo Dios, que no borre de mi memoria tantos y tantos pasajes de arte en el ruedo, bajo el ritmo de tus muñecas, ya fuera con el capote o con la muleta, donde tus trincherazos dibujaron en mi alma la esencia del toreo.

Será Miguel, tu hermano, quien pueda honrar tu memoria al convertirse en ese torero que estamos esperando, así como lo hizo Silverio con su hermano Carmelo.

Descansa en paz, torerazo. Perdónanos. Tu fugaz paso por esta vida estuvo entregado al toro, quizá quien mejor te comprendió y con quien más feliz estuviste. Hoy también los toros lloran, se ha ido uno de los mejores toreros, un privilegiado incomprendido.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.