Opinión

¿Qué pasó ayer?

  
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Continúan las manifestaciones en contra de las elecciones en Guerrero. (Alejandro Meléndez)

La violencia en Guerrero y Oaxaca no fue suficiente para cancelar las elecciones. La molestia contra el PRI en la frontera norte por la reforma fiscal tampoco para quitarle votos y evitar que el partido en el poder perdiera la mayoría en el Congreso. El Partido Verde continuó al margen de la ley y todavía el domingo incurrió en actos proselitistas. Los candidatos vinculados al crimen organizado fueron a las urnas donde el electorado se comportó como si no hubiera escuchado sus antecedentes, y las luchas por gubernaturas que se esperaban cerradas, fueron cerradas: Querétaro, Nuevo León y Sonora. México, el 7 de junio, fue el México de siempre. Cuando menos, en la superficie.

Pero, ¿será correcto ese diagnóstico? Los votos dirán algo, pero no desvelarán los artilugios tramposos e ilegales de un sistema político que los tolera porque todos sus agentes son cómplices. En varias entidades hubo elecciones de estado –que no de Estado–, que convirtieron esta jornada en la de mayor número de denuncias sobre violaciones a la ley en la historia. Si esto es así, ¿cómo explicar el no castigo a los partidos, que de acuerdo con las encuestas de salida se aproximaban a alcanzar sus porcentajes normales en elecciones intermedias? ¿Cómo –se preguntan muchos– caminó el PRI hacia la consolidación del gobierno, pese a la molestia con el presidente, cuyo nivel de desaprobación es de casi siete mexicanos por cada diez?

La respuesta parece estar sobre la mesa. O cuando menos una primera aproximación a lo que sucedió ayer: las elecciones no están resolviendo los diferendos, ni reducen los antagonismos, ni achican la polarización o generan expectativa de cambio. Además, cada vez menos desde que el sistema electoral se volvió confiable en las urnas y el conteo de votos desde hace tres lustros es una herramienta para evitar que las diferencias se diriman mediante la violencia, dejan satisfechos a la mayoría. No se puede cantar gobernabilidad y paz en general en el país, aduciendo que la violencia estuvo focalizada. En toda la nación hay expresiones de hartazgo expresadas de manera diferente, y síntomas de estar dispuesto a seguir caminos diferentes a las urnas.

Que no se vaya a equivocar el presidente Peña Nieto con los resultados del 7 de junio. Las elecciones federales de este domingo no fueron un rechazo a su gobierno, pero tampoco es un referéndum. No fueron las urnas, sino los 20 meses previos a la elección, cuando por primera vez se cruzó su nivel de aprobación por el de desaprobación y viene en picada su reconocimiento como gobernante, los que gritan para que haya acciones. El 7 de junio, pese a no ser un parteaguas, puede ser utilizado como un pretexto para hacer algo concreto en el país. Peña Nieto está en déficit con los mexicanos. Lo que culminó ayer, con los resultados que se perfilan, no debe llevarlo a considerar que todo sigue igual, porque no es así.

¿No habrá una cruzada contra la corrupción? Las campañas mostraron lo ricos que son muchos de los candidatos, sin tener nada claro el origen de sus recursos. ¿No pasará nada con los gobernadores Rodrigo Medina y Guillermo Padrés, iconos del 7 de junio en materia de sospecha de enriquecimiento inexplicable? ¿No pasará nada con Ángel Heladio Aguirre, cuyos hermano, sobrino y empresarios más cercanos están en la cárcel por desviar los recursos que estaban bajo resguardo del gobernador de Guerrero? A partir del 8 de junio, ¿todo vuelve a ser igual? ¿Los conflictos de interés del presidente y el secretario de Hacienda seguirán sin ser reconocidos, atacados y resueltos? ¿De verdad aguanta el barco mexicano estos embates?

¿No habrá sanciones y consecuencias legales para quienes hicieron de esta campaña un terreno libre para violar sistemáticamente la ley, con grabaciones ilegalmente obtenidas para el regocijo de las gradas? ¿No habrá ajustes en su equipo de gobierno? ¿Pueden sus secretarios seguir violando la ley ante la impotencia y frustración de muchos y el presidente protegerlos? ¿La tónica de la mediocridad en el gabinete será enfrentando la fuerza caprichosa de un presidente que oye pero no escucha?

Economía y seguridad son los temas que más preocupan a los mexicanos. La primera ha sido mediocre en su gestión; la segunda, un rotundo fracaso. Una política de Estado que beneficia a criminales para que les ayuden a limpiar criminales. Penetración del narcotráfico en las más altas estructuras de las fuerzas de seguridad. Partidos políticos que se han convertido en la institución con mayor descrédito entre los mexicanos, que fueron a estas elecciones a buscar más de lo mismo. ¿Seguirá todo igual?

Ayer pasó mucho. El diagnóstico sobre lo que sucedió en las urnas no puede ser cuantitativo. La violencia en las calles, en las redes sociales, en los gritos en los medios de comunicación, subrayan la crispación social. Peña Nieto mantiene los peores índices de humor social negativo desde que se empezó a estudiar el fenómeno en 1994, y con su diseño presidencial vertical, cupular, encapsulado y protagonista, todos los negativos se concentran en él. Por lo mismo, está en él iniciar una reversión en el camino. La valoración debe ser precisa y no caer en la celebración de que pese a todo, las cosas siguen igual como lo vieron en las urnas. Las cosas no pueden seguir igual. No deben seguir igual. El presidente debe entenderlo.

Twitter: @rivapa

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