Opinión

“Que ya acabe el sexenio, por favor”

 
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Los dos últimos dos años del sexenio calderonista tuvieron una constante: “ya que se acabe”. La degradación en materia de violencia e inseguridad no sólo era brutal, sino además evidente que, empecinado, el Presidente mantendría su estrategia mientras se incrementaba el saldo de asesinados, secuestrados, asaltados, extorsionados y desplazados. No quedaba sino esperar a que el inquilino de Los Pinos acabara su periodo.

Esa sensación empieza a permear sobre el sexenio actual. Con su solicitud de perdón por la “casa blanca”, el presidente Peña Nieto mostró sensibilidad ante la percepción popular. Pero tardó 19 meses en transitar de la indignación ciudadana a la contrición pública. Ya no tiene tiempo para ignorar lo que cada mes le gritan sus índices de reprobación e impopularidad. Al tomar posesión dijo que tenía dos mil 191 días para lograr lo que planteaba. Le restan 861.

El Presidente se vio al espejo y encontró la gigantesca mácula de la “casa blanca”. Ahora debe mirar a su alrededor. Si no se entera todavía (sería sorprendente, aunque no puede descartarse) se impactará ante la podredumbre que la percepción popular adjudica a su gobierno. Aunque sólo una fracción sea verdad, sería suficiente para que se aboque a cambiar el rumbo de inmediato.

Porque la impresión es que, después de 12 años fuera de Palacio Nacional, los priistas de todos los tamaños están aprovechando con voracidad su turno, no sea que en 2018 acabe el festín. Un sexenio de Hidalgo. Sea gobierno federal, estatal, municipal, o en paraestatales, la percepción de corrupción es sólo comparable con la registrada en el sexenio de López Portillo. No por nada el inmediato paralelismo de “la casa blanca” fue “la colina del perro”.

No se trata de pedir perdón por otros, sean colaboradores o gobernadores, sino de investigar, denunciar y encarcelar (aparte de recuperar el dinero). Peña Nieto debe pasar del perdón a convertirse en el principal ariete político contra los corruptos, apoyándose en el recién creado Sistema Nacional Anticorrupción.

El “golpe de timón” tantas veces requerido no está en cambalaches ministeriales. No es cambiar al primer círculo presidencial, sino que el Presidente mismo siga cambiando. Titulares diferentes en algunas Secretarías de Estado quizá vendrían bien, pero no hay garantía que los nuevos sean mejores que los depuestos. El problema es otro –se llama corrupción.

Porque la batalla contra la inseguridad está estancada. Si acaso (ojalá) habrá avances para 2018, pero sin victoria. La reforma educativa parece enfilada al despeñadero. El crecimiento económico será paupérrimo lo que resta del sexenio.

Un frente donde la voluntad y fuerza presidencial haría diferencia es limpiando la porquería que ensucia al gobierno y agravia a la ciudadanía. Porque de lo contrario la sensación de “que ya se acabe el sexenio, por favor” sólo se acrecentará. Peor, lo que prometió ser un gobierno transformacional pasará a la historia como uno putrefacto. Ya lo aprendió el presidente Peña: no es sólo cuestión de certezas legales, sino percepciones populares.

Twitter:@econokafka

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