Opinión

Quítame de aquí estas banderas

 
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Cataluña

Tendemos a echar a perder lo que funciona bien. Los órdenes son inestables. Por desgaste, entropía o tedio. “Todos los hombres –escribió Oscar Wilde– matan aquello que aman”.

Sobran razones a los independentistas catalanes para separarse de España. También abundan las razones en contra, pero no las quieren oír. Quieren vivir independientes aunque todo el mundo les indique que les irá mal. Salen los bancos, los capitales, las grandes casas editoriales, sale el Barcelona de la Liga Española y muy probablemente Cataluña quede fuera de la Unión Europea. Es paradójico: reclaman a España inequidad fiscal para estar mejor y para ello abandonan el barco y se arriesgan a estar mucho peor.

¿Por qué alguien en sus cabales puede optar por lo peor? Por ideas o creencias. En este caso el nacionalismo (en ambas orillas: catalán y español, ambos patéticos). Hay quienes lo comparan con una especie de virus. Ataca al cerebro aunque el que lo sufre cree que su origen es el corazón o el bolsillo. Es muy contagioso. A quienes lo padecen les da por agitar coloridas banderas, sentirse únicos en el mundo (aunque todos lo somos) y olvidar de repente los problemas reales. Todo por decir: “Estamos hartos de que ustedes, los de allá, nos manden a los de acá”. Una porción significativa de catalanes ya no quieren ser españoles, como durante algún tiempo los neoleoneses tampoco querían ser mexicanos, como los yucatecos se sentían lejos y diferentes de los del centro, y aún hoy algunos bajacalifornianos no quieren ser parte de la República. La nación es un ente histórico e imaginario. Así como la imaginamos de una forma puede ser rediseñada de otra. La misma necedad alienta el deseo de separarse como el de estar unidos a ultranza.

La situación catalana me recordó –gracias Ernesto Hernández Busto, mi amigo, cubano avecindado en Barcelona– La destrucción de Kreshev (El Acantilado, 2007), una breve y extraordinaria novela de Isaac Bashevis Singer, judío polaco que migró a Estados Unidos, y ganó el Premio Nobel (así como el actual Nobel, Kazuo Ishiguro nació en Nagasaki, Japón, aunque haya vivido siempre en Inglaterra). Lo normal: un cubano que vive en Cataluña, un polaco que vivió en Estados Unidos y un japonés en Inglaterra. ¿Qué patria? Escribió Rilke que la infancia es nuestra única patria. ¿Tenemos los mexicanos bien resuelto nuestro concepto de patria con treinta y cinco millones de compatriotas viviendo en Estados Unidos?

Vuelvo a la novela de Bashevis Singer. Narra en La destrucción de Kreshev la historia de una ciudad rica y dichosa, a orillas del río San, en Polonia. El hombre más rico de la ciudad tenía una hija –que desde niña siempre tuvo amor por el conocimiento y los libros– a la que quería casar. Le dio a elegir entre dos pretendientes: uno, rico, apuesto y frívolo. El otro delgado, pequeño, pobre y precoz erudito en el estudio de los libros sagrados. La hija eligió al segundo. Todo parecía marchar bien en el matrimonio de los jóvenes cultos. Hasta que al cónyuge estudioso se le ocurrió una pésima idea (que no contaré aquí a ustedes) que comprometía a su esposa y al chofer, con resultados catastróficos. Si ya el pueblo murmuraba desde el momento en que la joven eligió al sabio, más tarde, cuando ella, a causa del escándalo, optó por el suicidio, el pueblo todo entró en caos. Se declaró un incendio y éste se propagó. Muchos enfermaron y se desató la epidemia. Kreshev quedó totalmente destruida. “Hasta nuestros días –remata Bashevis Singer–, el pueblo ha permanecido pequeño y pobre; nunca fue reconstruido tal como había sido tiempo atrás”.

Una ciudad extraordinaria, Barcelona, por aquello de “quítame de aquí estas banderas”, sin saberlo sigue el destino de Kreshev: el de una ciudad rica que por desgaste, entropía o tedio, un buen día creyó sensato organizar un referéndum anticonstitucional que permitió votar a todos, restándole la poca legitimidad que tenía.

“Cada nación se burla de las otras y todas tienen razón”, escribió Schopenhauer. El ideal ilustrado que borraría fronteras pareció durante un tiempo culminar en la Unión Europea. Hoy recordamos que siempre estuvieron latentes el nacionalismo y la xenofobia. ¿Y si no quieren estar? ¿Y si quieren irse? Hay formas de hacerlo en democracia.

Formas más inteligentes que convocar un referéndum ilegal y con él a los toletes y el maltrato. Pueden buscar alianzas partidistas para lograr la legitimidad de un referéndum dentro de cauces constitucionales. Es tardado, pero es un camino.

Decimos: cada bando tiene sus razones. Cuando con mayor precisión debemos decir: cada bando tiene sus irracionales. Sus razones sin sentido. Leamos a Montaigne: “Ser sereno ante las locuras populares es la más grande de las heroicidades”.

Twitter: @Fernandogr

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