Opinión

Qué simboliza la caída
de Duarte (II)

    
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Javier Duarte. (ilustración)

El equipo que festejó la recaptura del Chapo Guzmán como una hazaña antes que como la mínima obligación ante una fuga de ridículo internacional, hoy nos dice que anda en búsqueda de Javiercito Duarte, sí, el villano de moda, el otrora representante del nuevo PRI (EPN dixit), la piñata a modo de un sistema que no quiso ver un latrocinio sexenal, pero que hoy se dice indignado, dolido ante la ruina veracruzana.

Nunca más, se escucha de nuevo en esas bocas que a cada rato prometen nuncas mases.

Qué simboliza la caída de Duarte una semana después de que presentó su renuncia, de que (una vez más) se dio golpes de pecho en cadena nacional, de que nuevas propiedades de sus groseros prestanombres han sido conocidas, una semana después de que confirmamos lo que sabíamos –que Veracruz se ahoga– porque los veracruzanos una y otra vez durante años llamaron para alertarnos pero nosotros, ese nosotros que incluye a dos administraciones del gobierno federal, ese nosotros que abarca a petacones políticos de los partidos otrora llamados de oposición, y a la opinión pública, nosotros nada supimos hacer para llamar a cuentas a Duarte antes de que fuera demasiado tarde, demasiado tarde para los jóvenes muertos, los desaparecidos, los extorsionados, los saqueados, los humillados por un déspota tropical que en todo tiempo actuó cobijado por nuestra indolencia.

La caída de Duarte significa que Peña Nieto ha llevado al extremo la administración política de la justicia. Porque no estamos ante un caso (más) de negligencia por parte de los despachos de Bucareli o de Los Pinos, no hay en esta fuga simulada nada que no parezca un montaje de calculados dividendos.

Haces como que te presentas ante la justicia, que hacemos como que te perseguimos, que haces como que te fugas, que hacemos como que no sabemos dónde fuiste a parar y, mientras haces como que te escondes, haremos como que te buscamos…

Ese es el musical de moda, con magistrales aderezos del coro de medios que clama al cielo ¡ay! de nuestra desgracia, ¡ay! de nuestra pena, Javier es más listo que todos, qué hicimos para merecer a Javier.

Pero no. No es cierto que Javier se ha fugado. Como tampoco, cabe recordarlo, El Chapo se escapó porque era muy listo. Si el sinaloense pudo vivir unos meses fuera del Altiplano, y echarse unos tequilas con Kate, fue porque el sistema se lo consintió. Si Javiercito anda jugando al turista en Canadá, o armando rompecabezas en las Lomas, es porque el sistema así lo ha consentido.

Porque para Bucareli es mejor esta temporada de “Y dónde está Javier”, que rendir cuentas sobre obviedades: a) que Javier no actuó solo, nunca, de ninguna manera; b) que Javieres no hay uno, qué va, sino docenas, que con fuero y sin fuero –corrijamos a José Alfredo– hacen siempre lo que quieren…; y c) que qué buen distractor nos ha resultado el veracruzano, ni quién se fije en Peña, en la economía, en la inseguridad.

Duarte simboliza la salud del sistema que todo lo permite para que nada cambie, incluido el bochorno de una fuga, sistema donde la indignación ciudadana sólo alcanza para mover millones de pulgares que se expresan (es un decir) en las redes sociales, en esas mismas en las que tarde o temprano, cuando así convenga para tapar el ojo al macho, nos dirán, como con El Chapo, misión cumplida, give-me-five-caón, tenemos a Javier, al que tuvimos siempre. Qué gran triunfo para los administradores de la impunidad. Qué gran derrota de México.

Twitter: @SalCamarena

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