Opinión

¿Qué tienen en común Trump, la inseguridad
y la desigualdad?

 
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embarazada

Cuando hablamos de tendencias políticas o sociales, propendemos a ignorar lo demográfico. Es imposible explicar el ascenso de Donald Trump sin analizar la seria problemática que aqueja a la población blanca menos educada, marginada del vigoroso ascenso de la población con educación de alta calidad que accede a empleos bien remunerados en sectores como el tecnológico, y en el otro extremo por esfuerzos para adoptar un welfare State (Estado benefactor) más amplio, con políticas públicas, como el Obamacare.

Esa población sufre desempleo crónico, alcoholismo y adicciones. Por primera vez ha bajado la esperanza de vida de toda la población de raza blanca, tanto hombres (de 78.9 a 78.8 entre 2013 y 2014), como mujeres (de 81.2 a 81.1). La brecha entre blancos y negros nunca ha sido menor.

Se estima que entre 1999 y 2013, medio millón de muertes se atribuyen a problemas hepáticos, de sobredosis, suicidios y de salud mental que afectaron a la población blanca, particularmente a aquellos entre 45 y 54 años de edad. Ellos votan por Trump. En muchos casos, votaron por primera vez en su vida, y lo hicieron en una primaria republicana, sin afiliación previa a ese partido. Estos nuevos votantes y el altísimo nivel de abstencionismo en Estados Unidos (de alrededor de 40 por ciento) complican cualquier pronóstico. Trump podría ser presidente, aunque hoy sigue pareciendo afortunadamente improbable.

Un factor determinante en temas de violencia e inseguridad -en México, Centroamérica o Estados Unido- es el fracaso en la integración de la población de hombres jóvenes al sistema educativo y al mercado laboral. En su libro Freakonomics, Levitt y Dubner proponen que la fuerte caída en el número de actos criminales en Nueva York a principios de los noventa, más que la política de “ventanas rotas” de Giuliani, se debe a la resolución de Roe vs. Wade en la Suprema Corte estadounidense en 1973, que permitió los abortos legales, lo que redujo el número de nacimientos de niños no deseados.

Habiendo celebrado anteayer el Día de las Madres, es oportuno preguntarnos qué tan efectivas pueden son las políticas para fomentar desarrollo social, sin entrar de lleno al tema de planeación familiar más efectiva.

Desconozco las cifras en México, pero en Estados Unidos la mitad de los nacimientos provienen de embarazos no deseados. En mujeres de menos de 30 años, siete de cada diez embarazos son accidentales. Es decir, que 20 por ciento de éstos no llegan a término, ya sea por abortos accidentales o voluntarios.

Esa cifra se reduce a la mitad entre mujeres universitarias. Por ende, hay una fuerte correlación entre educación y planeación. Sin embargo, es un círculo vicioso. La incidencia de hijos no deseados que no tiene acceso a educación es mucho más alta entre hijos de madres adolescentes.

México es un país de madres adolescentes. Diariamente ocurren más de treinta nacimientos donde la madre tiene menos de quince años.

Entre países de la OCDE, México tiene la tasa más alta de embarazos de adolescentes. El número de nacimientos producto de violaciones o incluso de relaciones incestuosas es profundamente preocupante. 280 mil adolescentes abandonan sus estudios anualmente por embarazos.

¿Qué hacer entonces? Isabel Sawhill, investigadora del Brookings Institution y presidenta del Patronato Nacional para la Prevención de Embarazos no Planeados y de Adolescentes, propone que como sociedad evolucionemos a una situación donde el cuidado preventivo sea más automático, y que se requiera de acción concreta para planear un embarazo.

En su libro Generation Unbound dice que la información estadística demuestra que la mejor forma de prevenir embarazos no deseados es el uso generalizado de dispositivos intrauterinos, por encima del uso de píldoras anticonceptivas (que requieren de cierta disciplina por parte de la usuaria, e implican un costo mayor) o de preservativos. Según sus cálculos, el riesgo de un embarazo utilizando preservativos como método anticonceptivo a lo largo de cinco años es de 63 por ciento.

Según Sawhill, parte de lo que explica la alta incidencia de embarazos no deseados en Estados Unidos, en comparación de Francia o China, es que sólo 5.0 por ciento de las estadounidenses recurre a estos dispositivos, mientras que 22 por ciento de las francesas lo utilizan, y 40 por ciento de las chinas.

Sé que suena extremo, pero una alternativa pragmática sería el proveer estímulos económicos para que mujeres adolescentes accedieran a la implantación gratuita de dispositivos intrauterinos, ofreciendo la opción de removerlos en cuanto decidan que desean embarazarse.

Y no, esta no es una invitación a promover actitudes promiscuas entre adolescentes. De hecho, este tipo de propuesta debería ser apoyada incluso entre quienes por razones religiosas se oponen al aborto y no se contrapone a la adopción de campañas que promuevan abstinencia, por ejemplo. Es la simple desesperación de ver que mientras litros de tinta se gastan escribiendo sobre problemas sociales, sobre desigualdad y marginación, nos rehusamos a entrarle a un tema infinitamente más básico: el demográfico.

Twitter: @jorgesuarezv

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