Opinión

¿Quién le teme a Rosario Robles?

Gil recordó al clásico: al final todo lo empaña el tiempo y da al olvido. Oh, sí. Ya nadie recuerda: todo aquello pasó hace años y mil veranos. Rosario Robles era la jefa de Gobierno del Distrito Federal y pagaba sumas onerosas para publicitarse en la televisión como la política del momento. Gamés cantó inopinadamente: "es la historia de un amor como no hay otro igual, que me hizo comprender todo el bien, todo el mal, que le dio luz a mi a mi vidaaaa, apagándola después...".

Volvamos a la realidad, hablemos de dragones, diría el clásico: los abogados del empresario Carlos Ahumada presentaron una demanda ante los juzgados mexicanos para reclamar al Partido de la Revolución Democrática y a la expresidenta de ese partido, Rosario Robles Berlanga, el pago de 520 millones de pesos, o en su caso, proceda la autoridad a embargar las cuentas bancarias de los demandados. Qué bonita familia.

En busca de las ligas

La verdad es que han pasado diez años desde los videoescándalos en los cuales Carlos Ahumada entregaba dinero a prominentes políticos del PRD. Ha trascendido que abogados muy notables buscan las ligas que envolvían los fajos de dinero que se llevó René Bejarano, a quien por cierto se le ha visto en Pinos (así se dice: Pinos y no Los Pinos, weeey).

Hay deudas y deudas, y recuerdos y recuerdos. Gil caminó sobre la duela de cedro blanco y buscó en un baúl donde guarda libros viejos e inservibles. Ahí estaba: Derecho de réplica del empresario y mentecato Carlos Ahumada, libro (es un decir) escrito para defenderse y restañar, como si se pudiera, su fama pública. Ahumada contó tantas cosas sobre la flamante secretaria de Desarrollo Social, Rosario Robles, y el jefe de su oficina, Ramón Sosamontes, en esas páginas, que Gamés se había olvidado.

Ah, la memoria. Oigan a Ahumada: “A Ramón Sosamontes lo conocí cuando era el jefe delegacional de Iztapalapa. Le di mucho dinero. El departamento que tenía en el Parque Hundido, lo compré y remodelé con mi dinero, el lo escrituró a nombre de una empresa que tenía el nombre de un pueblo de Guerrero. También lo ayudé con una camioneta Suburban roja y lo apoyé con efectivo para muchas cuestiones personales de la política y alguna otra cosa menor, celulares o cosas de ese tipo”. Eso es amistad y no pedazos, pensó Gamés. Y los contratos que le habrán llovido a la empresa de Ahumada desde la delegación Iztapalapa, mejor ni pensarlo, una tempestad de contratos. Ah, la política; ah, la transa.

Una suite presidencial

Cuando Gilga escribe como reportero de Proceso se siente chido, súper chido. Volvamos con el empresario y mentecato Carlos Ahumada: “Conocí a Rosario Robles en el 2001 en el restorán Bellinghausen ubicado en la Zona Rosa. Al salir nos encontramos con Rosario Robles, ella se levantó a saludar a Sosamontes y me la presentó. En la plática preguntó a Ramón si le podía conseguir un hotel donde pasar sus vacaciones de Semana Santa en Bahías de Huatulco. Saliendo de ahí, Ramón me preguntó si tenía algún conocido y se le podía ayudar. Daba la casualidad que sí, por lo que le conseguí la suite presidencial del Hotel Quinta Real en Huatulco. Y allí fue a pasar sus vacaciones de Semana Santa”.

Dio la casualidad. Gran fórmula para nombrar al interés y a los negocios: ah, l’amour fou; ah, la lluvia de contratos; ah, Cupido motorizado; ah, la vieja historia. Así empiezan los casos, las cosas, las casas. Ahora Ahumada reclama a un juez embargar los bienes del PRD, justo unos días antes de que se desate en el interior del PRD (así se dice), la rebatinga por el partido.

La máxima de George Bernard Shaw espetó dentro del ático de las frases célebres: “La política es el paraíso de los charlatanes”.

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX