Opinión

Qué simboliza la caída de Duarte (I)

   
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Polémico.  Javier Duarte, gobernador de Veracruz, en la presentación del Sistema Nacional de Protección Integral de Niñas, Niños y Adolescentes, el 18 de agosto. (Eladio Ortiz)

El presidente Enrique Peña Nieto ha dado su brazo a torcer. Ha decidido la defenestración de Javier Duarte. Para el inquilino de Los Pinos significa un cambio grande. Es una ruptura de paradigma. El mexiquense no concebía que alguien fuera expulsado de un puesto que había ganado en las urnas. Y a pesar de ello, así sea de manera tardía y medio atropellada, el gobernador de Veracruz ha caído.

Sin embargo la duda ahora, no por obvia menos importante, es hasta dónde está dispuesto el presidente de la República a que se avance en el proceso de revisión de la administración Duarte.

Dicho de otra manera, ¿Peña Nieto quiere relanzar su gobierno a partir de permitir y/o alentar la rendición de cuentas, o sólo pretende administrar una crisis con un cuadro priista que ya era simplemente insostenible?

No hay razón alguna para el optimismo. Por desgracia, ni para el beneficio de la duda. Duarte es, de momento y hasta no ver nuevos signos, sólo un chivo expiatorio de un gobierno en búsqueda de contención de daños.

Con una Procuraduría General de la República sin empuje, con una Secretaría de la Función Pública acéfala, con un gobierno siempre en el regateo de los esquemas de rendición de cuentas, a Duarte le puede esperar una suerte de infierno personal, un destierro de la clase dorada priista, una etapa bajo la ley del hielo, pero difícilmente hoy se puede aventurar la idea de que veremos un proceso, tan justo como exhaustivo, de revisión de un sexenio veracruzano caracterizado por escándalos financieros, inseguridad y prepotencia gubernamental.

A pesar de lo tardía de la renuncia de Duarte, ésta representa una oportunidad para Peña Nieto. Proceder, con la ley a secas pero sin concesiones, en contra de Duarte, haría que el presidente ganara algo de la credibilidad perdida en los dos últimos años.

Si de veras deja caer a uno de los suyos, Peña le dará a Enrique Ochoa la posibilidad de insuflar el oxígeno que le urge al PRI rumbo a los comicios del año entrante.

Si permite que la PGR proceda, si hace que el SAT llegue a las últimas consecuencias, si las denuncias de la Auditoría son retomadas, si las quejas de los actores locales son escuchadas, Veracruz se convertirá en un laboratorio en el que Peña Nieto hará lo inédito: permitir el castigo de los excesos y de los delitos.

El problema con esa posibilidad es que Duarte no estuvo solo en las tropelías que se le achacan. El gobernador en capilla fue parte, esencial pero no única, de un esquema transexenal, por un lado, y que rebasa los límites de la región veracruzana, por el otro.

La crisis de Veracruz no se resolverá procesando sólo a Duarte. Para ello se precisa desnudar toda la red, local y nacional, que provocó la ingobernabilidad y quiebra financiera que hoy padece esa entidad. Y revisar las complicidades en el tiempo abriría una caja de Pandora cuyas sorpresas podrían ser muy costosas para priistas que hoy no aparecen en la foto de la desgracia jarocha.

Si el gobierno federal sólo centra en Duarte sus pesquisas, si no vemos comparecer a decenas, sí, decenas de legisladores locales y federales, o declarar a funcionarios y exfuncionarios del nivel estatal y nacional, si todo se vuelve en un asunto circunscrito a Duarte y acaso a su familia, de nueva cuenta nada se habrá logrado, salvo una simulación más, una que lo único que agrandará será el sentimiento de agravio.

Falta, falta para que sepamos qué simboliza la caída de Duarte.

Twitter: @SalCamarena

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