Opinión

Querido Vicente Leñero, qué pena que no veas esto

 
1
 

 

El encuentro fue con la finalidad de revivir el legado del escritor, periodista y dramaturgo Vicente Leñero. (Archivo)

Desde el 3 de diciembre pasado cuando se cumplió un año de tu fallecimiento, quería escribirte para con ello honrar tu memoria y recordarte que tus amigos Paco Prieto, Bruno Newman y yo te tenemos presente y con frecuencia hacemos memoria de las enseñanzas que nos diste allá en la Ibero cuando iniciábamos nuestra carrera y fuiste a darnos las memorables clases de periodismo. ¿Te acuerdas la comida que tuvimos los cuatro un par de meses antes de que te fueras? Ahí nos dijiste que la realidad no sólo era fuente de tus escritos, tus guiones de cine y tus obras de teatro; hablaste como si fueras un lector del futuro, y señalaste que era la plataforma de toda la ficción posible. Cierto, lo que los mexicanos hemos vivido en la última semana es lo más cercano a lo que nos dijiste: la televisión se ha desbordado al salir de sus límites y nos ha brindado (lo sigue haciendo) una telenovela en la que están presentes todos los elementos para la realización de un escenario multipantalla: un criminal, abogados, un botín inimaginable, autoridades de diversos niveles, agentes policiacos y de ejércitos variopintos, una dama bella y ambiciosa, y lo que es definitivo, un remolino de intereses en un profundo hoyo negro de corrupción. ¿Te imaginas Vicente lo que hubieras escrito? Eso superaría a cualquiera de tus novelas: Los albañiles, que te hizo feliz cuando ganaste el Premio Biblioteca Breve; Redil de ovejas, La gota de agua y hasta superaría alguno de tus cuentos como La polvareda, Más gente así o Parábolas, el arte narrativo de Jesús de Nazaret.

Sí Vicente, les dijiste a Bruno y a Paco lo que yo sabía: te había dolido mucho escribir esa memorable obra de teatro sobre El martirio de Morelos, pero más te hubiera herido ver que durante una semana todos, absolutamente todos los diarios [mencionaron el asunto]. Naturalmente la televisión y la radio se ocuparon de esa comedia como si hubiera sido el descubrimiento de la medicina contra el cáncer o si se hubiera descubierto vida inteligente en algún planeta fuera de nuestra galaxia.

Todos éramos muy jóvenes y eso te incluye a ti, cuando en aquellas viejas instalaciones de la Universidad Iberoamericana nos diste las herramientas que, en mi caso, me han permitido vivir profesionalmente en el periodismo. Hacías hincapié en la investigación y en el rigor. Durante meses exigiste con amabilidad y el inmenso don de gentes que tenías, que leyéramos todo lo que encontráramos y con ello tratáramos de crecer y mejorar nuestros textos.

Me invitaste para que te acompañara al estreno de La noche de Hernán Cortés y me regalaste con timidez tu libro Talacha periodística. Jamás pensé que esos dos trabajos vendrían a cuento como ahora lo han hecho en el caso que ocupa a toda la nación al desmenuzar las andanzas de un narco y la actriz que lo venera. Entre otros, el tema de ese libro sobre periodismo habla de cómo la banalidad y la estupidez se vuelven tópicos esenciales en algunos medios.

Recuerdo que te llenaste de alegría cuando tuviste en tus manos el primer número del periódico Ensayo que elaboramos para la Universidad y a varios de nosotros nos invitaste a taquear al “Venadito”, tus recursos no alcanzaban para un restaurante de postín.

Al enterarme de tu enfermedad, quise darte una ridícula forma de paliar tus dolores y te envié la serie española “Isabel” así como “El robo de la Mona Lisa“ y, la serie que parece fue la que más te gustó, “Dostoyevski”. La última vez que hablamos por teléfono te despediste con gran cariño y sólo cuatro semanas más tarde Estela me dio la fatal noticia.

Fuimos muchos los que de ti aprendimos a valorar la transformación de la realidad y aquilatar el sentido de las palabras; tus enseñanzas salpicadas de buen humor, tenían el ingrediente siempre presente de que la información y el análisis debieran servir al lector para inquietarle y despertar el deseo de aprender, aunque fuera con ironía. De eso y más fueron tus colaboraciones en la Revista de la UNAM con tu extraordinaria columna “Lo que sea de cada quien”. Quiero imaginar lo que de este pastel que hemos consumido durante toda una semana hubieras escrito. Primero esbozarías una sonrisa, después fruncirías la frente… ¿o sería al revés?

Twitter: @RaulCremoux

También te puede interesar:
Oiga Obama, 'los hombres no lloran'
Un reglamento definitivamente recaudatorio
Para lecciones, Venezuela y Argentina